Convocatoria para dos exposiciones: SEXO POR MUJERES y CRIANZA SUBVERSIVAS.

El otro día escribí esto en mi muro y un par de galerías muy muy chulas y respetables se ofrecieron como espacios.

Dos expos

Así que lo que era un sueño comentado en voz alta y sin muchas pretensiones, se ha convertido en una posibilidad gracias a Diana Livas, de la Galería Rizoma (Madrid, Lavapiés). De esta manera, mujeres yo os convoco. Mujeres y hombres en la de mapadres. Os desarrollo un poco más mi idea por aquí.

Lo cierto es que siempre me ha llamado mucho la atención del mundo de la gestión cultural y el comisariado. Creo que en un futuro terminaré dedicándome a ello, pero de momento me aferro a pequeñas oportunidades que me da el destino para ir ensayando por el camino, ¡a ver si me dais el aprobado!

Primera expo, “CÓMEME LA OBRA”: Versa sobre el sexo interpretado por las mujeres.

Plazo para presentar obra: Hasta el 26 de agosto.

Fecha: Septiembre (Todavía sin definir)

Nuestra educación sexual se basa primordialmente en lo visualizado en el porno. En concreto, en la pornografía mainstream, un tipo de producto dirigido por y para hombres, donde la violencia, las agresiones, los abusos y las violaciones están a la orden del día. Nuestro cerebro aprende rápido cuando se le enseña con placer. De esta forma, si consumimos sexo con violencia entre orgasmos, le estamos enseñando unos patrones de conducta que no sólo repetiremos en nuestras relaciones íntimas, sino que además será lo deseable, lo que nos excite.

No ha sido hasta la llegada de los feminismos, cuando la erotización de la violencia se ha visto cuestionada. Sobre todo, porque esa violencia va dirigida a las mujeres. De esta manera, nos estamos viendo en la necesaria y enorme labor de reconstruir ese imaginario sexual colectivo, con el fin de vivir una sexualidad sana, ¡y para nosotras! La exposición que planteo debería responder a las siguientes preguntas:

¿Qué nos aterra en el sexo? ¿Hemos tenido alguna vez miedo durante nuestra sexualidad? ¿Hemos sentido alguna vez culpa? ¿Os consideráis unos seres sexualmente heridos? O por el contrario, ¿pensáis que vuestra sexualidad es sana? ¿Conocemos bien nuestra vagina? ¿Sabemos cuántos agujeros tiene? ¿Sabemos por dónde nos corremos? ¿Os habéis corrido alguna vez? ¿Tenéis idea de cómo es el clítoris? ¿Cuál es vuestro ideal de hombre? ¿Os ponen también las mujeres? ¿Cómo os gustan las pollas? Mujeres ¿Qué os excita? ¿Cómo exitáis?

Deseo una exposición que no verse sobre erotismo o sensualidad. Quiero más. Quiero que hable de Sexo, de SEXUALIDAD. Porque ya está bien que a las mujeres se nos relegue a lo sutil. Pienso en imágenes altamente explícitas, pienso en imágenes que no lo sean, pero cuya carga sexual sea potente, pienso en imágenes sexuales con poesía, con una estética abrumadora. Soy consciente del enorme tabú que nos imponemos a nosotras mismas, del tabú que nos impone la sociedad, del miedo que nos infunde trabajar el sexo. Pero mujeres, necesitamos oír a hablar a otras mujeres sobre sexo, necesitamos liberarnos, aunque sea con todo ese bagaje de heridas, dichas y desdichas. No os voy a pedir que seáis éticas, sólo os pido que seáis vosotras mismas, con toda la educación sexual que habéis recibido. Quiero fotografía sexual realizada por otras mujeres para gritar bien fuerte que NO ESTÁIS SOLAS. Que nos gusta follar, que nos aterroriza follar, que tenemos parafilias… o no, que tenemos traumas… o no. Pero ya va siendo hora de concedernos un espacio. Elijo la fotografía porque es mi terreno, porque es lo explícito, lo crudo. La fotografía sexual femenina como un jarro de agua fría para la sociedad, como un bálsamo para nuestras mentes, para nuestros cuerpos, para nuestros culos, tetas y coños.

Fluye (pequeña)masturbate-pequenapinchar-pequena

Segunda expo, “NI CRIANZA NI CRIANZO”: Maternidades y paternidades subversivas.

Plazo de entrega: Hasta el 20 de mayo.

Duración: Del 7 de junio al 20 de mayo.

Las madres y los padres empiezan a hablar. Comienzan a rebelarse contra el Sistema. Estamos hablando de un sistema donde el adultocentrismo, la pedofobia, el segregacionismo, la cultura de la pedofilia y el etarismo campan a sus anchas, bajo el consentimiento de muchos. La opresión a les niñes es una de las opresiones más invisibilizadas que existen, la violencia hacia estos, de las más normalizadas. Mientras escribo esto, dos niñes han muerto calcinados por su padre en Madrid.

Las madres empiezan a no querer quedarse encerradas en casa con sus hijos, un clamor por la crianza en tribu va resonando cada vez más fuerte. Porque el individualismo en la crianza está haciendo mucho daño, porque las madres están solas, porque se las carga con el postparto, con el puerperio, con la crianza. Porque se dan casos en los que ellos sólo ven a sus hijes en pijama, muy temprano por la mañana, muy tarde por la noche. Porque el Sistema capitalista y neoliberal piensa que tus horas de producción son más importantes que la infancia. Pero la infancia es sagrada. Las mujeres, las madres, están empezando a clamar que son algo más que madres: son fotógrafas, juezas, médicas, limpiadoras, putas, panaderas, electricistas, aparejadoras, pintoras, directoras de cine. Y no, la maternidad no les anula en ninguna faceta de su vida. Las madres subversivas son mujeres empoderadas. Se empoderan a través de la crianza, de los cuidados, del feminismo, de sus pasiones. Las madres subversivas, son mujeres antisistema.

Necesitamos, así mismo, nuevas paternidades. Creo que aquí radica uno de los cambios más radicales de la crianza en los últimos tiempos: el cómo se implican los padres en la crianza de sus hijes. Cuánto tiempo les conceden, qué roles desempeñan en el hogar, cuál es su nivel de implicación.

Esta exposición responde a las siguientes preguntas:

¿Te has sentido alguna vez arrepentide de ser madre? ¿Sientes que la maternidad te ha frenado o anulado profesionalmente? ¿Te has sentido aislada o discriminada por ser madre? ¿Te inquieta la discriminación que existe en la sociedad hacia les niñes? Como artista ¿integras a tu/s hije/s en tu trabajo? ¿Conforma tu hije parte de tu universo artístico? ¿Has dejado tu trabajo para criar? ¿Cuestionas el modelo de maternidad tradicional? ¿Has utilizado los valores tradiciones de maternidad para empoderarte? ¿Piensas que tenemos que profesionalidar y colectivizar los cuidados? ¿Estás convencido de que la infancia y les niñes son asunto de todos, en tanto que estamos cincelando con elles el futuro de la humanidad? ¿Has fotografiado un/tu parto? ¿Estás hasta el coño de que se metan en la alimentación de tu hije? ¿Piensas darle teta hasta que él quiera? ¿Has pasado de la lactancia y le das bibes? ¿Porteas y te tocan las narices? ¿Lo llevas en carrito y se meten en tu vida? ¿Te han tocado la barriga de embarazada y te has sentido violentada? ¿Te has sentido alguna vez juzgada o juzgado y estáis hasta la polla/coño? ¿Estáis agotados como nunca lo habéis estado en vuestra puñetera vida?

Esta exposición habla sobre una nueva realidad a la hora de concebir la crianza. Porque la infancia es sagrada, porque nuestros primeros pasos en nuestra vida deberían ser asunto de vital importancia en la sociedad, porque siendo madres, queremos gritar por todos nuestros poros que somos mil cosas más, porque siendo padres, tenéis unas ganas infinitas de mandar vuestro trabajo a la mierda para criar a vuestres hijes. Porque habéis sufrido depresión postparto, porque estáis hartos y hartas de los mitos sobre la maternidad y partenidad, porque pensáis que en la crianza está una de las claves para cambiar el futuro de la humanidad, hacia un mundo más igualitario, compasivo, rebelde, antisistema, bondadoso, justo. Busco fotografías crudas, salvajes, descarnadas, íntimas. Para vosotros, mapadres subversivos, es esta expo. Madres lesbianas, padres gays, madres trans, padres trans, niñes adoptados, mapadres subversivos. Para vosotres es esta expo, para vosotres es esta convocatoria.

Línea del alba (pequeña)Polvo de estrellas (pequeña)Nunca es la hora del sueño (pequeña)

Requisitos:

  • Mandad un máximo de 2 fotos a leila.amat@gmail.com en un máximo de 1200px en su lado mayor. Ambas fotografías pueden ser seleccionadas, una o ninguna. Nombrar el archivo por vuestro nombre y después el título de la obra. Por ejemplo: LeilaAmat_Elsueño.
  • Junto a las fotos, un breve texto que explique la carga conceptual que tienen, qué pretendemos con ellas y qué queremos expresar.
  • Dimensiones (No más de 30x40cm) y precio de las obras. Si es que están en venta.
  • La primera exposición es de participación NO MIXTA. Sólo es para mujeres: trans, lesbianas, cis, etc.
  • La segunda exposición es para hombres y mujeres. Se propiciará, no obstante, la partipación femenina, y se velará porque la participación sea igualitaria y el modo alguno discriminatoria con las mujeres.

 

 

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Cuando me copiáis, me estáis destruyendo

La jaula (pequeña)

Hoy me he puesto a escribir, con el fin de poner orden a un bloqueo que sufro a la hora de llamar la atención sobre plagios o robos de mis textos o fotos. Veréis, voy a grano. Soy bastante conocida por los que me siguen en Facebook por mi condición beligerante: discuto sobre cualquier tema sociopolítico, ya sea feminismo, política, racismo, homofobia, clasismo, capacitismo, transmisoginia, etc. No me puedo callar, es una de mis virtudes y una gran desdicha que me ha traído multitud de problemas y disgustos. No me callo la boca desde que era una cría en el colegio. Llamé viejo verde cabrón a un señor que incomodó a mi hermana pequeña en una piscina con 8 años, discutí muy argumentadamente la existencia de Dios a mis abuelos con 10 años (hasta el punto que mi abuelo rompió una copa de cristal), una vez le dije a un profesor con 11 años que no tenía ningún derecho a ridiculizarme en clase por no entender la diferencia entre los adjetivos y pronombres posesivos y que no pisaría ni una clase suya hasta que no se disculpara por algo que yo creía no merecer. Me pidió perdón al día siguiente. Y creedme, a este señor nadie le decía ni mu. Con 16 años me enfrenté al director y subdirector del colegio a gritos, por ser racistas y clasistas, en medio del patio del colegio y delante de todos los padres. Y a los 17, ya hartos de mí, decidieron invitarme a marcharme tras 12 años en aquel maldito colegio concertado. No sin antes gritarle a mi tutor a la cara que me daba puto asco su sistema educativo, que me daban asco sus mentiras ante mis padres y ya de paso que era un pepero fascista de mierda. Aquello no acabó muy bien, todo sea dicho. También me enfrenté a un profesor que me discriminó durante el Máster de formación para el profesorado, por andar de psiquiátricos un día sí y otro también. A pesar de una depresión que casi me mata y de todos sus esfuerzos por no darme la titulación, me saqué aquel máster con un 7 de media. Así mismo, me he enfrentado a un “familiar” por cuestiones que no puedo relatar y por terror a las consecuencias. Pero le planté cara. Y vaya que si me enfrenté. Me he metido en todo tipo de fragaos discutiendo sobre temas que versan sobre la violencia estructural y demás opresiones. Tengo una lengua viperina, no me tiembla el pulso (o sí, pero me da igual), me como a machunos, racistas, pedofóbicos y adultocéntricos con papas. Vamos, que los reviento. Vamos, que arraso con ellos. Y eso que con Guille y a mis recién cumplidos 31 años, he ganado en diplomacia, educación y cortesía en la resolución de mis problemas. En definitiva, pocos me ganan en petardeo.

Pero tengo una debilidad. Y no sé explicar muy bien por qué la tengo, a pesar de mi carácter guerrero desde bien pequeña. Nunca me veréis quejarme públicamente sobre plagios, robos de fotos o robos de mis textos. Bueno, ahora mismo estoy dedicando un pequeño espacio a intentar explicar este bloqueo o paralización.

Me han copiado textos. Me los copian y pegan en redes sociales, me los copian para textos curatoriales de exposiciones, me los copian para dar clases en escuelas, me los copian para responder en entrevistas. Pero copiar, de copiar y pegar. No estoy hablando de robo de ideas o de teorías, que eso me da rabia, pero lo supero… y por supuesto que me pasa. Estoy hablando de coger literalmente mis palabras y ni tomarse las molestias de reescribirlas. Guille me dice que debería escribir y publicar un libro sobre toda mi teorización sobre Fotografia construida. Terminaré haciéndolo, pero es un tema tan extenso, se están haciendo cosas tan innovadoras, hay tantos parámetros que interceden, género incluido, que no sé si terminaría nunca. Y mientras tanto suelto mis ideas por este blog mío y por las redes. Y los demás las copian y pegan donde les sale de los huevos.

Luego están mis fotos. Me las roban para publicarlas sin mi permiso en las webs y redes más insospechadas. Las roban, las reeditan y las publican. Me plagian, me plagian y me plagian hasta la saciedad, me cogen fotos para proyectar en las escuelas e impartir cursos en escuelas sin que me llamen jamás para dar ninguna clase ni pedirme permiso para mostrar estas imágenes. Proyectan fotos mías bajo el nombre de premios nacionales. Lo que no me haya pasado a mí con mis fotos… o mejor me callo, porque la vida y sus putadas pueden llegar a ser de una variedad muy ingeniosa.

Podría inundar las redes todas las semanas con un lamento de este calibre. Pero no lo hago. Cuando veo algo así, siento una paralisis. Me quedo bloqueada. Siento una vergüenza ajena tan inmensa, que no abro la boca, no digo nada. Me limito a desfogarme y a patalear con Guille. Y os sorprendería la gente que puede llegar a copiarme, gente muy conocida, con cerebro y sin necesidad alguna de robarme nada.

fusilado

¿Por qué no actúo? ¿Por qué no denuncio? Porque estamos hablando de mis tripas. Yo hablo y escribo con las entrañas. Yo fototografío porque no todo sé decirlo. Y lo que fotografío son mis recovecos, mis terrores, mis debilidades, mis inseguridades. Mi interior es mi materia prima de trabajo. Así que cuando veo mis palabras o mis fotos por ahí, con o sin autoría, lo que veo es que estáis usándome. Pero usándome en un sentido muy literal: porque yo trabajo con mi cuerpo, trabajo con mi vida, mis pensamientos son el resultado de muchas experiencias vitales, no todas gratas. Incluso si he llegado al feminismo, ha sido por una serie de sucesos en mi vida que me han destrozado y necesito un asidero con el que empoderarme. Porque yo soy muy guerrera, yo no me callo la boca, pero hacéis cosas con mi trabajo, (ese fruto de mi vida y mente) que me paralizan, que me avergüenzan tan profundamente, que me callo. Porque no sé cómo guerrear para salvar mis tripas. Porque trabajo con mis mierdas, mis amores e inquinas, cincelo la luz con lo que me derrumba, imagino y escupo con el pudor más absoluto, con la entrega más descarnada. Porque fotografío y escribo para pensar, para estar viva. Y ver que fusilan mis pensamientos, mis entrañas, me hace sentirme utilizada, subestimada y cero respetada. También me siento violada. Violación en el sentido de que siento que entran dentro de mí para destruirme y usarme, tanto a nivel físico, intelectual, como psicológico. Siento que entran dentro de mí para apropiarse de mí.

Sin permiso.

Sin avisar.

Con mi materia espitual.

Con mi esfuerzo.

Con mis experiencias vitales.

Con mi pasado.

Con mi presente.

Con lo que me hace débil.

Con lo que me hace y conforma.

Y me paralizáis. Me dais vergüenza. Y por el momento os podéis seguir aprovechando de esta situación, porque no tengo fuerzas para solventar ni atajar todo esto. No me veo con fuerzas para realizar este esfuerzo de una forma tan frecuente.

Me reconforta inspirar. Me reconforta de aquí a Pekín ser una referencia. Me flipa que veíais, disfrutéis y contempléis mi trabajo, es un sueño que me leáis tantas personas, es una pasada haceros vibrar con lo que fotografío y escribo. Pero tengo un agujero por el que se cuelan todos los horrores. Y ese es cuando me siento usada. Porque si me usáis, me estáis destruyendo.

Mi año 2017 o el seísmo

Sacaleches (pequeña)

Pienso en todo lo sucedido este año y me echo a temblar. La vida. La maldita vida. Nunca subestiméis la capacidad que tiene para sorprenderos, tanto para bien, como para mal. Cuando empecé el año a mi abuela le quedaban menos de dos meses de vida antes de que muriera sola en un hospital de Sevilla, mientras yo veía en mi casa, a gustito, la serie de Sense8. Cuando yo celebraba como bien podía la entrada al año 2017, a mi tío Gabriel le quedaba medio año de vida antes de fallecer en un accidente de moto justo en un momento en el que había logrado alcanzar la felicidad. Cuando 2017 asomaba, dejando escarcha en la carretera de Madrid – Sevilla, mi cuerpo soportaba la peor gripe de mi existencia. Llegué a tener una infección en cada uno de los orificios de mi cabeza: conjuntivitis, dolor de garganta, otitis y sinusitis. Ni editar fotos, ni ver pelis, ni leer, ni escuchar música. No podía hacer nada. NADA. Poco podía hacer mas que tumbarme en la cama y poner la mano en mi vientre. Luz se formaba dentro de mí muy lentamente, mi niñe-verano, ese lucero que estaba empezando a derretir los recovecos más gélidos de mis entrañas. Debido a las náuseas del embarazo, no comía apenas. No podía ni abrir la nevera. Para colmo, Guille trabajaba y estudiaba a la vez, lo que conllevó que yo pasara prácticamente todo mi embarazo en la más absoluta soledad, algo que creo que mi cerebro ha registrado de una manera más traumática de lo que yo pensaba. Aquel era el plan, un enrarecimiento de mi entorno que presagia el temblor, la sacudida. Mi vida olía como los animales el estremecimiento tras la erupción.

Pasó enero y cumplí 30 años, llegó febrero, el mes de ferias de arte, y conseguí ganar en Hybrid la mayor recaudación de mi vida vendiendo mi obra. Ana Sanfrutos no supo nunca que su bonita feria me ayudó a que la angustia y el vacío por la pérdida de mi abuela-madre no embalsamara mi rutina. Tampoco me olvido de David Catá, con quien trabajé codo con codo durante aquellos días, tiempo suficiente para darme cuenta de más allá de ser un artista que la historia de nuestro país no deberá olvidar, también es de las personas más tiernas y humanas que he conocido en este año.

Hybrid

Hybrid I

(La bellesa a la derecha es mi hermana Emma, mi amorsito eterno)

Luego en Marzo conocí en el Madrid Photocreative a la mismísima Brooke Shaden. Es que no sólo la conocí, es que me pidió que le posara durante su ponencia. Gracias, Hados, por aquel regalo. Y a Eduardo Jerez, que lo hizo posible. A día de hoy, el estilo de fotografía que hago es diferente al que hace ella, pero no fue hasta que vi su trabajo, hace ya 12 años, cuando dije “Esta, ESTA, es la mierda que quiero hacer yo, este tipo de fotografía”. Verla tan cálida, cercana y fresca, a mi lado, delante de mí, trabajando conmigo, fue un éxtasis absoluto.

mde

Brooke foto de yo

En abril tuve la oportunidad de conocer y posar en un One to one impartido por Carmen Hache con Sara Sillero y Rebeca Lora. Sin saber muy bien por qué, sin estar muy planificado, me hicieron de las fotos más bonitas de mi embarazo. También despertó en mí el deseo de tener una casa en Guadarrama con vistas a la sierra. Total ná…

Carmen Hache

Sara Sillero II

Sara Sillero I

Rebeca Lora I

Sin olvidarme de la sesión que me hizo Ana Soler, con cada foto más bonita que la anterior:

Ana Soler foto IAna soler foto IIIAna Soler foto IIAna Soler IV

En mayo di una ponencia en el Festival Imaginaria, uno de los públicos más cariñosos y agradables que he tenido nunca. Además me organizaron una exposición maravillosa. Nunca le estaré lo suficientemente agradecida a Daniel Belinchón y a su equipo por el trato que me dieron.

Imaginaria

Luego llegó junio: mis piernas hinchadas, Luz pataleando feliz dentro de mí. Vivir un embarazo es la experiencia más extraterrestre que he podido experimentar en la vida. Luz nació el día de de luz más largo del año, en San Juan. Tras 45 horas de parto, Luz vino a iluminar los rayos de la tierra. Ese 23 de junio cayó en Madrid una tormeta cuyos rayos bañaban de blanco su cunita de plástico en el hospital. Y es aquí cuando se transformó mi cerebro. La vida empezó a cincelarlo a golpe de amor, dolor, agotamiento, trastorno del sueño y de la ansiedad… deberíamos inventar una palabra para describir esa especie de shock, mitad lleno de dolor, mitad lleno del amor más absoluto y puro que jamás he sentido en la vida. La maternidad me convirtió en loba, en una loca a los ojos de la sociedad, en un ser (más) invisible para mi entorno profesional, en una guerrera salvaje, en un despojo, en la mejor versión de mí misma. De repente quería follar como si no hubiera un mañana y a la vez quería divorciarme. Quería ahogarlos a todos y a la vez protegerlos de la muerte. Todo esto que estáis leyendo os parecerá demencial. Pero todo eso fue lo que sentí. La maternidad es como una operación a corazón abierto, el dolor antes de la cura, el hierro al rojo vivo sobre la herida, el vino sobre el flechazo, el bisturí que extirpa la bala, las pinzas que extraen la espina. Y duele, vaya que si duele. La maternidad ha despertado en mí fobias, he recordado cosas que estaban muy muy guardadas en mi inconsciente: puñaladas en la infancia, un dolor normalizado a lo largo de mi vida que resulta que tiene una explicación. Y sí, probablemente necesite ayuda para curar y sanar. De momento Luz, salvo contadas excepciones, se despierta todos los días con una sonrisa: se alegra de verme, se alegra de estar viva, se alegra ante la llegada de un nuevo día ¿Sabéis lo qué es eso? Es gloria, el nirvana, mi vida.

Ya con Luz en nuestra vida fui abrazada por la Galería Mercedes Roldán en Hybrid… incluso mi primera escapada sin el pichón la hice a Puertollano, donde conseguí vibrar a lo grande con Fotomanchegos. Como he dejado la lactancia he podido probar las cervezas artesanas que me regaron y brindo en su honor cada vez que abro una ❤

Fotomanchegos

Y para cerrar el año de forma bonita, he ganado por primera vez un concurso, el convocado por Arte a un click para felicitar las navidades. Y qué queréis que os diga, estoy como una cría de contenta.

En 2017 conseguí conservar a mis amigues más queridos: Irene Cruz, Bárbara Traver, Rosalía Ramos, Alí Heroabadi, Dara Scully, Lino del Junco…

 … Y perderle la pista a un par: Paula R. Feito, dónde estarás, qué estarás haciendo, qué es de ti…, Alba Cosz, estoy ahí, te pase lo que te pase, hagas lo que hagas, decidas lo que decidas.

… y la maternidad me acercó más de lo que me imaginaba a mi profesora de danza, Puchi Dueñas, a la inteligentísima y gestora cultural Nati Grund y a mi compañera en esto de cincelar la Luz, Sandra Montesinos.

He realizado una selección de las fotos que he realizado este año… vamos, que creo que he hecho 12 fotos que merecen la pena… o todo lo que pueden merecer la pena fotos con bebés, maternidad, familia, lactancia y bombos de embarazadas, núcleo y moda entre los ascos sociales.

Generaciones (pequeña)Rascador, pedernal, Luz (pequeña)M(amando) (pequeña)Polvo de estrellas (pequeña)Este rostro donde se baña la nieve (pequeña)La mujer germina (pequeña)Siameses de mente (pequeña)Habitación en París (pequeña)Línea del alba (pequeña)And she save me (pequeña)Arte menstrual (pequeña)

Esta última foto no la hice este año, sino en agosto del 2016, pero tiene una edición colorida que lo mismo marca una línea en la edición del 2018. Por cierto, la edité en honor a ese nuevo bloqueo de un mes al que me ha sometido Facebook por compartir post de otras compañeras feministas e incitar a las mujeres a una Kale borroka. Bad girl, Leila, BAD GIRL. Es la cuarta vez que Facebook me bloquea un mes. Me pregunto cuántos hombres de los que acosan públicamente o por privado, han sido sometidos a un bloqueo por amenazas, por enviar pollas o realizar comentarios sexistas. Ahí lo dejo.

Qué CÓMO (Pequeña)

No sé lo que me deparará el 2018. Tal y como he dicho al inicio el post, jamás subestimaré a la vida a la hora de esperar lo mejor de ella, jamás la subestimaré a la hora de esperar lo peor. A nivel profesional, esto tiene mucho de lucha, pero también de dejarse fluir… incluso diría que hay un ingrediente más: no dejar de ser auténtica ni genuina. Sé que las fotos de madre no interesan a nivel comercial (en realidad, la maternidad no interesa a ningún nivel), pero no voy a dejar de hacerlas. A los adultocéntricos y pedofóbicos, sorry not sorry. Tampoco tengo las fotos de mi hija en venta y pienso invertir una buena parte de mi tiempo en hacerle fotos. Sé que si no hago series, tampoco entro en la dinámica general ni en el modus operandi moderno de trabajar la fotografía, pero me da igual. Está en camino un fotolibro, “Sangre”, pero tengo que ahorrar para autoeditarlo, vendrá a finales del 2018 o principios del 2019. Creo que os puede gustar. Ya a nivel personal, sólo os diré una cosa: no dejéis a vuestras personas amadas sin hacerles sentir que las queréis más de una semana: amigo, familiar, humano y no humano, da igual. Yo sufro un bloqueo emocional muy fuerte y me cuesta mucho demostrar a mis seres queridos que les quiero, que pienso en ellos, que me preocupan sus sentimientos. Somos muchas generaciones a las que les han sesgado las emociones, muchas generaciones heridas. Creo que me sentiré realmente feliz si consigo que mi niñe-verano sea un ser capaz de amar con todo lo que este verbo conlleva: amar(se) hacia dentro, amar hacia afuera.

Y con esto y un bizcocho…

Feliz 2018

(Lo siento, tenía que hacerlo, sólo puedo una vez cada 10 años, no me matéis)

 

 

Oficios

Oficio (pequeña)

En mi tarjeta de visita pone “Leila Amat, Fotógrafa de Ideas y sueños”. Pero para la próxima estoy tentada de poner, tras la fotografía en el reverso, “Leila Amat, Ama de casa, Fotógrafa y Madre”. O sólo “Ama de casa”. O sólo “Madre”. E ir alternando. Siempre he dicho de broma que mi madre se toma su maternidad como una profesión y, para más inri, como una profesión que ejerce con mucha profesionalidad. Me burlaba (con cariño) de ella, en esa especie tenacidad y persistencia en su rol de madre que tiene y tenía a pesar de que mi hermana y yo ya tenemos 28 y 30 años respectivamente. Pero ya no me río de ella. Hace tiempo que ya no me río. La RAE define “Profesión” como “Empleo, facultad u oficio que alguien ejerce y por el que percibe una retribución”. Y todo va bien hasta que aparece esa conjunción “Y”, que une dos cláusulas que parecen estar íntimamente relacionadas entre sí, la de ejercer un oficio y la de percibir una retribución por ello. No especifica si esa retribución ha de ser económica o no. Lo mismo ciertos oficios, empleos o facultades sólo se retribuyen con un abrazo. O un beso. O placer personal. O dando las gracias o una palmadita en la espalda. Y a correr. Lo mismo ni eso, porque hay ciertos quehaceres que parecen ser una obligación, tales como la maternidad, los cuidados o las tareas del hogar. Antes hablé de placer personal, porque hay de ti, mujer, si no disfrutas de tus roles de género: amargada, mala madre, desastre de mujer, desprendida de la vida. Mi madre es abogada, madre, ama de casa y cuidó de mi abuela enferma 14 años. Excepto su oficio como abogada, el resto de trabajos los ha ejercido gratis y de buen rollo y mucho me temo que, disfrutar, disfrutar, sólo su profesión como abogada y a ratos la maternidad. Porque anda que no somos petardas mi hermana y yo. Que ni se le ocurriera decir que se la estaba tratando como a una esclava, porque cuidar de sus hijas y madre y mantener el hogar en todas sus facetas, era su obligación. Y de lo que debes hacer no te quejes, porque para eso ha estado tu madre ahí apoyándote toda la vida, nadie te ha pedido que traigas retoños a este mundo súper poblado y nadie te ha obligado a tener un hogar. Así que a apechugar con ello y suspirar menos.

A mi madre le obligaron a vivir como mujer en un mundo capitalista, neoliberal y con una sociedad perfectamente estructurada para explotarla y oprimirla en su género. Podría centrarme en cada uno de los roles antes mencionados, pero como quiero ser concisa, voy a centrarme en las tareas del hogar, en las amas de casa. Hace tiempo que dedico algunas fotos a las tareas del hogar: poner lavadoras, tenderlas, guardar la ropa, planchar, hacer la comida, las camas, la compra, quitar el polvo, ordenar, fregar suelos y platos, barrer, etc, etc. En un principio tuve mis dudas “¿No estaré embelleciendo u otorgando poesía a unas tareas que una inmensa mayoría de las mujeres hacen por obligación (social) y refunfuñando?”, “¿Es esto bueno?”, “Otorgándoles una dimensión poética, ¿no estaré fomentando una situación injusta?”, “¿Por qué siento que debo dedicarles fotos a estas mujeres?”. Vivimos rodeados de imágenes en los que se asocia a la mujer fuerte y luchadora a guerreras, gobernadoras (póngase aquí cualquier puesto de poder), astronautas, bomberas, mecánicas, profesoras universitarias, boxeadoras, deportistas o juezas. Por poner. Mujeres que luchan, caen, sangran y se levantan para seguir adelante. Son mujeres dignas y fuertes. Nos encantan. Vamos, a mí me encantan. Pero en medio de toda esa imaginería de mujeres fuertes y valientes no está la del ama de casa, la de las mujeres que tienen un trabajo no considerado empleo y que tiene mucho de lucha, de caerse, de cansarse, de sangrar, de levantarse, de manos agrietadas, miradas cansadas, dolores y agotamiento. Mujeres que se dedican a empleos que no se eligen. No digo que no haya mujeres que disfruten con esto, a mí no me gusta, pero reconozco que tras la paliza de dejar limpia  y en orden la casa, mis chakras se alinean en armonía y paz con el universo. Unas veces hago las tareas del hogar con música y alegre, y otras entre abnegación y resoplidos. Porque hay que hacerlo, porque es mi deber, porque nadie (o muy pocos, que de todo hay en la vida del Señor) desean vivir entre hongos, pelusas, polvo, capas de mugre, platos y ropa sucia. O lo que viene a ser un lugar infecto. De esta forma, vacío mi labor de ama de casa de cualquier sentido laboral o de cualquier derecho a remuneración que pueda tener: “Hay que hacerlo, son cosas que hay que hacer”, me repito como un mantra. Así pues, en una de estas mañanas de lavadoras y fregoteos, entendí por qué hago a veces fotos de mujeres sumidas en tareas del hogar: necesito dignificarlas, darles visibilidad, alabar su esfuerzo, recordar que están ahí trabajando gratis, de buen rollo, sin contrato y (muy importante), haciéndolo porque se entiende que es su labor como mujeres hacerlo. Es más, es su deber hacerlo bien y disfrutarlo, sin quejarse. Así pues, mientras intentamos luchar contra esta situación, mientras yo siga alegando al teléfono o ante temas burrocráticos que estoy en situación de desempleo, empleando toda mi vida en la fotografía, en ser madre en un mundo adultocéntrico y en cuidar de mi casa, intentaré dar visibilidad a esta situación con poesía y belleza, dedicar una parcela del arte a esta situación. El arte me ayuda a interpretar la realidad, a formular preguntas, a soportar ciertos aspectos de la existencia que no llego a comprender. También es un intento de no dejar a estas mujeres de manos agrietadas, moños mal hechos y trabajo para largo, solas en sus resoplidos o trabajos invisibilizados y no remunerados.

Yo enseñaré a mi hija a ser limpia y ordenada, tal y como me está tocando enseñar a mi pareja a serlo. Limpia y ordenada sin obsesiones, pero lo justo para convivir tres en casa en paz y armonía. Es arduo, pero quiero que en un futuro Luz vea cómo sus dos padres se reparten las tareas de la casa, cómo el mantenerlo todo de manera más o menos decente no es cuestión de género, sino de tribu.

P.D: La modelo de la foto es mi hermanita Emma, que es preciosa, me aguanta todo y la quiero un montón.

En serio, qué más pedir

Guille guapo (pequeña)

Hace nada estuvimos en París y allí la traductora y escritora Aline Schullman me comentaba que ojalá tuviera la suerte de que el mundo de la cultura reconociera mi labor como fotógrafa, que ojalá llegara lejos. Yo sonreí tímidamente, complacida. Que me diga eso una persona como ella, a la que admiro tanto, es de un enorme regocijo. Pero le estuve dando vueltas a eso del reconocimiento. Si bien de ello depende el alcanzar cierta independencia económica (y aún así), me pregunté si realmente esa era una de mis máximas metas en la vida. De esta forma forma, me puse ante la clásica situación del genio de la lámpara: si tuviera que pedir un deseo en el terreno profesional, ¿qué es lo que pediría? Podría pedir cualquier cosa, pero sólo una. Hagamos una lista, así, peliculera, como mi propia esencia:

  • Fama, reconocimiento, prestigio. Esto supone un hueco dentro del mundo del arte, un amparo para poder vivir de lo que te gusta. Pero también puede tener sus contras. Cuando se tiene fama, somos víctimas de lo que nuestro público demanda de nosotros. Se enamoran de una etapa artística de tu vida, de un modo de hacer y producir arte y ¡ay de ti como se te ocurra cambiar! Como se te pase por la cabeza hacer algo diferente a todo lo que llevas haciendo. A veces pienso que el tener mucho éxito nos impide evolucionar por miedo a defraudar a nuestros seguidores, clientes o compañeros. Y sé de amigos fotógrafos que no están haciendo lo que realmente les apetece en el momento por miedo a ser juzgados en el cambio. Aun así, aunque suene vanidoso, ambicioso o poco humilde, reconozco el subidón que un momento de prestigio puede aportarnos.
  • Si todo esto no tiene nada que ver con vuestra personalidad, porque sois muy zen, muy espirituales, más que humildes y algo misántropos (los que sois así, moláis) o los que simplemente tienen el don empresarial en el ojal o ningún manager ha apostado por ellos, podéis pedir reconocimiento post-mortem. Lo cierto es que queda muy romántico. Tener una vida de mierda, ser un desamparado toda tu vida, el clásico artista incomprendido y oculto. Pero resulta que tras tu muerte a la sociedad le da por darte una vida no vivida, esa que jamás experimentarás, pero que te eternizará en la Historia del arte. Entonces podrán hablar de lo injustos que han sido contigo, de la estulticia de la sociedad, de la conveniencia del mundo del arte de ensalzar a unos sí y a otros no, de convertir al fin y al cabo tu memoria en un producto.
  • Luego podemos pedir vivir de nuestro arte. Así a secas, sin florituras, sin mamoneos, ni postureos, sin ser víctimas de nuestro ego ni demás pavoneos alentados por ejércitos de palmeros, lameculos o, en su defecto, Industria fotográfica aupando por detrás like you were the chosen one. He estado a punto de saltarme este punto porque en la fotografía creativa o de autor, el prestigio es fundamental a la hora de hacer exposiciones en lugares importantes, a la hora de que te llamen para ferias, a la hora de entrar en galerías, dirigir visionados, impartir clases en escuelas de renombre, etc, etc. Vosotros sabéis. Vivir de vuestro trabajo sin pertenecer a la élite. Suena bien. Muy bien.
  • Que la profesión de artista sea vista como una más y no como algo diferente. Que alguna vez la sociedad viera el arte como una disciplina en su beneficio. En esto los artistas y el mundo del arte tienen una gran responsabilidad. Hace tiempo que escribí un post sobre esto.
  • Como mujer (y en breve, madre), no tener que luchar el doble que mis compañeros varones para alcanzar mis objetivos, no tener que demostrar constantemente mi profesionalidad o mi valía. Lo incluyo como deseo porque es una tarea agotadora que quisiera ahorrarme. Desearía con todas mis fuerzas que no me consideraran un objeto ni un sujeto erótico, que no me clasificaran dentro de la categoría (esa que los hombres se han inventado) de “Fotografía femenina”, quisiera que no nombrasen la palabra “Feminidad” cada vez que ven una de mis fotos. Porque señores, no hago fotos con mi coño y en un 85% de los casos, mi género no es mi máxima motivación. He dejado un 15% para mi fotografía activista que gira en torno a los roles de género. También me encantaría que me dejasen de explicar cosas que ya sé, es decir, que paren de subestimar mis conocimientos como fotógrafa.
  • Tener talento. Puede que parezca una tontería, pero es la primera posibilidad que contemplé a la hora de pedirle un deseo a mi genio. Me he generado tantas inseguridades, el mundo de la fotografía ha llegado a soterrar tanto mi autoestima y el respeto hacia mí misma, que en mi fuero interno tengo la duda real de si tengo o no talento. No obstante, estoy casi completamente segura de que yo trabajo bajo el influjo de una corriente fotográfica que nunca, en sus casi dos siglos de vida, se había dado en fotografía. Ojalá esto se valore alguna vez en su justa medida.
  • Ser feliz con mi propio trabajo. Voy escribiendo deseos en orden de los que menos me apetecen a los que más desearía. Lo cierto es que resulta bastante goloso y he estado a punto de decantarme por este deseo… ¡pero!…
  • Hace cerca de dos meses me pasó algo terrible. Estaba yo en la casa de campo de Ávila, cuando de pronto sentí todo mi ser ensombrecido. Era angustioso, un sentimiento de vacío terrible: quería hacer una foto, pero no se me ocurría nada. No sentía motivación alguna, en definitiva, no estaba inspirada. Y de todos los sentimientos que he podido experimentar a lo largo de mi vida profesional, este es el más devastador, el más nefasto, el más dañino. De qué me iba a servir entonces ser feliz con mi trabajo si un día no estaba inspirada y no podía producir nada. Yo, que hasta en los momentos más terribles de mi vida siempre he tenido la cabeza llena de ideas, la mente a rebosar de proyectos, la imaginación maquinando con entusiasmo para una próxima foto, me sentía creativamente hueca. La perturbación fue tal, que cuando Aline me deseó reconocimiento en vida, me pareció que desearlo era banal, iluso, estúpido.

Mis amores (pequeña)

De esta forma, de todo lo que se puede desear como profesional, me quedaría con eso: Inspiración. Genio, quiero vivir inspirada toda mi vida. Vivir inspirada hasta cuando estoy en la porca miseria. Parece simple, pero no lo es. Conozco a muchos artistas que se han quedado sin ideas ni motivos por los que trabajar y están pasando una de las etapas más decadentes de su vida. Porque ¿qué es la inspiración para mi? La inspiración es un motor de vida, el ingenio, una chispa de aliento, una energía que te bulle por dentro, que te acelera el corazón, que te eleva de la realidad, de tu cuerpo, de tus circunstancias. Te sumerge en otro mundo. Es sentirse con el poder de generar algo que nos llena, que nos hace sentirnos plenos. El nivel de satisfacción vital que nos puede dar el vivir inspirados es altísimo. Para mí, vivir inspirada es sentir una llamita de esperanza dentro, es sentirse motivado. Si alguna vez habéis perdido momentáneamente todo esto, entenderéis de lo que estoy hablando.

Por encima de todas las cosas, creo que es primordial, no sólo para los artistas, sino para cualquier persona, el cómo se siente uno en relación con su profesión.  No importa cómo nos vaya, cuánto nos paguen, cuánto nos reconozcan o incluso si tenemos talento o no, si nuestra profesión no nos hace sentirnos vitales, entusiasmados, si nuestro trabajo no nos motiva. O al menos esta es mi perspectiva. Porque la inspiración es un sentimiento capaz de hacer cualquier trabajo y de nuestra propia vida, algo grande. Y cuando hablo aquí de vida, pienso en las ganas de vivir. En levantarte entusiasmado por las mañanas o de una siesta, sintiendo que tienes una tarea fascinante y apasionante en las próximas horas. Además hay un plus: la inspiración se transmite, irradia una energía especial muy contagiosa, no sólo te afecta a ti como individuo, sino que los que te rodean sentirán un poquito de esa luz. Y con suerte, se sentirán también activados. Y en serio, qué más pedir. A la basura con el resto de los deseos.

Animalismo y feminismo en mi fotografía

Creo que ninguna de las entrevistas como la que me realizó el filósofo Ernesto Castro ha generado tantísimos comentarios. Incluso críticas, la mayoría enfocadas a que Ernesto habla o se extiende mucho. Puede ser. Pero yo me lo pasé pipa. Quizá porque todas y cada una de las preguntas que me formuló, nunca me las habían planteado antes. Es más, creo que es de los pocos entrevistadores que se documentó no sólo con mi obra fotográfica, sino también con mis textos, que se tomó su tiempo para leerme. A veces me pregunto cuál es la fórmula para la entrevista perfecta, qué protagonismo debe de tener cada quien, si más que una entrevista fue un diálogo, una charla. Supongo que es egoísta admitirlo, pero a mí también me gusta disfrutar respondiendo cuando me preguntan, que una entrevista no se convierta en un auténtico tedio repetitivo en el tiempo. He de confesar que tengo un Word con respuestas a preguntas que me realizan una y otra vez, donde siempre respondo lo mismo una y otra vez y que un solo vistazo por Google os podrá dar fe de ello. Me pregunto si las personas que siguen mi trabajo no se cansan de esto, de leerme siempre respondiendo lo mismo. Obviando un anhelo de una entrevista en la que Ernesto hubiera acotado un poco las preguntas para vuestra satisfacción y goce ¿no os pareció interesante o, cuanto menos, novedoso?

Pero si escribo este post es porque me quedé con las ganas de aclarar dos preguntas. No pienso igual cuando hablo que cuando escribo. Hablando soy algo más torpe, menos concisa, más volátil, hilo peor las respuestas, soy más tímida y pequeña. De hecho, por internet doy una imagen más dura que en persona, me lo suelen decir con frecuencia. Supongo que soy una mezcla explosiva de ambas cosas, una trampa. Así pues, de forma poco ágil y clara, respondí a las dos preguntas que hacían referencia al animalismo y al feminismo en mi trabajo. Desde aquí hago un llamamiento a Ernesto Castro para que nos sople las preguntas a priori, a fin de poder meditar una respuesta algo más lúcida.

Para mí animalismo y feminismo van de la mano. Una causa lucha contra el especismo y la otra contra el machismo. Lo primero es una discriminación entre especies, sustentada bajo la teoría de que existe un prejuicio o actitud favorable a los intereses del ser humano frente al resto de animales, dando lugar al maltrato, explotación y asesinato de los mismos por parte de nuestra especie. Lo segundo es una discriminación de la mujer por parte del género masculino y se sustenta sobre estereotipos tradicionales (qué peligro eso de la tradición) que afectan a los distintos roles que debería desempeñar cada uno, otorgando una serie de privilegios al género masculino a costa del femenino. Ya sé que ambas definiciones se quedan cortas, pero quería dejar claro que ambos son dos casos de discriminación, el uno de género y el otro de especie.

¿De qué modo han influido estas dos corrientes/luchas en mi trabajo? ¿Cómo las aplico? Empiezo con la que tengo más clara: el animalismo. Hay discriminaciones que son más evidentes que otras, pero probablemente, la discriminación hacia otras especies culmina el Everest de exclusiones y segregaciones que mi variopinta especie es capaz de generar. Es la menos evidente y el animalismo la lucha más denostada y menos comprendida de todas. No sólo porque es la única que no se da entre los miembros de nuestra misma especie, sino porque los afectados no tienen voz para defenderse ni exponer todo aquello que les hacemos padecer. Para darnos cuenta de ello hay que tener muchas neuronas espejo, que son las grandes encargadas de la empatía. La sola idea de saber que estamos constantemente maltratando y asesinando a seres sintientes, con un sistema nervioso que les permite sentir una caricia o una agresión, me genera unas ganas de vomitar inmensas, un rechazo inimaginable. Es tan grande mi indignación, mi repudio y mi vergüenza, que tengo que hacer un ejercicio de abstracción para no pensar en todo el sufrimiento que le causamos a otras especies. Hace ya cerca de 5 años que tanto Guille como yo decidimos no participar en esta puta mierda que constituye el especismo y todavía seguimos aprendiendo.

Tengo por ahí una foto en la que estoy acunando y dándole el biberón a una cabeza de cordero. Si mal no recuerdo, la hice a finales de 2011 o principios del 2012. Desde entonces, no he vuelto a hacer jamás, en la vida, una fotografía que para llevarse a cabo implicara el sufrimiento o la muerte de un animal. No trabajo con vísceras ni como fotógrafa ni como modelo. He rechazado numerosas sesiones en las que tenía que posar con animales taxidermizados o con sus vísceras “¿Por qué? ¿Si no son tus fotos?”, me preguntan: porque si acepto a posar en un proyecto así, estoy contribuyendo a favor de aquello contra lo que lucho. Sí realizo fotos con huesos que me encuentro en la naturaleza (me fascinan los esqueletos…), incluso insectos. Pero sólo si me los encuentro ya fallecidos y creo que en la causa de su muerte no ha intervenido el ser humano. No obstante, tengo una fotografía en el libro Gran Hado del entierro de un conejito. Lo atropelló el coche que teníamos delante y cogí su cuerpo, todavía suave, tierno y tibio y lo enterramos bajo una encina. La fotografía animalista como forma de activismo o forma de homenajear un cuerpo maltratado o torturado en vida me parece muy loable, pero creo que me haría sufrir muchísimo practicarla con frecuencia. En la exposición de Capital Animal había una sala que presentaba toda una serie de trabajos que denunciaban el enorme problema que supone el especismo, además de dar a los animales la voz que no tienen. Era una sala horripilante, más de uno salimos llorando o muy tocados, pero esos trabajos los considero necesarios para visibilizar lo que les estamos haciendo a los animales, para pensar y reflexionar en qué punto estamos nosotros en la lucha antiespecista. Por último, la muerte natural siempre ha tenido para mí un atractivo inmenso. No la temo, la veo como un proceso más del ciclo de la vida, una culminación.

En el caso de fotografías con animales muertos, me gusta esta con unos escarabajos que fui recogiendo por Doñana, en una tarde de playa. Me metí entre la vegetación y fui buscando bichitos que fui guardando en una cajita. Creo que morían a causa de la ola de calor que se dio durante el año 2015, estaban sequísimos.

Escarabajos (pequeña)

O con estas polillas. Cuando mi suegra se va a dar paseos por los encinares de Ávila, a veces me trae maripositas, escarabajos, polillas o abejas. Mis amigos cuando se encuentran también me las regalan.

Portada (pequeña)

En cuanto a los animales vivos con los que trabajo, son mis perritas o caballos. Mi favorita por ejemplo es esta, en la que además aparecieron estas dos yeguas sin riendas ni monturas ni nada. Estaban sucias de revolcarse por ahí, algo viejitas, pero las vimos libres por el campo, pellizcándose la una a la otra para que les hiciéramos un masaje en la tripa.

Cartujana (pequeña)

Nana del caballo grande (pequeña)

Libertad (pequeña)

Tea time (pequeña)

También me encanta esta del buitre, que nos estuvieron rondando durante toda una mañana de recogida de setas.

Volar (pequeña)

Así mismo, trabajar con los animalitos del Santuario de Valle Encantado fue una gozada.

Foto Esperanza (pequeña)

Foto Alfonso (pequeña)

No soy el gran ejemplo de la fotografía animalista, pero sí quería dejar claro que el animalismo me está enseñando muchísimo y que intento aplicarlo a mi vida en todos los ámbitos.

Luego está el feminismo. Ay, el feminismo. No sabéis la de enemistades y odios que me he generado por aferrarme a esta lucha. En general, todo codeo con cualquier tipo de activismo, genera rechazo en buena parte de la sociedad, pero sobre los hombros de personas que han luchado contra la ausencia de derechos y desigualdades nos erigimos y avanzamos much@s. Conozco pocas fotógrafas que luchen de una forma activa contra el sexismo en fotografía. Entre ellas tengo como referentes a Yolanda Domínguez, Alba Cosz, Dara Scully, Mònica Quintana, Cristina de Middel, Eider Massilia o a Verónica Ruth Frías, machetes y bofetadas en diferentes terrenos del feminismo.

Emily Davison (pequeña)

El beso

¿En qué me baso para pensar que una fotógrafa es feminista? Pues he pensado en una serie de puntos y, ya sólo cumpliendo uno, me parece un enorme avance.

  • Son mujeres libres. O todo lo libres que el sistema patriarcal nos permite ser.
  • Son mujeres guerrilleras. Llámenlas molestas, la motita en el ojo. Generan incomodidad, hacen tambalearse el bienestar y privilegios de la supremacía masculina.
  • Luchan, a pesar de todo el dolor y desgaste que conlleva nadar contra corriente, a pesar de todos los insultos y faltas de respeto. Son mujeres que no se callan ante una situación de desigualdad a pesar del aislamiento o ninguneo profesional que esto puede conllevar.
  • En su obra se muestran genuinas, primigenias y primitivas, salvajes, transparentes a nivel humano, subversivas y, en el caso del autorretrato, son dueñas de su propio cuerpo. Y si ya de paso trabajan temáticas que visibilizan la problemática en cuanto a desigualdades de género se refiere, lo bordamos (roles de género, estereotipos, etc).
  • Apoyan a sus compañeras en un acto de sororidad o sisterhood, como se prefiera llamar.

El parto (pequeña)

No obstante, quisiera añadir que, siendo mujer, si te dedicas a la fotografía ya tienes mérito. En realidad, si eres mujer y decides desempeñar tu trabajo con toda la profesionalidad posible, ya estás contribuyendo al feminismo, dado que no existe gremio que no se vea afectado por la supremacía machista: tienen que luchar el doble que los varones para buscarse un hueco, cobran menos, son subestimadas, lidian con bromas y comentarios sobrados, aguantan que les tengan que explicar cosas que ya saben, les aleccionan, las invisibilizan, etc De hecho, me encanta ese súper poder que parecemos tener todas, el de ser invisibles.

Creo que tanto el animalismo como el feminismo no son terrenos o ideologías completamente cerradas, sino que varían y crecen, están en plena reflexión y revisión permanente, además de existir tantas formas de pensamiento como formas tiene cualquier tipo de discriminación de golpear, de golpearnos. De esta manera, una no puede decir que es animalista o feminista de una forma rotunda, sino que crece, piensa y aprende cada día con estos movimientos. También pienso que cualquier lucha contra cualquier tipo de discriminación tiene que hermanarse o ir de la mano de las otras. Es decir, no se puede ser feminista y luego ser especista, tránsfobo, racista, homófobo, etc. Hágase cualquier tipo de combinación. Aunque nuestra lucha se centre más en un movimiento que en otro, la solidaridad por cualquier persona o animal no humano debería estar ahí. Y lo sé: cuesta. Salir de los moldes y parámetros establecidos cuesta, así que, como diría Verónica Ruth Frías, lo mismo nuestros hijos e hijas podrán disfrutar de los frutos de nuestra lucha, mientras tanto, nos vemos en las trincheras. O como digo yo, nos podéis comer un poco el higo, que es vegano.

Masturbate (pequeña)

Mi abuela de nieve, entre los pájaros

mi-abueli-pequena

Supongo que, ya más entera, puedo contarlo. Yo a veces cuento las cosas en función de lo que puedan afectar a mi trabajo fotográfico. O para que luego por la calle o por cualquier lado, no me pregunten por mis silencios. Mi abuela materna se ha muerto. Es el primer ser querido que se me muere. Del disgusto, pensé que había matado a la niña de mi vientre. Pero no. Al rato empezó a dar patadas y no paró de agitarse durante las más de 24 horas que estuve sin dormir. Es una responsabilidad esto de sentir tan fuertemente cuando estás embarazada, porque lo mismo que le doy de comer espinacas o risas, le doy de comer llanto.

“La abuela ha muerto”, eso me dijeron. Y yo sólo tenía esas palabras albergadas en el pecho con una sensación de incredulidad inmensas. Me lo dijeron por la noche, todos me colgaban el teléfono y Guille dormía. Empecé a sentir ansiedad y palpitaciones. A la mañana siguiente, temprano, emprendimos el viaje en coche a Sevilla y nos fuimos al tanatorio que, casualmente, contemplé durante lo que me pareció una eternidad desde el psiquiátrico de San Lázaro. Burlas de la vida, supongo, que a veces tiende a pasárselo pipa con nosotros.

Casi nadie quería ver el cuerpo de mi abuela. Pero yo lo necesitaba fuertemente, porque de su muerte, de su desaparición, sólo tenía palabras. Así que levanté la cortina y tras el cristal pude verla amortajada, sus párpados arrugados bien cerraditos, sus labios oscuros sellados, su piel blanca y su Pilarica al lado. No. No sentí rechazo, no me asusté, no me causó impresión y cada gesto, cada expresión suya en vida, la recordaba perfectamente. Quizá demasiado perfectamente. Verla me transmitió una tranquilidad y una calma que no había encontrado en horas y horas. La vi ahí y parecía que se iba a levantar de un respingo de un momento a otro: “Hija mía, que estoy medio sorda, qué susto me has dado”. Mi abuela no estaba medio sorda, estaba sorda como una tapia. No te oía y se creía que por ende, nadie la oía. Así le daba de comer de todo a las perritas en la cocina y luego lo negaba rotundamente, rondaba la despensa en busca de patatas fritas o galletas con azúcar (era diabética) y no sé cuántas travesuras clandestinas más. Mi abuela estaba tan sorda que ya no podías entablar una conversación con ella si no era a grito pelao. Ni siquiera escuchaba las guasas que mi madre, mi hermana y yo, entablamos los veranos de cuarto a cuarto cuando dormimos con las puertas abiertas. Nos gastamos bromas, con los pechos reventados por la risa, cada una desde nuestras respectivas camas. Yo me di cuenta de que mi abuela estaba empezando a decaer muy seriamente cuando ya no irrumpía diciendo “¡¿Pero se puede ser más majaderas?!”, “Hay que ver lo tontas que sois”, “Desde luego… cualquiera que os escuche…”, “¡Venga a dormir ya!”, “Yo ya no os hago ni caso”. Pero hace ya como dos veranos que mi abuela ya no nos llamaba majaderas ni reaccionaba cuando las bromas iban dirigidas hacia ella. No contestaba porque ya no nos oía. Tampoco veía bien. Me di cuenta cuando le anoté nuestros teléfonos, dedicando medio folio a cada uno, y no conseguía descifrar los números. Y si no leía bien un 4 de 6 centímetros, cómo iba a teclear nada en el teléfono. Y a pesar de todo, los achaques, los dolores, los lamentos e incluso algún que otro ingreso en el hospital, ni se nos pasó por la cabeza que mi abuela se fuera a morir. Mi abuela era una presencia permanente e incuestionable en el espacio – tiempo y punto. Con sus achaques, su sordera y medio ciega. Mi abuela no se iba a morir de ninguna de las maneras, mi abuela iba a hacerle espirales de cáscara de naranja a mi hija y a cantarle el “Señorita, señorita, ¿dónde va ustéh?”, mientras le metía en el despiste una cucharada de papillas en la boca. Mi abuela iba a seguir acariciando con mucha fuerza la cabeza de la gata y de mis perras (tras un derrame hace 14 años, no controlaba muy bien sus fuerzas). Mi abuela iba a seguir quejándose de las verduras, porque hace unos años que le dio por no querer ni olerlas y las llamaba “Porquerías”. También seguiría pasándome el poquillo dinero que conseguía ahorrar como si se tratara de droga: esos billetes de cinco euros arrugadísimos que ella apretaba fuertemente entre sus manos, para luego pasármelos en el más absoluto secretismo “Que no se entere tu madre”, me susurraba. Así mismo, como toda abuela que se precie, siempre iba a tenerla ahí para decirme con un tono pasional, que era “más bonita que un sol” y a llenarme la mano o la mejilla de besos sonoros.

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Y ahora estaba ahí, en un ataúd horroroso, con un Cristo casi más grande que ella. Con cuánto gusto le habría peinado el cabello y le habría hecho sus rulos. Se fue muy disgustada porque le acababan de cortar esas uñas largas y fuertes que ella siempre se pintaba de color coral o rosa nacarado. Es que le salió un eccema en las piernas y de tanto rascarse, se hacía sangre. Y como no nos hacía caso, le cortamos sus preciosas uñas, los tacones de su “Señorita, señorita”, esas uñas sobre las que deslizaba sus dedos, simulando pasitos, como dos piernas bonitas y esbeltas. Por cierto, mi abuela tenía unos gemelos a sus 87 años que ya quisierais muchos.

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Pedí poder despedirme de ella. Fue en definitiva, pedir poder creerme que se había muerto. Y porque siempre me echaba en cara que me estaba olvidando de ella cada vez que subíamos a Madrid. A la pobre, en la ronda de besos y despedidas, la dejaba la última y eso la indignaba muchísimo, “Te ibas sin despedirte de mí, lo sé, se te estaba olvidando”. Siempre me lo decía y yo siempre la dejaba la última. Así que sentí que si no me despedía de ella mi abuela era capaz de venir desde el más allá a echarme en cara que no le había dicho adiós. Acaricié su rostro y la besé. Su rostro de nieve, frío, su carne más pegada al cráneo que nunca. Quise recoger su cuerpo y sacarlo de allí, de ese ataúd horrible, y tenderla en el campo, en el césped, para que le diera un poco el sol, la brisa le ayudara a ascender y le cantaran los pájaros A ella los pájaros le gustaban mucho. Pero ese 21 de febrero ni hacía sol, ni hacía brisa y bajo ningún concepto podía sacarla de aquella caja estrecha en la que la encerrarían minutos después. Tampoco soporté el nicho en el que la enterraban, en medio de una fila de nichos, sellada con ladrillos y bien de cemento. Como si se fuera a escapar. Menos mal que era la tumba más alta, la que daba al cielo, a los pájaros. La metieron ahí dentro. Dentro de su ataúd y dentro del pequeño nicho y quise abrirme paso entre todos, sacar su cuerpo y llevarlo a un jardín, cerca de casa. Le quise dar mantas, para que no pasara frío. Incluso pensé en meterle un móvil, por si se aburría y quería llamarme. O un walkie talkie, por si se despetadaba y teníamos que ir con picos a abrirle el nicho. De todas las absurdas estrategias que se pueden pensar cuando abandonas el cuerpo de un ser muy querido en un cementerio, pensé de todas una.

Al final salí de allí agotada, totalmente abatida, con Luz pataleándome todavía en el útero. Salí y vi que los coches circulaban, los niños salían del cole y la tierra seguía girando en torno al sol. Cuando sufro una gran pérdida, tengo la sensación de que la realidad debería constreñirse, gemir un poco en medio de la más absoluta quietud. Que todo debería quedarse tan quieto y contenido como en una fotografía, un hipo, un suspiro corto.

familia

Mi abuela se ha muerto. Y todavía froto su mano en la memoria, tal y como lo hacía ella, en un esfuerzo enorme de hacerla existir porque yo la estoy imaginando, de escribirla y describirla para créermela viva tras 30 años de caprichos, taconeos, muletas, sopas de chirlas con gambas, vestidos de lazos sucios, canciones y todo tipo de consentimientos. Pero estaba muy cansada. Muy muy cansada y dolorida. Tengo que dejar que ascienda, que descanse en paz. Así que intento vivir mi día a día sin abatimiento ni consternación e imaginármela cuando me voy a dormir. Así dormimos y descansamos juntas, consintiéndonos en los recovecos del recuerdo, reencontrándome con la niña que se sentía libre y sin barreras a su lado, aquella que no necesitaba educación, ni reglas: mi abuela era la piscina donde nadaba el más puro salvajismo de mi infancia.