Oficios

Oficio (pequeña)

En mi tarjeta de visita pone “Leila Amat, Fotógrafa de Ideas y sueños”. Pero para la próxima estoy tentada de poner, tras la fotografía en el reverso, “Leila Amat, Ama de casa, Fotógrafa y Madre”. O sólo “Ama de casa”. O sólo “Madre”. E ir alternando. Siempre he dicho de broma que mi madre se toma su maternidad como una profesión y, para más inri, como una profesión que ejerce con mucha profesionalidad. Me burlaba (con cariño) de ella, en esa especie tenacidad y persistencia en su rol de madre que tiene y tenía a pesar de que mi hermana y yo ya tenemos 28 y 30 años respectivamente. Pero ya no me río de ella. Hace tiempo que ya no me río. La RAE define “Profesión” como “Empleo, facultad u oficio que alguien ejerce y por el que percibe una retribución”. Y todo va bien hasta que aparece esa conjunción “Y”, que une dos cláusulas que parecen estar íntimamente relacionadas entre sí, la de ejercer un oficio y la de percibir una retribución por ello. No especifica si esa retribución ha de ser económica o no. Lo mismo ciertos oficios, empleos o facultades sólo se retribuyen con un abrazo. O un beso. O placer personal. O dando las gracias o una palmadita en la espalda. Y a correr. Lo mismo ni eso, porque hay ciertos quehaceres que parecen ser una obligación, tales como la maternidad, los cuidados o las tareas del hogar. Antes hablé de placer personal, porque hay de ti, mujer, si no disfrutas de tus roles de género: amargada, mala madre, desastre de mujer, desprendida de la vida. Mi madre es abogada, madre, ama de casa y cuidó de mi abuela enferma 14 años. Excepto su oficio como abogada, el resto de trabajos los ha ejercido gratis y de buen rollo y mucho me temo que, disfrutar, disfrutar, sólo su profesión como abogada y a ratos la maternidad. Porque anda que no somos petardas mi hermana y yo. Que ni se le ocurriera decir que se la estaba tratando como a una esclava, porque cuidar de sus hijas y madre y mantener el hogar en todas sus facetas, era su obligación. Y de lo que debes hacer no te quejes, porque para eso ha estado tu madre ahí apoyándote toda la vida, nadie te ha pedido que traigas retoños a este mundo súper poblado y nadie te ha obligado a tener un hogar. Así que a apechugar con ello y suspirar menos.

A mi madre le obligaron a vivir como mujer en un mundo capitalista, neoliberal y con una sociedad perfectamente estructurada para explotarla y oprimirla en su género. Podría centrarme en cada uno de los roles antes mencionados, pero como quiero ser concisa, voy a centrarme en las tareas del hogar, en las amas de casa. Hace tiempo que dedico algunas fotos a las tareas del hogar: poner lavadoras, tenderlas, guardar la ropa, planchar, hacer la comida, las camas, la compra, quitar el polvo, ordenar, fregar suelos y platos, barrer, etc, etc. En un principio tuve mis dudas “¿No estaré embelleciendo u otorgando poesía a unas tareas que una inmensa mayoría de las mujeres hacen por obligación (social) y refunfuñando?”, “¿Es esto bueno?”, “Otorgándoles una dimensión poética, ¿no estaré fomentando una situación injusta?”, “¿Por qué siento que debo dedicarles fotos a estas mujeres?”. Vivimos rodeados de imágenes en los que se asocia a la mujer fuerte y luchadora a guerreras, gobernadoras (póngase aquí cualquier puesto de poder), astronautas, bomberas, mecánicas, profesoras universitarias, boxeadoras, deportistas o juezas. Por poner. Mujeres que luchan, caen, sangran y se levantan para seguir adelante. Son mujeres dignas y fuertes. Nos encantan. Vamos, a mí me encantan. Pero en medio de toda esa imaginería de mujeres fuertes y valientes no está la del ama de casa, la de las mujeres que tienen un trabajo no considerado empleo y que tiene mucho de lucha, de caerse, de cansarse, de sangrar, de levantarse, de manos agrietadas, miradas cansadas, dolores y agotamiento. Mujeres que se dedican a empleos que no se eligen. No digo que no haya mujeres que disfruten con esto, a mí no me gusta, pero reconozco que tras la paliza de dejar limpia  y en orden la casa, mis chakras se alinean en armonía y paz con el universo. Unas veces hago las tareas del hogar con música y alegre, y otras entre abnegación y resoplidos. Porque hay que hacerlo, porque es mi deber, porque nadie (o muy pocos, que de todo hay en la vida del Señor) desean vivir entre hongos, pelusas, polvo, capas de mugre, platos y ropa sucia. O lo que viene a ser un lugar infecto. De esta forma, vacío mi labor de ama de casa de cualquier sentido laboral o de cualquier derecho a remuneración que pueda tener: “Hay que hacerlo, son cosas que hay que hacer”, me repito como un mantra. Así pues, en una de estas mañanas de lavadoras y fregoteos, entendí por qué hago a veces fotos de mujeres sumidas en tareas del hogar: necesito dignificarlas, darles visibilidad, alabar su esfuerzo, recordar que están ahí trabajando gratis, de buen rollo, sin contrato y (muy importante), haciéndolo porque se entiende que es su labor como mujeres hacerlo. Es más, es su deber hacerlo bien y disfrutarlo, sin quejarse. Así pues, mientras intentamos luchar contra esta situación, mientras yo siga alegando al teléfono o ante temas burrocráticos que estoy en situación de desempleo, empleando toda mi vida en la fotografía, en ser madre en un mundo adultocéntrico y en cuidar de mi casa, intentaré dar visibilidad a esta situación con poesía y belleza, dedicar una parcela del arte a esta situación. El arte me ayuda a interpretar la realidad, a formular preguntas, a soportar ciertos aspectos de la existencia que no llego a comprender. También es un intento de no dejar a estas mujeres de manos agrietadas, moños mal hechos y trabajo para largo, solas en sus resoplidos o trabajos invisibilizados y no remunerados.

Yo enseñaré a mi hija a ser limpia y ordenada, tal y como me está tocando enseñar a mi pareja a serlo. Limpia y ordenada sin obsesiones, pero lo justo para convivir tres en casa en paz y armonía. Es arduo, pero quiero que en un futuro Luz vea cómo sus dos padres se reparten las tareas de la casa, cómo el mantenerlo todo de manera más o menos decente no es cuestión de género, sino de tribu.

P.D: La modelo de la foto es mi hermanita Emma, que es preciosa, me aguanta todo y la quiero un montón.

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En serio, qué más pedir

Guille guapo (pequeña)

Hace nada estuvimos en París y allí la traductora y escritora Aline Schullman me comentaba que ojalá tuviera la suerte de que el mundo de la cultura reconociera mi labor como fotógrafa, que ojalá llegara lejos. Yo sonreí tímidamente, complacida. Que me diga eso una persona como ella, a la que admiro tanto, es de un enorme regocijo. Pero le estuve dando vueltas a eso del reconocimiento. Si bien de ello depende el alcanzar cierta independencia económica (y aún así), me pregunté si realmente esa era una de mis máximas metas en la vida. De esta forma forma, me puse ante la clásica situación del genio de la lámpara: si tuviera que pedir un deseo en el terreno profesional, ¿qué es lo que pediría? Podría pedir cualquier cosa, pero sólo una. Hagamos una lista, así, peliculera, como mi propia esencia:

  • Fama, reconocimiento, prestigio. Esto supone un hueco dentro del mundo del arte, un amparo para poder vivir de lo que te gusta. Pero también puede tener sus contras. Cuando se tiene fama, somos víctimas de lo que nuestro público demanda de nosotros. Se enamoran de una etapa artística de tu vida, de un modo de hacer y producir arte y ¡ay de ti como se te ocurra cambiar! Como se te pase por la cabeza hacer algo diferente a todo lo que llevas haciendo. A veces pienso que el tener mucho éxito nos impide evolucionar por miedo a defraudar a nuestros seguidores, clientes o compañeros. Y sé de amigos fotógrafos que no están haciendo lo que realmente les apetece en el momento por miedo a ser juzgados en el cambio. Aun así, aunque suene vanidoso, ambicioso o poco humilde, reconozco el subidón que un momento de prestigio puede aportarnos.
  • Si todo esto no tiene nada que ver con vuestra personalidad, porque sois muy zen, muy espirituales, más que humildes y algo misántropos (los que sois así, moláis) o los que simplemente tienen el don empresarial en el ojal o ningún manager ha apostado por ellos, podéis pedir reconocimiento post-mortem. Lo cierto es que queda muy romántico. Tener una vida de mierda, ser un desamparado toda tu vida, el clásico artista incomprendido y oculto. Pero resulta que tras tu muerte a la sociedad le da por darte una vida no vivida, esa que jamás experimentarás, pero que te eternizará en la Historia del arte. Entonces podrán hablar de lo injustos que han sido contigo, de la estulticia de la sociedad, de la conveniencia del mundo del arte de ensalzar a unos sí y a otros no, de convertir al fin y al cabo tu memoria en un producto.
  • Luego podemos pedir vivir de nuestro arte. Así a secas, sin florituras, sin mamoneos, ni postureos, sin ser víctimas de nuestro ego ni demás pavoneos alentados por ejércitos de palmeros, lameculos o, en su defecto, Industria fotográfica aupando por detrás like you were the chosen one. He estado a punto de saltarme este punto porque en la fotografía creativa o de autor, el prestigio es fundamental a la hora de hacer exposiciones en lugares importantes, a la hora de que te llamen para ferias, a la hora de entrar en galerías, dirigir visionados, impartir clases en escuelas de renombre, etc, etc. Vosotros sabéis. Vivir de vuestro trabajo sin pertenecer a la élite. Suena bien. Muy bien.
  • Que la profesión de artista sea vista como una más y no como algo diferente. Que alguna vez la sociedad viera el arte como una disciplina en su beneficio. En esto los artistas y el mundo del arte tienen una gran responsabilidad. Hace tiempo que escribí un post sobre esto.
  • Como mujer (y en breve, madre), no tener que luchar el doble que mis compañeros varones para alcanzar mis objetivos, no tener que demostrar constantemente mi profesionalidad o mi valía. Lo incluyo como deseo porque es una tarea agotadora que quisiera ahorrarme. Desearía con todas mis fuerzas que no me consideraran un objeto ni un sujeto erótico, que no me clasificaran dentro de la categoría (esa que los hombres se han inventado) de “Fotografía femenina”, quisiera que no nombrasen la palabra “Feminidad” cada vez que ven una de mis fotos. Porque señores, no hago fotos con mi coño y en un 85% de los casos, mi género no es mi máxima motivación. He dejado un 15% para mi fotografía activista que gira en torno a los roles de género. También me encantaría que me dejasen de explicar cosas que ya sé, es decir, que paren de subestimar mis conocimientos como fotógrafa.
  • Tener talento. Puede que parezca una tontería, pero es la primera posibilidad que contemplé a la hora de pedirle un deseo a mi genio. Me he generado tantas inseguridades, el mundo de la fotografía ha llegado a soterrar tanto mi autoestima y el respeto hacia mí misma, que en mi fuero interno tengo la duda real de si tengo o no talento. No obstante, estoy casi completamente segura de que yo trabajo bajo el influjo de una corriente fotográfica que nunca, en sus casi dos siglos de vida, se había dado en fotografía. Ojalá esto se valore alguna vez en su justa medida.
  • Ser feliz con mi propio trabajo. Voy escribiendo deseos en orden de los que menos me apetecen a los que más desearía. Lo cierto es que resulta bastante goloso y he estado a punto de decantarme por este deseo… ¡pero!…
  • Hace cerca de dos meses me pasó algo terrible. Estaba yo en la casa de campo de Ávila, cuando de pronto sentí todo mi ser ensombrecido. Era angustioso, un sentimiento de vacío terrible: quería hacer una foto, pero no se me ocurría nada. No sentía motivación alguna, en definitiva, no estaba inspirada. Y de todos los sentimientos que he podido experimentar a lo largo de mi vida profesional, este es el más devastador, el más nefasto, el más dañino. De qué me iba a servir entonces ser feliz con mi trabajo si un día no estaba inspirada y no podía producir nada. Yo, que hasta en los momentos más terribles de mi vida siempre he tenido la cabeza llena de ideas, la mente a rebosar de proyectos, la imaginación maquinando con entusiasmo para una próxima foto, me sentía creativamente hueca. La perturbación fue tal, que cuando Aline me deseó reconocimiento en vida, me pareció que desearlo era banal, iluso, estúpido.

Mis amores (pequeña)

De esta forma, de todo lo que se puede desear como profesional, me quedaría con eso: Inspiración. Genio, quiero vivir inspirada toda mi vida. Vivir inspirada hasta cuando estoy en la porca miseria. Parece simple, pero no lo es. Conozco a muchos artistas que se han quedado sin ideas ni motivos por los que trabajar y están pasando una de las etapas más decadentes de su vida. Porque ¿qué es la inspiración para mi? La inspiración es un motor de vida, el ingenio, una chispa de aliento, una energía que te bulle por dentro, que te acelera el corazón, que te eleva de la realidad, de tu cuerpo, de tus circunstancias. Te sumerge en otro mundo. Es sentirse con el poder de generar algo que nos llena, que nos hace sentirnos plenos. El nivel de satisfacción vital que nos puede dar el vivir inspirados es altísimo. Para mí, vivir inspirada es sentir una llamita de esperanza dentro, es sentirse motivado. Si alguna vez habéis perdido momentáneamente todo esto, entenderéis de lo que estoy hablando.

Por encima de todas las cosas, creo que es primordial, no sólo para los artistas, sino para cualquier persona, el cómo se siente uno en relación con su profesión.  No importa cómo nos vaya, cuánto nos paguen, cuánto nos reconozcan o incluso si tenemos talento o no, si nuestra profesión no nos hace sentirnos vitales, entusiasmados, si nuestro trabajo no nos motiva. O al menos esta es mi perspectiva. Porque la inspiración es un sentimiento capaz de hacer cualquier trabajo y de nuestra propia vida, algo grande. Y cuando hablo aquí de vida, pienso en las ganas de vivir. En levantarte entusiasmado por las mañanas o de una siesta, sintiendo que tienes una tarea fascinante y apasionante en las próximas horas. Además hay un plus: la inspiración se transmite, irradia una energía especial muy contagiosa, no sólo te afecta a ti como individuo, sino que los que te rodean sentirán un poquito de esa luz. Y con suerte, se sentirán también activados. Y en serio, qué más pedir. A la basura con el resto de los deseos.

Animalismo y feminismo en mi fotografía

Creo que ninguna de las entrevistas como la que me realizó el filósofo Ernesto Castro ha generado tantísimos comentarios. Incluso críticas, la mayoría enfocadas a que Ernesto habla o se extiende mucho. Puede ser. Pero yo me lo pasé pipa. Quizá porque todas y cada una de las preguntas que me formuló, nunca me las habían planteado antes. Es más, creo que es de los pocos entrevistadores que se documentó no sólo con mi obra fotográfica, sino también con mis textos, que se tomó su tiempo para leerme. A veces me pregunto cuál es la fórmula para la entrevista perfecta, qué protagonismo debe de tener cada quien, si más que una entrevista fue un diálogo, una charla. Supongo que es egoísta admitirlo, pero a mí también me gusta disfrutar respondiendo cuando me preguntan, que una entrevista no se convierta en un auténtico tedio repetitivo en el tiempo. He de confesar que tengo un Word con respuestas a preguntas que me realizan una y otra vez, donde siempre respondo lo mismo una y otra vez y que un solo vistazo por Google os podrá dar fe de ello. Me pregunto si las personas que siguen mi trabajo no se cansan de esto, de leerme siempre respondiendo lo mismo. Obviando un anhelo de una entrevista en la que Ernesto hubiera acotado un poco las preguntas para vuestra satisfacción y goce ¿no os pareció interesante o, cuanto menos, novedoso?

Pero si escribo este post es porque me quedé con las ganas de aclarar dos preguntas. No pienso igual cuando hablo que cuando escribo. Hablando soy algo más torpe, menos concisa, más volátil, hilo peor las respuestas, soy más tímida y pequeña. De hecho, por internet doy una imagen más dura que en persona, me lo suelen decir con frecuencia. Supongo que soy una mezcla explosiva de ambas cosas, una trampa. Así pues, de forma poco ágil y clara, respondí a las dos preguntas que hacían referencia al animalismo y al feminismo en mi trabajo. Desde aquí hago un llamamiento a Ernesto Castro para que nos sople las preguntas a priori, a fin de poder meditar una respuesta algo más lúcida.

Para mí animalismo y feminismo van de la mano. Una causa lucha contra el especismo y la otra contra el machismo. Lo primero es una discriminación entre especies, sustentada bajo la teoría de que existe un prejuicio o actitud favorable a los intereses del ser humano frente al resto de animales, dando lugar al maltrato, explotación y asesinato de los mismos por parte de nuestra especie. Lo segundo es una discriminación de la mujer por parte del género masculino y se sustenta sobre estereotipos tradicionales (qué peligro eso de la tradición) que afectan a los distintos roles que debería desempeñar cada uno, otorgando una serie de privilegios al género masculino a costa del femenino. Ya sé que ambas definiciones se quedan cortas, pero quería dejar claro que ambos son dos casos de discriminación, el uno de género y el otro de especie.

¿De qué modo han influido estas dos corrientes/luchas en mi trabajo? ¿Cómo las aplico? Empiezo con la que tengo más clara: el animalismo. Hay discriminaciones que son más evidentes que otras, pero probablemente, la discriminación hacia otras especies culmina el Everest de exclusiones y segregaciones que mi variopinta especie es capaz de generar. Es la menos evidente y el animalismo la lucha más denostada y menos comprendida de todas. No sólo porque es la única que no se da entre los miembros de nuestra misma especie, sino porque los afectados no tienen voz para defenderse ni exponer todo aquello que les hacemos padecer. Para darnos cuenta de ello hay que tener muchas neuronas espejo, que son las grandes encargadas de la empatía. La sola idea de saber que estamos constantemente maltratando y asesinando a seres sintientes, con un sistema nervioso que les permite sentir una caricia o una agresión, me genera unas ganas de vomitar inmensas, un rechazo inimaginable. Es tan grande mi indignación, mi repudio y mi vergüenza, que tengo que hacer un ejercicio de abstracción para no pensar en todo el sufrimiento que le causamos a otras especies. Hace ya cerca de 5 años que tanto Guille como yo decidimos no participar en esta puta mierda que constituye el especismo y todavía seguimos aprendiendo.

Tengo por ahí una foto en la que estoy acunando y dándole el biberón a una cabeza de cordero. Si mal no recuerdo, la hice a finales de 2011 o principios del 2012. Desde entonces, no he vuelto a hacer jamás, en la vida, una fotografía que para llevarse a cabo implicara el sufrimiento o la muerte de un animal. No trabajo con vísceras ni como fotógrafa ni como modelo. He rechazado numerosas sesiones en las que tenía que posar con animales taxidermizados o con sus vísceras “¿Por qué? ¿Si no son tus fotos?”, me preguntan: porque si acepto a posar en un proyecto así, estoy contribuyendo a favor de aquello contra lo que lucho. Sí realizo fotos con huesos que me encuentro en la naturaleza (me fascinan los esqueletos…), incluso insectos. Pero sólo si me los encuentro ya fallecidos y creo que en la causa de su muerte no ha intervenido el ser humano. No obstante, tengo una fotografía en el libro Gran Hado del entierro de un conejito. Lo atropelló el coche que teníamos delante y cogí su cuerpo, todavía suave, tierno y tibio y lo enterramos bajo una encina. La fotografía animalista como forma de activismo o forma de homenajear un cuerpo maltratado o torturado en vida me parece muy loable, pero creo que me haría sufrir muchísimo practicarla con frecuencia. En la exposición de Capital Animal había una sala que presentaba toda una serie de trabajos que denunciaban el enorme problema que supone el especismo, además de dar a los animales la voz que no tienen. Era una sala horripilante, más de uno salimos llorando o muy tocados, pero esos trabajos los considero necesarios para visibilizar lo que les estamos haciendo a los animales, para pensar y reflexionar en qué punto estamos nosotros en la lucha antiespecista. Por último, la muerte natural siempre ha tenido para mí un atractivo inmenso. No la temo, la veo como un proceso más del ciclo de la vida, una culminación.

En el caso de fotografías con animales muertos, me gusta esta con unos escarabajos que fui recogiendo por Doñana, en una tarde de playa. Me metí entre la vegetación y fui buscando bichitos que fui guardando en una cajita. Creo que morían a causa de la ola de calor que se dio durante el año 2015, estaban sequísimos.

Escarabajos (pequeña)

O con estas polillas. Cuando mi suegra se va a dar paseos por los encinares de Ávila, a veces me trae maripositas, escarabajos, polillas o abejas. Mis amigos cuando se encuentran también me las regalan.

Portada (pequeña)

En cuanto a los animales vivos con los que trabajo, son mis perritas o caballos. Mi favorita por ejemplo es esta, en la que además aparecieron estas dos yeguas sin riendas ni monturas ni nada. Estaban sucias de revolcarse por ahí, algo viejitas, pero las vimos libres por el campo, pellizcándose la una a la otra para que les hiciéramos un masaje en la tripa.

Cartujana (pequeña)

Nana del caballo grande (pequeña)

Libertad (pequeña)

Tea time (pequeña)

También me encanta esta del buitre, que nos estuvieron rondando durante toda una mañana de recogida de setas.

Volar (pequeña)

Así mismo, trabajar con los animalitos del Santuario de Valle Encantado fue una gozada.

Foto Esperanza (pequeña)

Foto Alfonso (pequeña)

No soy el gran ejemplo de la fotografía animalista, pero sí quería dejar claro que el animalismo me está enseñando muchísimo y que intento aplicarlo a mi vida en todos los ámbitos.

Luego está el feminismo. Ay, el feminismo. No sabéis la de enemistades y odios que me he generado por aferrarme a esta lucha. En general, todo codeo con cualquier tipo de activismo, genera rechazo en buena parte de la sociedad, pero sobre los hombros de personas que han luchado contra la ausencia de derechos y desigualdades nos erigimos y avanzamos much@s. Conozco pocas fotógrafas que luchen de una forma activa contra el sexismo en fotografía. Entre ellas tengo como referentes a Yolanda Domínguez, Alba Cosz, Dara Scully, Mònica Quintana, Cristina de Middel, Eider Massilia o a Verónica Ruth Frías, machetes y bofetadas en diferentes terrenos del feminismo.

Emily Davison (pequeña)

El beso

¿En qué me baso para pensar que una fotógrafa es feminista? Pues he pensado en una serie de puntos y, ya sólo cumpliendo uno, me parece un enorme avance.

  • Son mujeres libres. O todo lo libres que el sistema patriarcal nos permite ser.
  • Son mujeres guerrilleras. Llámenlas molestas, la motita en el ojo. Generan incomodidad, hacen tambalearse el bienestar y privilegios de la supremacía masculina.
  • Luchan, a pesar de todo el dolor y desgaste que conlleva nadar contra corriente, a pesar de todos los insultos y faltas de respeto. Son mujeres que no se callan ante una situación de desigualdad a pesar del aislamiento o ninguneo profesional que esto puede conllevar.
  • En su obra se muestran genuinas, primigenias y primitivas, salvajes, transparentes a nivel humano, subversivas y, en el caso del autorretrato, son dueñas de su propio cuerpo. Y si ya de paso trabajan temáticas que visibilizan la problemática en cuanto a desigualdades de género se refiere, lo bordamos (roles de género, estereotipos, etc).
  • Apoyan a sus compañeras en un acto de sororidad o sisterhood, como se prefiera llamar.

El parto (pequeña)

No obstante, quisiera añadir que, siendo mujer, si te dedicas a la fotografía ya tienes mérito. En realidad, si eres mujer y decides desempeñar tu trabajo con toda la profesionalidad posible, ya estás contribuyendo al feminismo, dado que no existe gremio que no se vea afectado por la supremacía machista: tienen que luchar el doble que los varones para buscarse un hueco, cobran menos, son subestimadas, lidian con bromas y comentarios sobrados, aguantan que les tengan que explicar cosas que ya saben, les aleccionan, las invisibilizan, etc De hecho, me encanta ese súper poder que parecemos tener todas, el de ser invisibles.

Creo que tanto el animalismo como el feminismo no son terrenos o ideologías completamente cerradas, sino que varían y crecen, están en plena reflexión y revisión permanente, además de existir tantas formas de pensamiento como formas tiene cualquier tipo de discriminación de golpear, de golpearnos. De esta manera, una no puede decir que es animalista o feminista de una forma rotunda, sino que crece, piensa y aprende cada día con estos movimientos. También pienso que cualquier lucha contra cualquier tipo de discriminación tiene que hermanarse o ir de la mano de las otras. Es decir, no se puede ser feminista y luego ser especista, tránsfobo, racista, homófobo, etc. Hágase cualquier tipo de combinación. Aunque nuestra lucha se centre más en un movimiento que en otro, la solidaridad por cualquier persona o animal no humano debería estar ahí. Y lo sé: cuesta. Salir de los moldes y parámetros establecidos cuesta, así que, como diría Verónica Ruth Frías, lo mismo nuestros hijos e hijas podrán disfrutar de los frutos de nuestra lucha, mientras tanto, nos vemos en las trincheras. O como digo yo, nos podéis comer un poco el higo, que es vegano.

Masturbate (pequeña)

Mi abuela de nieve, entre los pájaros

mi-abueli-pequena

Supongo que, ya más entera, puedo contarlo. Yo a veces cuento las cosas en función de lo que puedan afectar a mi trabajo fotográfico. O para que luego por la calle o por cualquier lado, no me pregunten por mis silencios. Mi abuela materna se ha muerto. Es el primer ser querido que se me muere. Del disgusto, pensé que había matado a la niña de mi vientre. Pero no. Al rato empezó a dar patadas y no paró de agitarse durante las más de 24 horas que estuve sin dormir. Es una responsabilidad esto de sentir tan fuertemente cuando estás embarazada, porque lo mismo que le doy de comer espinacas o risas, le doy de comer llanto.

“La abuela ha muerto”, eso me dijeron. Y yo sólo tenía esas palabras albergadas en el pecho con una sensación de incredulidad inmensas. Me lo dijeron por la noche, todos me colgaban el teléfono y Guille dormía. Empecé a sentir ansiedad y palpitaciones. A la mañana siguiente, temprano, emprendimos el viaje en coche a Sevilla y nos fuimos al tanatorio que, casualmente, contemplé durante lo que me pareció una eternidad desde el psiquiátrico de San Lázaro. Burlas de la vida, supongo, que a veces tiende a pasárselo pipa con nosotros.

Casi nadie quería ver el cuerpo de mi abuela. Pero yo lo necesitaba fuertemente, porque de su muerte, de su desaparición, sólo tenía palabras. Así que levanté la cortina y tras el cristal pude verla amortajada, sus párpados arrugados bien cerraditos, sus labios oscuros sellados, su piel blanca y su Pilarica al lado. No. No sentí rechazo, no me asusté, no me causó impresión y cada gesto, cada expresión suya en vida, la recordaba perfectamente. Quizá demasiado perfectamente. Verla me transmitió una tranquilidad y una calma que no había encontrado en horas y horas. La vi ahí y parecía que se iba a levantar de un respingo de un momento a otro: “Hija mía, que estoy medio sorda, qué susto me has dado”. Mi abuela no estaba medio sorda, estaba sorda como una tapia. No te oía y se creía que por ende, nadie la oía. Así le daba de comer de todo a las perritas en la cocina y luego lo negaba rotundamente, rondaba la despensa en busca de patatas fritas o galletas con azúcar (era diabética) y no sé cuántas travesuras clandestinas más. Mi abuela estaba tan sorda que ya no podías entablar una conversación con ella si no era a grito pelao. Ni siquiera escuchaba las guasas que mi madre, mi hermana y yo, entablamos los veranos de cuarto a cuarto cuando dormimos con las puertas abiertas. Nos gastamos bromas, con los pechos reventados por la risa, cada una desde nuestras respectivas camas. Yo me di cuenta de que mi abuela estaba empezando a decaer muy seriamente cuando ya no irrumpía diciendo “¡¿Pero se puede ser más majaderas?!”, “Hay que ver lo tontas que sois”, “Desde luego… cualquiera que os escuche…”, “¡Venga a dormir ya!”, “Yo ya no os hago ni caso”. Pero hace ya como dos veranos que mi abuela ya no nos llamaba majaderas ni reaccionaba cuando las bromas iban dirigidas hacia ella. No contestaba porque ya no nos oía. Tampoco veía bien. Me di cuenta cuando le anoté nuestros teléfonos, dedicando medio folio a cada uno, y no conseguía descifrar los números. Y si no leía bien un 4 de 6 centímetros, cómo iba a teclear nada en el teléfono. Y a pesar de todo, los achaques, los dolores, los lamentos e incluso algún que otro ingreso en el hospital, ni se nos pasó por la cabeza que mi abuela se fuera a morir. Mi abuela era una presencia permanente e incuestionable en el espacio – tiempo y punto. Con sus achaques, su sordera y medio ciega. Mi abuela no se iba a morir de ninguna de las maneras, mi abuela iba a hacerle espirales de cáscara de naranja a mi hija y a cantarle el “Señorita, señorita, ¿dónde va ustéh?”, mientras le metía en el despiste una cucharada de papillas en la boca. Mi abuela iba a seguir acariciando con mucha fuerza la cabeza de la gata y de mis perras (tras un derrame hace 14 años, no controlaba muy bien sus fuerzas). Mi abuela iba a seguir quejándose de las verduras, porque hace unos años que le dio por no querer ni olerlas y las llamaba “Porquerías”. También seguiría pasándome el poquillo dinero que conseguía ahorrar como si se tratara de droga: esos billetes de cinco euros arrugadísimos que ella apretaba fuertemente entre sus manos, para luego pasármelos en el más absoluto secretismo “Que no se entere tu madre”, me susurraba. Así mismo, como toda abuela que se precie, siempre iba a tenerla ahí para decirme con un tono pasional, que era “más bonita que un sol” y a llenarme la mano o la mejilla de besos sonoros.

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Y ahora estaba ahí, en un ataúd horroroso, con un Cristo casi más grande que ella. Con cuánto gusto le habría peinado el cabello y le habría hecho sus rulos. Se fue muy disgustada porque le acababan de cortar esas uñas largas y fuertes que ella siempre se pintaba de color coral o rosa nacarado. Es que le salió un eccema en las piernas y de tanto rascarse, se hacía sangre. Y como no nos hacía caso, le cortamos sus preciosas uñas, los tacones de su “Señorita, señorita”, esas uñas sobre las que deslizaba sus dedos, simulando pasitos, como dos piernas bonitas y esbeltas. Por cierto, mi abuela tenía unos gemelos a sus 87 años que ya quisierais muchos.

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Pedí poder despedirme de ella. Fue en definitiva, pedir poder creerme que se había muerto. Y porque siempre me echaba en cara que me estaba olvidando de ella cada vez que subíamos a Madrid. A la pobre, en la ronda de besos y despedidas, la dejaba la última y eso la indignaba muchísimo, “Te ibas sin despedirte de mí, lo sé, se te estaba olvidando”. Siempre me lo decía y yo siempre la dejaba la última. Así que sentí que si no me despedía de ella mi abuela era capaz de venir desde el más allá a echarme en cara que no le había dicho adiós. Acaricié su rostro y la besé. Su rostro de nieve, frío, su carne más pegada al cráneo que nunca. Quise recoger su cuerpo y sacarlo de allí, de ese ataúd horrible, y tenderla en el campo, en el césped, para que le diera un poco el sol, la brisa le ayudara a ascender y le cantaran los pájaros A ella los pájaros le gustaban mucho. Pero ese 21 de febrero ni hacía sol, ni hacía brisa y bajo ningún concepto podía sacarla de aquella caja estrecha en la que la encerrarían minutos después. Tampoco soporté el nicho en el que la enterraban, en medio de una fila de nichos, sellada con ladrillos y bien de cemento. Como si se fuera a escapar. Menos mal que era la tumba más alta, la que daba al cielo, a los pájaros. La metieron ahí dentro. Dentro de su ataúd y dentro del pequeño nicho y quise abrirme paso entre todos, sacar su cuerpo y llevarlo a un jardín, cerca de casa. Le quise dar mantas, para que no pasara frío. Incluso pensé en meterle un móvil, por si se aburría y quería llamarme. O un walkie talkie, por si se despetadaba y teníamos que ir con picos a abrirle el nicho. De todas las absurdas estrategias que se pueden pensar cuando abandonas el cuerpo de un ser muy querido en un cementerio, pensé de todas una.

Al final salí de allí agotada, totalmente abatida, con Luz pataleándome todavía en el útero. Salí y vi que los coches circulaban, los niños salían del cole y la tierra seguía girando en torno al sol. Cuando sufro una gran pérdida, tengo la sensación de que la realidad debería constreñirse, gemir un poco en medio de la más absoluta quietud. Que todo debería quedarse tan quieto y contenido como en una fotografía, un hipo, un suspiro corto.

familia

Mi abuela se ha muerto. Y todavía froto su mano en la memoria, tal y como lo hacía ella, en un esfuerzo enorme de hacerla existir porque yo la estoy imaginando, de escribirla y describirla para créermela viva tras 30 años de caprichos, taconeos, muletas, sopas de chirlas con gambas, vestidos de lazos sucios, canciones y todo tipo de consentimientos. Pero estaba muy cansada. Muy muy cansada y dolorida. Tengo que dejar que ascienda, que descanse en paz. Así que intento vivir mi día a día sin abatimiento ni consternación e imaginármela cuando me voy a dormir. Así dormimos y descansamos juntas, consintiéndonos en los recovecos del recuerdo, reencontrándome con la niña que se sentía libre y sin barreras a su lado, aquella que no necesitaba educación, ni reglas: mi abuela era la piscina donde nadaba el más puro salvajismo de mi infancia.

Mi año 2016, este año de luces…

Como todos los años por estas fechas, me paro un ratito para analizar cómo me ha ido profesionalmente. Escribo con una niebla densa tras la ventana, tan densa, que en un momento de ir a coger el coche se nos metía dentro de las puertas cual humo helado. Debe de estar relacionado de alguna manera con la teoría del Eterno Retorno, pues justamente empezaba el año 2016 con unas nieblas maravillosas. Me siento arropada por su pureza, me envuelven cual manta blanca en lo más frío del invierno, se me antojan un fino telón de un bonito teatro mientras yo espero detrás, entre bambalinas, sin que nadie me vea.

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Empecé este post redactando todos mis logros profesionales de este año. Son muchos. O no. Pero para mí son muchos, más de los que había conseguido nunca. Pero vosotros no estáis aquí para leer los logros de nadie, en cierto modo, leí el post que había escrito y no dejaba de ser mi currículum anual expresado medio bien. Lo borré todo, quizá por temer parecer demasiado vanidosa, por no repetir más eventos con los que os he estado dando la brasa todo el año, por no parecer aburrida, por que esto no parezcan unos anales de eventos pasados a los que ya nadie tiene acceso, pues son eso, pasados. Lo cierto es que si alguien quiere tener acceso a mi currículum actualizado, más o menos lo tengo bien presentadito en mi web, ¡Oh, mi web! Era un asunto pendiente para 2016 y lo he cumplido, estoy muy contenta con ella. O más bien han cumplido mis Guilles (el de mi alma y mi buen amigo Guille Muñoz), que la hicieron posible.

Sí quería hacer una reflexión sobre por qué estoy tan contenta con cómo me ha tratado este año 2016. Debo de ser de las pocas que está contenta con cómo me ha ido a nivel personal y profesional este año. En cierto modo, este año me debo a personas que han confiado en mi trabajo y me han dado la oportunidad de difundirlo y compartirlo en espacios maravillosos a los que tengo en gran consideración. Aquí entran Mila Abadía, José Luis Calleja, Irene Cruz, Nati Grund, Eduardo Jerez, Antonio José Morales Villegas, Jorge Pozuelo, Pollobarba, Rafael Doctor, Carmen Berasategui… todos ellos comisarios, artistas o gestores de arte que han puesto todo su ánimo, aliento y vigor en un pedacito de mí ¿Sabéis lo que es eso? Es un privilegio. Exponer, vivir de tu arte es algo anómalo. Yo hace tiempo aposté por este tortuoso camino y cada vez que surge una oportunidad de salir adelante con mis fotos lloro y doy las gracias a los dioses, a los chamanes y al universo entero. Doy las gracias con la boca bien grande, porque sé lo que cuesta cada paso. Cada experiencia me enriquece, me llena de vida, nace una conexión con quienes alientan mi trabajo muy fuerte. Tengo un público increíble en el que se encuentran personas muy especiales, incluso gente a la que puedo considerar amigos o buenas personas (ser buena persona, ese gen recesivo…). Durante este año son tantos los que han tenido un gesto bonito conmigo, desde comprando obra o acudiendo a mí para sus ferias, galerías o festivales, que no puedo hacer menos que llevarme la mano al corazón y ser agradecida, de una forma humilde y sincera.

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¿La cara B de todo esto? No creáis que no me pesa. El mundo del arte es una maldita montaña rusa: tan pronto estás arriba como de repente estás abajo. A veces hasta creo que esta sociedad ha convertido al artista en un producto, en una moda. Me pregunto qué no termina tocando el Sistema para convertirlo en un producto. Ningún éxito es garantía de nada, lo que hace que este mundillo resulte algo cruel y cansino: es un lucha perpetua, sin garantías estables, por un hueco, una lucha en la que además me he propuesto ser limpia, a saber, el salir adelante sin pisar a mis compañeros. No digo esto como quien no quiere la cosa, lo digo bien alto y consciente: en el mundo del arte (iba a decir de la Fotografía, pero no, es extensible al mundo entero del arte), muchos creen que para trepar o escalar, hay que adoptar la misma postura que para reptar. Así mismo, si eres mujer, el mundo del arte es extremadamente sexista. La industria fotográfica, además de sexista, peca de elitista (o lo que viene a ser el amiguismo) o encorsetado, por lo que el esfuerzo para conseguir algo es triple o doble. Todo esto me hace plantearme cuestiones éticas ¿Qué hago yo en este mundillo? ¿Qué pretendo? ¿Compensa todo lo que me aporta frente a todo en lo que me convierte estar inmersa en él?

Fuera de todos estos pros y contras, vamos a ir al grano, voy a hablar de mi trabajo y, nunca mejor dicho, voy a hablar de mi libro. De mis libros. Son dos trabajos que han hecho del 2016 un año espectacular, porque realizarlos me ha supuesto ganar amistades, además de conocer nuevas formas de trabajar. Por un lado está Corneilles, nuestro precioso Corneilles, ese hijo que realicé junto a Irene Cruz en los bosques berlineses, una experiencia y recuerdo que atesoro con un cariño inmenso, con confort, con ternura. Los lanzamos en febrero y ya no nos queda ningún ejemplar de los 120 que lanzamos. Tal vez en La fábrica queden uno o dos. Miles de gracias a todos aquellos que pusieron su confianza en este hijo de bruma negra y alas brillantes. Ha sido una aventura corta en cuanto exposición al público, fuego eterno en mi corazón, ¡incluso en mi mano! Que me he tatuado un cuervo. Luego vino “Gran Hado”, fotopoemario de 100 ejemplares que hemos hecho entre Guille y yo, y de los cuales ya han volado a sus respectivas lucecitas 30 ejemplares. Sé que le tengo que dar más publicidad, pero no tengo prisa. “Corneilles” se nos ha ido tan rápido del regazo que no me importa que este fotopoemario de amore y polillas se venda un poco más lento. He tardado un año y ocho meses en sacarlo a la luz y una lo ve ahí, tan frágil, tan blanco, con esos 28 poemas tan pequeños como sus dibujos… El día que salga de esa relativa timidez que me infunde hablaros de él, le dedico un post como dios manda.

Luego están mis fotos, esas hijas de las grietas que tanto me siguen obsesionando, que tanto me salvan, que tantas alegrías me aportan. Empecé el año sin un cambio sustancial y, aunque a veces los artistas vivimos bajo la presión de renovarnos y no de hacer simplemente lo que nos dé la gana, sea repetitivo o no, quiero cambiar. Lo deseo con mucha fuerza, lo necesito. Quizá porque no sólo quiero cambiar de estética y de localizaciones, sino que creo que concibo la Fotografía de forma diferente. Soy un mero canal de esta. La Fotografía me atraviesa como un puñal, estoy herida de Fotografía. La luz y las sombras me susurran imágenes en las entrañas. Creo que ahora entiendo mejor que nunca aquellos versos de Juan Ramón Jiménez, en los que habla de la Poesía en tercera persona: Vino, primero, pura,/ vestida de inocencia. / Y la amé como un niño/ Luego se fue vistiendo/ de no sé qué ropajes. / Y la fui odiando, sin saberlo (…)”. De alguna forma es una herramienta, un lenguaje que se nos presenta, hermosísimo, y nosotros sólo podemos hacerla nuestra o pasarla por ese “filtro” que llamo yo, por ese canal que conforma todo nuestro ser.

¿Cuál creo que es mi foto favorita de este año y que creo que marca una línea que quisiera explorar un poquito más? Pues esta, de mi serie “Pinchar”.

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No sólo por los colores, también me seduce la idea de prestar la misma atención al mensaje o al concepto que a la estética o la edición. También es un gusto trabajar con un conflicto que tengo claro. Este año se ha caracterizado por sentir dolor y no saber de dónde procede, sentir una angustia muy inmensa y no saber a qué o a quién culpar. Eso es muy desalentador. Por eso, cada vez que soy capaz de señalar “Esto en concreto es lo que me preocupa”, siento un inmenso alivio, porque sé por dónde empezar para atajar un problema, sé a qué debo hacer frente. Quisiera señalar también que el Reiki o las Flores de Bach me han salvado la puta existencia durante los últimos meses: impresionante. En occidente todavía no tenemos ninguna disciplina que se encargue de las energías, nos centramos en las consecuencias de las cosas y no en su causalidad. Y así nos va.

Seguidamente, quería proponeros las fotos de este año con las que estoy más contenta ¿echáis alguna de menos?

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Por último, señalar el Proyecto que hice con la Leica M6 retratando todos los días a Guille. Muchas fotos no las he escaneado y otras tendrán que esperar 10 años, dado que le he entregado un carrete con 36 fotos a Julián Ochoa para su proyecto La imagen durmiente.

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11 de octubre del 2015 (pequeña)

17 de noviembre del 2015 (pequeña)

8 de enero del 2016 (pequeña)

1 de febrero del 2016 (pequeña)

Revisar de nuevo todas las fotos que le hice me ha hecho sonreír. Guille me confesó el otro día que echaba de menos ser fotografiado. Y lo mismo, ya sin la presión que supone un Proyecto 366, donde no todas las fotos tienen calidad ni son pensadas ni meditadas, cargo de nuevo la Leica y lo acribillo a fotos como quien acribilla a besos. Como ya habré comentado en alguna entrevista, la fotografía analógica tiene para mí una dimensión íntima que no le he dado a la digital: no publico ni la mitad de las que hago. Hago tan público mi trabajo, mis inquietudes y sentimientos, que necesito tener material para mí y mi entorno más cercano.

De todos mis propósitos de este año ¿en cuál he fallado? Pues en eso de meterme en el vídeo. Me cuesta mucho, me muero de ganas de hacer un corto o vídeoarte, pero no termino de lanzarme. Me tengo que ver más veces o en bucle infinito este vídeo motivacional de Shia LaBeouf.

Cierro con esto este torpe balance del 2016. Torpe porque lo he escrito con mocos, fiebre, dolor de oídos, de encías, garganta y alma. Lo del alma es broma, es que me pongo enferma una vez al año y me tenía que quejar. Salvo por algunos pequeños detalles, 2016 ha sido un gran año para mí, tan bueno que una se pregunta si el siguiente puede ser mejor (profesionalmente hablando). Como he comentado anteriormente, en este mundillo nada es garantía de nada. No obstante, yo seguiré realizando mi trabajo lo mejor posible, con el mismo entusiasmo de siempre. En el fondo, como profesionales, es lo único que debería importarnos, el intentar hacer las cosas bien y superarnos si es posible, si estamos cómodos o tenemos las ideas más o menos claras y tener siempre muy presente que de esto hay que disfrutar. Cuando hablo de disfrutar, es que no tenemos que estar constantemente sometidos a la presión de tener que autosuperarnos, de tener que hacer algo diferente, de no parecernos a los otros (aquí el tema de la competencia tiene mucho que ver), que podemos relajarnos de vez en cuando. A veces sólo tenemos que escucharnos muy atentamente: la vida nos habla, nuestras circunstancias y experiencias nos cincelan, nuestro ADN nos hace únicos. Lo tenemos todo para desarrollar un trabajo extraordinario, partiendo de lo que somos y de la propia mutación de la existencia, que es constante. Yo no creo que si luchamos vayamos a conseguir todo lo que nos propongamos, pero sí se logran bastantes cosas, sobre todo a nivel personal. No sabéis la fuerza que llevamos dentro y lo mucho que podemos sorprendernos a nosotros mismos. En el fondo, nos debemos a muy pocos más.

¿Las fotografías se entienden? Destilando la fotografía

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Esto no es un manual para interpretar mi fotografía, sino más bien una reflexión que hago tras años y años de interpretaciones que van más allá de mis motivaciones a la hora de realizar un trabajo fotográfico. Siempre he defendido que una vez que realizamos una imagen, su lectura ya no nos pertenece. No obstante, siempre podemos hacer un esfuerzo e intentar entender qué ha llevado a una persona a construir o registrar una imagen. Quizá es un poco confuso utilizar términos como “hablar”, “lenguaje” o “lectura” a la hora de hablar de Fotografía, dado que muchas veces puede confundirse con los parámetros que se usan para referirse al lenguaje verbal. De esta forma, a pesar de que las palabras “Lenguaje” o “Leer” son polisémicas y podemos decir perfectamente “lenguaje fotográfico”, como conjunto de señales que dan a entender algo, o “Leer una foto”, tal y como se leen planos, la hora o una partitura, intentaré buscar unas palabras que las sustituyan para entendernos mejor: una foto no habla ni nos dice, o al menos no tal y como lo hace el sistema comunicativo verbal. Y como encuentro muchas confusiones dentro del gremio de los que teorizan sobre Fotografía (y más si trabajan con fotolibros), quisiera matizar o facilitar palabras que nos ayuden a entender cómo se analiza una foto. Una foto transmite, genera emociones, son el motor para desencadenar una historia, tiene sus códigos culturales, unos parámetros técnicos y formales más o menos apreciables, etc.

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Si es fotografía publicitaria, el mensaje tiene que estar claro, tiene que entenderse de forma rápida, si no, estará abocado al fracaso, ¿pero qué sucede cuando se trata de una fotografía más personal? Es decir, en la fotografía de autor, existe cierta información que sólo habita dentro de la persona que realiza la fotografía en cuestión, información que va más allá de los confines de la imagen que estamos interpretando. En estos casos, ¿qué podemos hacer si deseamos acercanos a las motivaciones del autor?

  • Informarnos. Muchas veces los fotógrafos son tan parlanchines como yo y dan pistas sobre su universo fotográfico, sus símbolos o causas que le han llevado a generar una imagen, con todos sus elementos. Incluso puede que tengan alguna entrevista o articulillo por ahí.
  • Si el fotógrafo es verbalmente críptico o no le han dedicado reseñas, podemos observar varias fotos de la misma persona y ver cómo trata diferentes temáticas.
  • Si resulta que, tras visualizar detenidamente su trabajo, nos encontramos ante un autor con una obra conceptualmente compleja, de simbolismos que están fuera de nuestro alcance u emocionalmente opacos, podemos hacer dos cosas. Por un lado, sugiero preguntar directamente al autor. Con suerte (y si lo sabe), será amable y nos comentará su obra. Normalmente a los artistas les encanta hablar de su obra, son así ellos, pero si tenéis mala suerte y no quieren abrirse (no tienen por qué hacerlo), se puede realizar un pequeño ejercicio de empatía e intentar meterse en la piel del fotógrafo cuya obra queremos desentrañar. Podemos expresar nuestra interpretación con tacto o guardárnosla para nosotros.

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¿Nos impide esto hacer de cada fotografía nuestro mundo? ¿Podemos adaptarlas a nuestro universo, según nuestras circunstancias? Pues claro que sí, eso es bello y es a lo que me refiero cuando cada foto termina tomando su propio camino, más allá de la intencionalidad del autor. Estas dos formas de abordar una fotografía no se contradicen, dado que podemos saber qué simbolizan para el autor y a su vez hacer de esos símbolos algo que nos ayude a interpretar nuestro mundo. El arte tiene una doble faceta, pues es una herramienta que nos ayuda a quienes lo producimos y a su vez sana y se adapta a la realidad que conforma al espectador. Una fotografía puede ayudarnos a entender el mundo exterior e incluso el interior.

Llegados a este punto, quisiera entrar en un terreno más personal. Cuando se han interpretado mis fotos, me han sucedido tres cosas:

a) Han acertado de lleno. Gracias. Suelen ser personas cercanas o seguidores que llevan años leyéndome o visualizando mi trabajo.

b) Han aportado una interpretación de la que ni yo misma me había dado cuenta. Muchas veces hago fotos y no me entero de lo que quise volcar en ellas hasta un par de años después. No es algo que suela pasar, pero por ejemplo mi buen amigo Alí Heroabadi es experto en descifrar mi obra hasta cuando ni yo la entiendo.

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c) Dan una interpretación que no es la mía, pero que me parece plausible para otros. Las veo con buenos ojos y me alegra de que una foto mía les sirva para su realidad. Un ejemplo puede ser el uso que se da a mis fotos en el espacio feminista Locas del coño. No es mi realidad, ni lo que busqué haciendo la foto, pero me parece que se adapta perfectamente a lo que quieren transmitir.

d) Aportan una interpretación descabellada, totalmente alejada de mis intenciones. Al principio me subía por las paredes, pero ya he asumido que es algo fuera de mi alcance, no lo puedo evitar. Es su realidad, ellos lo ven así y no son capaces de ver ni interpretar más. Me suele pasar con frecuencia con mis desnudos (que son pocos, pero llegan a definir mi obra para muchos), que son asociados a la sexualidad o al erotismo, cuando la sexualidad la llevo tratando en mi trabajo dos meses. También me pasa por el hecho de ser fotógrafa, que piensan que mi género es una obsesión en mi trabajo (¿?)

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e) Por último, están quienes alegan que la foto es mala porque no se entiende e incluso me informan sobre cómo la habrían hecho ellos para que “se entienda mejor”. Es decir, que pueden llegar a hablar de lo que les sobra en la foto, sobre lo que quitarían o pondrían, sobre cómo la habrían encuadrado ellos y un largo etcétera. En mi opinión, creo que cada autor, sobre todo de larga trayectoria, tiene sus motivaciones para que, cualquier elemento en la foto, no sea gratuito: encuadres extraños, iluminación oscura, prendas de vestir que desentonan, gestos anómalos, etc.

La fotografía, sobretodo en el caso de la fotografía de autor, no tiene por qué ser transparente, ni evidente, ni darlo todo mascado, es decir, que no siempre el mensaje tiene que ser directo. Esto puede tener inconvenientes o desventajas que hay que asumir, pues puede dar a pie a interpretaciones que no se ajusten a nuestras motivaciones o más que eso, a interpretaciones que nos desagraden. Pero es un riesgo que está ahí. Con este post intento que la próxima vez que intentemos abordar la obra de un fotógrafo/a, hagamos un esfuerzo por acercanos de una forma sensible a su mundo: os puede inspirar, ayudar, enriquecer. Puede ayudarnos a entender nuestros sueños y los de los demás. Y así con cualquier dimensión de nuestra vida y la de los otros.

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Reflexiones a modo de actualización (Gracias: las debo a vuestra lectura de este post y comentarios).

Si a pesar de todo lo escrito, estáis completamente seguros de que un fotógrafo ha cometido un error garrafal en una foto, podéis tomaros la libertad de comentárselo desde el respeto y con tacto. Recordad que el esfuerzo, el trabajo y la voluntad de elaborar una fotografía han nacido de ellos, no de vosotros. Y mi humilde consejo es que sea por privado. Este último gesto siempre es de agradecer. No obstante, las normas y las reglas (si se hace bien) están para saltárselas 🙂

Ya que ha salido en los comentarios por parte de varias mujeres, lo escribo por aquí: Mucho cuidado a los hombres, no ejerzan de mansplainers: las mujeres no necesitamos que nos expliquéis las cosas. No confundáis una crítica constructiva con condescendencia o paternalismo.

Tras las grietas

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Me sobra la piel. Esa piel que yo misma y el tiempo hemos traicionado, yo al no reconocer que me habita, el tiempo por ajarla, como hace con todo. La cambiaría por una piel negra como el magma, por una completamente blanca cual diente de leche, por otra cetrina y tostada, así, como una crema de castañas. La mordisqueo como si fuera la cáscara dura y áspera de un fruto, de esa que arrastramos con los dientes o las uñas en la búsqueda de lo más tierno. Guille, dime, Guille, ¿soy así, como en las fotos? ¿Sé captarme bien? ¿Tengo ese rostro cansado, esa piel porosa, esa mirada apagada y triste, esos labios tan finos? ¿Realmente me quedan dos meses para los 30 años?

Esto es maldad. Muchas veces me he preguntado cómo encontrarme con esa mejor amiga del espejo, esa muchacha de la que me hablaba la psicóloga. Y lo cierto es que nos cuesta ser indulgentes o transigentes con nosotros mismos. Durante mis talleres pido a la gente que se analice a través de los que les rodean y les cuesta mucho, tanto si tienen que analizarse a través de sus amigos, como si tienen que mirarse desde la perspectiva de aquellos a los que no les caemos tan en gracia. Es un pequeño ejercicio para ver qué es lo que proyectamos, que en modo alguno tiene que ser la verdad, pero los amigos que nos quieren bien, suelen fijarse mucho tanto en lo malo como en lo bueno. Si nunca os han dicho qué visión tienen de vosotros, preguntádselo, es bonito. Lo malo es que cuando tenemos que decir cosas bonitas de nosotros mismos, pensamos que pecamos de vanidad, la tradición judeocristiana ha hecho algo de daño en eso de la autoestima. Llevo cerca de un año buscando mi faceta más amable y como amable me refiero a esa dimensión de mí misma que es digna de ser amada.

A veces cierro los ojos y recurro a mi yo más benevolente. Os caería muy bien. Es una Leila inocua, buena, llena de compasión. Tiene el cabello largo, una sonrisa amable en el rostro, las manos finas y suaves y un vestido de flores. Va siempre descalza y viene a buscarme. No habla, pero coloca mi cabeza sobre sus rodillas y me acaricia como a una niña. La quiero. No me juzga y físicamente es igual que yo. Juntas nos dejamos calentar por un sol tibio y nos dejamos mecer por una brisa muy agradable. No mantenemos ningún tipo de conversación, porque ella lo sabe todo sobre mí y yo sé que ella sólo es buena. Es un ejercicio absurdo y extraño al que recurro con frecuencia antes de irme a dormir o cuando estoy muy inquieta. Es la palanca a la traición, un intento desesperado por quererme, de liberarme de toda crueldad gratuita que pueda ejercer sobre mí misma ¿Habéis hecho alguna vez este ejercicio? ¿Os habéis vaciado de culpa y laceraciones? ¿Habéis dejado de mordisquearos la piel?

Últimamente me apetece dar un giro en mis fotos y me encuentro muy perdida. Ya no me llena la fotografía que llevo haciendo durante 5 años. Me apetece replegarme, mirar hacia dentro, estar sola conmigo misma, dibujarme los intestinos. Tengo esta foto con y sin grieta ¿cuál os gusta más?

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