Mi abuela de nieve, entre los pájaros

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Supongo que, ya más entera, puedo contarlo. Yo a veces cuento las cosas en función de lo que puedan afectar a mi trabajo fotográfico. O para que luego por la calle o por cualquier lado, no me pregunten por mis silencios. Mi abuela materna se ha muerto. Es el primer ser querido que se me muere. Del disgusto, pensé que había matado a la niña de mi vientre. Pero no. Al rato empezó a dar patadas y no paró de agitarse durante las más de 24 horas que estuve sin dormir. Es una responsabilidad esto de sentir tan fuertemente cuando estás embarazada, porque lo mismo que le doy de comer espinacas o risas, le doy de comer llanto.

“La abuela ha muerto”, eso me dijeron. Y yo sólo tenía esas palabras albergadas en el pecho con una sensación de incredulidad inmensas. Me lo dijeron por la noche, todos me colgaban el teléfono y Guille dormía. Empecé a sentir ansiedad y palpitaciones. A la mañana siguiente, temprano, emprendimos el viaje en coche a Sevilla y nos fuimos al tanatorio que, casualmente, contemplé durante lo que me pareció una eternidad desde el psiquiátrico de San Lázaro. Burlas de la vida, supongo, que a veces tiende a pasárselo pipa con nosotros.

Casi nadie quería ver el cuerpo de mi abuela. Pero yo lo necesitaba fuertemente, porque de su muerte, de su desaparición, sólo tenía palabras. Así que levanté la cortina y tras el cristal pude verla amortajada, sus párpados arrugados bien cerraditos, sus labios oscuros sellados, su piel blanca y su Pilarica al lado. No. No sentí rechazo, no me asusté, no me causó impresión y cada gesto, cada expresión suya en vida, la recordaba perfectamente. Quizá demasiado perfectamente. Verla me transmitió una tranquilidad y una calma que no había encontrado en horas y horas. La vi ahí y parecía que se iba a levantar de un respingo de un momento a otro: “Hija mía, que estoy medio sorda, qué susto me has dado”. Mi abuela no estaba medio sorda, estaba sorda como una tapia. No te oía y se creía que por ende, nadie la oía. Así le daba de comer de todo a las perritas en la cocina y luego lo negaba rotundamente, rondaba la despensa en busca de patatas fritas o galletas con azúcar (era diabética) y no sé cuántas travesuras clandestinas más. Mi abuela estaba tan sorda que ya no podías entablar una conversación con ella si no era a grito pelao. Ni siquiera escuchaba las guasas que mi madre, mi hermana y yo, entablamos los veranos de cuarto a cuarto cuando dormimos con las puertas abiertas. Nos gastamos bromas, con los pechos reventados por la risa, cada una desde nuestras respectivas camas. Yo me di cuenta de que mi abuela estaba empezando a decaer muy seriamente cuando ya no irrumpía diciendo “¡¿Pero se puede ser más majaderas?!”, “Hay que ver lo tontas que sois”, “Desde luego… cualquiera que os escuche…”, “¡Venga a dormir ya!”, “Yo ya no os hago ni caso”. Pero hace ya como dos veranos que mi abuela ya no nos llamaba majaderas ni reaccionaba cuando las bromas iban dirigidas hacia ella. No contestaba porque ya no nos oía. Tampoco veía bien. Me di cuenta cuando le anoté nuestros teléfonos, dedicando medio folio a cada uno, y no conseguía descifrar los números. Y si no leía bien un 4 de 6 centímetros, cómo iba a teclear nada en el teléfono. Y a pesar de todo, los achaques, los dolores, los lamentos e incluso algún que otro ingreso en el hospital, ni se nos pasó por la cabeza que mi abuela se fuera a morir. Mi abuela era una presencia permanente e incuestionable en el espacio – tiempo y punto. Con sus achaques, su sordera y medio ciega. Mi abuela no se iba a morir de ninguna de las maneras, mi abuela iba a hacerle espirales de cáscara de naranja a mi hija y a cantarle el “Señorita, señorita, ¿dónde va ustéh?”, mientras le metía en el despiste una cucharada de papillas en la boca. Mi abuela iba a seguir acariciando con mucha fuerza la cabeza de la gata y de mis perras (tras un derrame hace 14 años, no controlaba muy bien sus fuerzas). Mi abuela iba a seguir quejándose de las verduras, porque hace unos años que le dio por no querer ni olerlas y las llamaba “Porquerías”. También seguiría pasándome el poquillo dinero que conseguía ahorrar como si se tratara de droga: esos billetes de cinco euros arrugadísimos que ella apretaba fuertemente entre sus manos, para luego pasármelos en el más absoluto secretismo “Que no se entere tu madre”, me susurraba. Así mismo, como toda abuela que se precie, siempre iba a tenerla ahí para decirme con un tono pasional, que era “más bonita que un sol” y a llenarme la mano o la mejilla de besos sonoros.

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Y ahora estaba ahí, en un ataúd horroroso, con un Cristo casi más grande que ella. Con cuánto gusto le habría peinado el cabello y le habría hecho sus rulos. Se fue muy disgustada porque le acababan de cortar esas uñas largas y fuertes que ella siempre se pintaba de color coral o rosa nacarado. Es que le salió un eccema en las piernas y de tanto rascarse, se hacía sangre. Y como no nos hacía caso, le cortamos sus preciosas uñas, los tacones de su “Señorita, señorita”, esas uñas sobre las que deslizaba sus dedos, simulando pasitos, como dos piernas bonitas y esbeltas. Por cierto, mi abuela tenía unos gemelos a sus 87 años que ya quisierais muchos.

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Pedí poder despedirme de ella. Fue en definitiva, pedir poder creerme que se había muerto. Y porque siempre me echaba en cara que me estaba olvidando de ella cada vez que subíamos a Madrid. A la pobre, en la ronda de besos y despedidas, la dejaba la última y eso la indignaba muchísimo, “Te ibas sin despedirte de mí, lo sé, se te estaba olvidando”. Siempre me lo decía y yo siempre la dejaba la última. Así que sentí que si no me despedía de ella mi abuela era capaz de venir desde el más allá a echarme en cara que no le había dicho adiós. Acaricié su rostro y la besé. Su rostro de nieve, frío, su carne más pegada al cráneo que nunca. Quise recoger su cuerpo y sacarlo de allí, de ese ataúd horrible, y tenderla en el campo, en el césped, para que le diera un poco el sol, la brisa le ayudara a ascender y le cantaran los pájaros A ella los pájaros le gustaban mucho. Pero ese 21 de febrero ni hacía sol, ni hacía brisa y bajo ningún concepto podía sacarla de aquella caja estrecha en la que la encerrarían minutos después. Tampoco soporté el nicho en el que la enterraban, en medio de una fila de nichos, sellada con ladrillos y bien de cemento. Como si se fuera a escapar. Menos mal que era la tumba más alta, la que daba al cielo, a los pájaros. La metieron ahí dentro. Dentro de su ataúd y dentro del pequeño nicho y quise abrirme paso entre todos, sacar su cuerpo y llevarlo a un jardín, cerca de casa. Le quise dar mantas, para que no pasara frío. Incluso pensé en meterle un móvil, por si se aburría y quería llamarme. O un walkie talkie, por si se despetadaba y teníamos que ir con picos a abrirle el nicho. De todas las absurdas estrategias que se pueden pensar cuando abandonas el cuerpo de un ser muy querido en un cementerio, pensé de todas una.

Al final salí de allí agotada, totalmente abatida, con Luz pataleándome todavía en el útero. Salí y vi que los coches circulaban, los niños salían del cole y la tierra seguía girando en torno al sol. Cuando sufro una gran pérdida, tengo la sensación de que la realidad debería constreñirse, gemir un poco en medio de la más absoluta quietud. Que todo debería quedarse tan quieto y contenido como en una fotografía, un hipo, un suspiro corto.

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Mi abuela se ha muerto. Y todavía froto su mano en la memoria, tal y como lo hacía ella, en un esfuerzo enorme de hacerla existir porque yo la estoy imaginando, de escribirla y describirla para créermela viva tras 30 años de caprichos, taconeos, muletas, sopas de chirlas con gambas, vestidos de lazos sucios, canciones y todo tipo de consentimientos. Pero estaba muy cansada. Muy muy cansada y dolorida. Tengo que dejar que ascienda, que descanse en paz. Así que intento vivir mi día a día sin abatimiento ni consternación e imaginármela cuando me voy a dormir. Así dormimos y descansamos juntas, consintiéndonos en los recovecos del recuerdo, reencontrándome con la niña que se sentía libre y sin barreras a su lado, aquella que no necesitaba educación, ni reglas: mi abuela era la piscina donde nadaba el más puro salvajismo de mi infancia.

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6 thoughts on “Mi abuela de nieve, entre los pájaros

  1. Lo siento mucho. Yo he perdido a tres de mis cuatro abuelos -el primero de ellos, hace tanto tiempo que me cuesta recordar su cara- y cada vez que me despido de mi abuela y vuelvo a Noruega, no puedo evitar pensar que tal vez sea la última vez que la vea.

    No hay mucho más que decir. Tal vez, dentro de un tiempo, te consuele el hecho de que pudiste disfrutar de ella durante toda tu infancia y parte de tu vida adulta. Dentro de un tiempo, porque ahora no puede haber consuelo.

    Una abrazo muy fuerte, aunque no te conozca.

  2. Muy tierna esa despedida. Me ha encantado.
    Por cierto, en la primera foto estais muy guapas las dos. Me encanta la expresión de vuestras caras.

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