Mi año 2016, este año de luces…

Como todos los años por estas fechas, me paro un ratito para analizar cómo me ha ido profesionalmente. Escribo con una niebla densa tras la ventana, tan densa, que en un momento de ir a coger el coche se nos metía dentro de las puertas cual humo helado. Debe de estar relacionado de alguna manera con la teoría del Eterno Retorno, pues justamente empezaba el año 2016 con unas nieblas maravillosas. Me siento arropada por su pureza, me envuelven cual manta blanca en lo más frío del invierno, se me antojan un fino telón de un bonito teatro mientras yo espero detrás, entre bambalinas, sin que nadie me vea.

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Empecé este post redactando todos mis logros profesionales de este año. Son muchos. O no. Pero para mí son muchos, más de los que había conseguido nunca. Pero vosotros no estáis aquí para leer los logros de nadie, en cierto modo, leí el post que había escrito y no dejaba de ser mi currículum anual expresado medio bien. Lo borré todo, quizá por temer parecer demasiado vanidosa, por no repetir más eventos con los que os he estado dando la brasa todo el año, por no parecer aburrida, por que esto no parezcan unos anales de eventos pasados a los que ya nadie tiene acceso, pues son eso, pasados. Lo cierto es que si alguien quiere tener acceso a mi currículum actualizado, más o menos lo tengo bien presentadito en mi web, ¡Oh, mi web! Era un asunto pendiente para 2016 y lo he cumplido, estoy muy contenta con ella. O más bien han cumplido mis Guilles (el de mi alma y mi buen amigo Guille Muñoz), que la hicieron posible.

Sí quería hacer una reflexión sobre por qué estoy tan contenta con cómo me ha tratado este año 2016. Debo de ser de las pocas que está contenta con cómo me ha ido a nivel personal y profesional este año. En cierto modo, este año me debo a personas que han confiado en mi trabajo y me han dado la oportunidad de difundirlo y compartirlo en espacios maravillosos a los que tengo en gran consideración. Aquí entran Mila Abadía, José Luis Calleja, Irene Cruz, Nati Grund, Eduardo Jerez, Antonio José Morales Villegas, Jorge Pozuelo, Pollobarba, Rafael Doctor, Carmen Berasategui… todos ellos comisarios, artistas o gestores de arte que han puesto todo su ánimo, aliento y vigor en un pedacito de mí ¿Sabéis lo que es eso? Es un privilegio. Exponer, vivir de tu arte es algo anómalo. Yo hace tiempo aposté por este tortuoso camino y cada vez que surge una oportunidad de salir adelante con mis fotos lloro y doy las gracias a los dioses, a los chamanes y al universo entero. Doy las gracias con la boca bien grande, porque sé lo que cuesta cada paso. Cada experiencia me enriquece, me llena de vida, nace una conexión con quienes alientan mi trabajo muy fuerte. Tengo un público increíble en el que se encuentran personas muy especiales, incluso gente a la que puedo considerar amigos o buenas personas (ser buena persona, ese gen recesivo…). Durante este año son tantos los que han tenido un gesto bonito conmigo, desde comprando obra o acudiendo a mí para sus ferias, galerías o festivales, que no puedo hacer menos que llevarme la mano al corazón y ser agradecida, de una forma humilde y sincera.

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¿La cara B de todo esto? No creáis que no me pesa. El mundo del arte es una maldita montaña rusa: tan pronto estás arriba como de repente estás abajo. A veces hasta creo que esta sociedad ha convertido al artista en un producto, en una moda. Me pregunto qué no termina tocando el Sistema para convertirlo en un producto. Ningún éxito es garantía de nada, lo que hace que este mundillo resulte algo cruel y cansino: es un lucha perpetua, sin garantías estables, por un hueco, una lucha en la que además me he propuesto ser limpia, a saber, el salir adelante sin pisar a mis compañeros. No digo esto como quien no quiere la cosa, lo digo bien alto y consciente: en el mundo del arte (iba a decir de la Fotografía, pero no, es extensible al mundo entero del arte), muchos creen que para trepar o escalar, hay que adoptar la misma postura que para reptar. Así mismo, si eres mujer, el mundo del arte es extremadamente sexista. La industria fotográfica, además de sexista, peca de elitista (o lo que viene a ser el amiguismo) o encorsetado, por lo que el esfuerzo para conseguir algo es triple o doble. Todo esto me hace plantearme cuestiones éticas ¿Qué hago yo en este mundillo? ¿Qué pretendo? ¿Compensa todo lo que me aporta frente a todo en lo que me convierte estar inmersa en él?

Fuera de todos estos pros y contras, vamos a ir al grano, voy a hablar de mi trabajo y, nunca mejor dicho, voy a hablar de mi libro. De mis libros. Son dos trabajos que han hecho del 2016 un año espectacular, porque realizarlos me ha supuesto ganar amistades, además de conocer nuevas formas de trabajar. Por un lado está Corneilles, nuestro precioso Corneilles, ese hijo que realicé junto a Irene Cruz en los bosques berlineses, una experiencia y recuerdo que atesoro con un cariño inmenso, con confort, con ternura. Los lanzamos en febrero y ya no nos queda ningún ejemplar de los 120 que lanzamos. Tal vez en La fábrica queden uno o dos. Miles de gracias a todos aquellos que pusieron su confianza en este hijo de bruma negra y alas brillantes. Ha sido una aventura corta en cuanto exposición al público, fuego eterno en mi corazón, ¡incluso en mi mano! Que me he tatuado un cuervo. Luego vino “Gran Hado”, fotopoemario de 100 ejemplares que hemos hecho entre Guille y yo, y de los cuales ya han volado a sus respectivas lucecitas 30 ejemplares. Sé que le tengo que dar más publicidad, pero no tengo prisa. “Corneilles” se nos ha ido tan rápido del regazo que no me importa que este fotopoemario de amore y polillas se venda un poco más lento. He tardado un año y ocho meses en sacarlo a la luz y una lo ve ahí, tan frágil, tan blanco, con esos 28 poemas tan pequeños como sus dibujos… El día que salga de esa relativa timidez que me infunde hablaros de él, le dedico un post como dios manda.

Luego están mis fotos, esas hijas de las grietas que tanto me siguen obsesionando, que tanto me salvan, que tantas alegrías me aportan. Empecé el año sin un cambio sustancial y, aunque a veces los artistas vivimos bajo la presión de renovarnos y no de hacer simplemente lo que nos dé la gana, sea repetitivo o no, quiero cambiar. Lo deseo con mucha fuerza, lo necesito. Quizá porque no sólo quiero cambiar de estética y de localizaciones, sino que creo que concibo la Fotografía de forma diferente. Soy un mero canal de esta. La Fotografía me atraviesa como un puñal, estoy herida de Fotografía. La luz y las sombras me susurran imágenes en las entrañas. Creo que ahora entiendo mejor que nunca aquellos versos de Juan Ramón Jiménez, en los que habla de la Poesía en tercera persona: Vino, primero, pura,/ vestida de inocencia. / Y la amé como un niño/ Luego se fue vistiendo/ de no sé qué ropajes. / Y la fui odiando, sin saberlo (…)”. De alguna forma es una herramienta, un lenguaje que se nos presenta, hermosísimo, y nosotros sólo podemos hacerla nuestra o pasarla por ese “filtro” que llamo yo, por ese canal que conforma todo nuestro ser.

¿Cuál creo que es mi foto favorita de este año y que creo que marca una línea que quisiera explorar un poquito más? Pues esta, de mi serie “Pinchar”.

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No sólo por los colores, también me seduce la idea de prestar la misma atención al mensaje o al concepto que a la estética o la edición. También es un gusto trabajar con un conflicto que tengo claro. Este año se ha caracterizado por sentir dolor y no saber de dónde procede, sentir una angustia muy inmensa y no saber a qué o a quién culpar. Eso es muy desalentador. Por eso, cada vez que soy capaz de señalar “Esto en concreto es lo que me preocupa”, siento un inmenso alivio, porque sé por dónde empezar para atajar un problema, sé a qué debo hacer frente. Quisiera señalar también que el Reiki o las Flores de Bach me han salvado la puta existencia durante los últimos meses: impresionante. En occidente todavía no tenemos ninguna disciplina que se encargue de las energías, nos centramos en las consecuencias de las cosas y no en su causalidad. Y así nos va.

Seguidamente, quería proponeros las fotos de este año con las que estoy más contenta ¿echáis alguna de menos?

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Por último, señalar el Proyecto que hice con la Leica M6 retratando todos los días a Guille. Muchas fotos no las he escaneado y otras tendrán que esperar 10 años, dado que le he entregado un carrete con 36 fotos a Julián Ochoa para su proyecto La imagen durmiente.

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11 de octubre del 2015 (pequeña)

17 de noviembre del 2015 (pequeña)

8 de enero del 2016 (pequeña)

1 de febrero del 2016 (pequeña)

Revisar de nuevo todas las fotos que le hice me ha hecho sonreír. Guille me confesó el otro día que echaba de menos ser fotografiado. Y lo mismo, ya sin la presión que supone un Proyecto 366, donde no todas las fotos tienen calidad ni son pensadas ni meditadas, cargo de nuevo la Leica y lo acribillo a fotos como quien acribilla a besos. Como ya habré comentado en alguna entrevista, la fotografía analógica tiene para mí una dimensión íntima que no le he dado a la digital: no publico ni la mitad de las que hago. Hago tan público mi trabajo, mis inquietudes y sentimientos, que necesito tener material para mí y mi entorno más cercano.

De todos mis propósitos de este año ¿en cuál he fallado? Pues en eso de meterme en el vídeo. Me cuesta mucho, me muero de ganas de hacer un corto o vídeoarte, pero no termino de lanzarme. Me tengo que ver más veces o en bucle infinito este vídeo motivacional de Shia LaBeouf.

Cierro con esto este torpe balance del 2016. Torpe porque lo he escrito con mocos, fiebre, dolor de oídos, de encías, garganta y alma. Lo del alma es broma, es que me pongo enferma una vez al año y me tenía que quejar. Salvo por algunos pequeños detalles, 2016 ha sido un gran año para mí, tan bueno que una se pregunta si el siguiente puede ser mejor (profesionalmente hablando). Como he comentado anteriormente, en este mundillo nada es garantía de nada. No obstante, yo seguiré realizando mi trabajo lo mejor posible, con el mismo entusiasmo de siempre. En el fondo, como profesionales, es lo único que debería importarnos, el intentar hacer las cosas bien y superarnos si es posible, si estamos cómodos o tenemos las ideas más o menos claras y tener siempre muy presente que de esto hay que disfrutar. Cuando hablo de disfrutar, es que no tenemos que estar constantemente sometidos a la presión de tener que autosuperarnos, de tener que hacer algo diferente, de no parecernos a los otros (aquí el tema de la competencia tiene mucho que ver), que podemos relajarnos de vez en cuando. A veces sólo tenemos que escucharnos muy atentamente: la vida nos habla, nuestras circunstancias y experiencias nos cincelan, nuestro ADN nos hace únicos. Lo tenemos todo para desarrollar un trabajo extraordinario, partiendo de lo que somos y de la propia mutación de la existencia, que es constante. Yo no creo que si luchamos vayamos a conseguir todo lo que nos propongamos, pero sí se logran bastantes cosas, sobre todo a nivel personal. No sabéis la fuerza que llevamos dentro y lo mucho que podemos sorprendernos a nosotros mismos. En el fondo, nos debemos a muy pocos más.

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¿Las fotografías se entienden? Destilando la fotografía

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Esto no es un manual para interpretar mi fotografía, sino más bien una reflexión que hago tras años y años de interpretaciones que van más allá de mis motivaciones a la hora de realizar un trabajo fotográfico. Siempre he defendido que una vez que realizamos una imagen, su lectura ya no nos pertenece. No obstante, siempre podemos hacer un esfuerzo e intentar entender qué ha llevado a una persona a construir o registrar una imagen. Quizá es un poco confuso utilizar términos como “hablar”, “lenguaje” o “lectura” a la hora de hablar de Fotografía, dado que muchas veces puede confundirse con los parámetros que se usan para referirse al lenguaje verbal. De esta forma, a pesar de que las palabras “Lenguaje” o “Leer” son polisémicas y podemos decir perfectamente “lenguaje fotográfico”, como conjunto de señales que dan a entender algo, o “Leer una foto”, tal y como se leen planos, la hora o una partitura, intentaré buscar unas palabras que las sustituyan para entendernos mejor: una foto no habla ni nos dice, o al menos no tal y como lo hace el sistema comunicativo verbal. Y como encuentro muchas confusiones dentro del gremio de los que teorizan sobre Fotografía (y más si trabajan con fotolibros), quisiera matizar o facilitar palabras que nos ayuden a entender cómo se analiza una foto. Una foto transmite, genera emociones, son el motor para desencadenar una historia, tiene sus códigos culturales, unos parámetros técnicos y formales más o menos apreciables, etc.

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Si es fotografía publicitaria, el mensaje tiene que estar claro, tiene que entenderse de forma rápida, si no, estará abocado al fracaso, ¿pero qué sucede cuando se trata de una fotografía más personal? Es decir, en la fotografía de autor, existe cierta información que sólo habita dentro de la persona que realiza la fotografía en cuestión, información que va más allá de los confines de la imagen que estamos interpretando. En estos casos, ¿qué podemos hacer si deseamos acercanos a las motivaciones del autor?

  • Informarnos. Muchas veces los fotógrafos son tan parlanchines como yo y dan pistas sobre su universo fotográfico, sus símbolos o causas que le han llevado a generar una imagen, con todos sus elementos. Incluso puede que tengan alguna entrevista o articulillo por ahí.
  • Si el fotógrafo es verbalmente críptico o no le han dedicado reseñas, podemos observar varias fotos de la misma persona y ver cómo trata diferentes temáticas.
  • Si resulta que, tras visualizar detenidamente su trabajo, nos encontramos ante un autor con una obra conceptualmente compleja, de simbolismos que están fuera de nuestro alcance u emocionalmente opacos, podemos hacer dos cosas. Por un lado, sugiero preguntar directamente al autor. Con suerte (y si lo sabe), será amable y nos comentará su obra. Normalmente a los artistas les encanta hablar de su obra, son así ellos, pero si tenéis mala suerte y no quieren abrirse (no tienen por qué hacerlo), se puede realizar un pequeño ejercicio de empatía e intentar meterse en la piel del fotógrafo cuya obra queremos desentrañar. Podemos expresar nuestra interpretación con tacto o guardárnosla para nosotros.

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¿Nos impide esto hacer de cada fotografía nuestro mundo? ¿Podemos adaptarlas a nuestro universo, según nuestras circunstancias? Pues claro que sí, eso es bello y es a lo que me refiero cuando cada foto termina tomando su propio camino, más allá de la intencionalidad del autor. Estas dos formas de abordar una fotografía no se contradicen, dado que podemos saber qué simbolizan para el autor y a su vez hacer de esos símbolos algo que nos ayude a interpretar nuestro mundo. El arte tiene una doble faceta, pues es una herramienta que nos ayuda a quienes lo producimos y a su vez sana y se adapta a la realidad que conforma al espectador. Una fotografía puede ayudarnos a entender el mundo exterior e incluso el interior.

Llegados a este punto, quisiera entrar en un terreno más personal. Cuando se han interpretado mis fotos, me han sucedido tres cosas:

a) Han acertado de lleno. Gracias. Suelen ser personas cercanas o seguidores que llevan años leyéndome o visualizando mi trabajo.

b) Han aportado una interpretación de la que ni yo misma me había dado cuenta. Muchas veces hago fotos y no me entero de lo que quise volcar en ellas hasta un par de años después. No es algo que suela pasar, pero por ejemplo mi buen amigo Alí Heroabadi es experto en descifrar mi obra hasta cuando ni yo la entiendo.

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c) Dan una interpretación que no es la mía, pero que me parece plausible para otros. Las veo con buenos ojos y me alegra de que una foto mía les sirva para su realidad. Un ejemplo puede ser el uso que se da a mis fotos en el espacio feminista Locas del coño. No es mi realidad, ni lo que busqué haciendo la foto, pero me parece que se adapta perfectamente a lo que quieren transmitir.

d) Aportan una interpretación descabellada, totalmente alejada de mis intenciones. Al principio me subía por las paredes, pero ya he asumido que es algo fuera de mi alcance, no lo puedo evitar. Es su realidad, ellos lo ven así y no son capaces de ver ni interpretar más. Me suele pasar con frecuencia con mis desnudos (que son pocos, pero llegan a definir mi obra para muchos), que son asociados a la sexualidad o al erotismo, cuando la sexualidad la llevo tratando en mi trabajo dos meses. También me pasa por el hecho de ser fotógrafa, que piensan que mi género es una obsesión en mi trabajo (¿?)

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e) Por último, están quienes alegan que la foto es mala porque no se entiende e incluso me informan sobre cómo la habrían hecho ellos para que “se entienda mejor”. Es decir, que pueden llegar a hablar de lo que les sobra en la foto, sobre lo que quitarían o pondrían, sobre cómo la habrían encuadrado ellos y un largo etcétera. En mi opinión, creo que cada autor, sobre todo de larga trayectoria, tiene sus motivaciones para que, cualquier elemento en la foto, no sea gratuito: encuadres extraños, iluminación oscura, prendas de vestir que desentonan, gestos anómalos, etc.

La fotografía, sobretodo en el caso de la fotografía de autor, no tiene por qué ser transparente, ni evidente, ni darlo todo mascado, es decir, que no siempre el mensaje tiene que ser directo. Esto puede tener inconvenientes o desventajas que hay que asumir, pues puede dar a pie a interpretaciones que no se ajusten a nuestras motivaciones o más que eso, a interpretaciones que nos desagraden. Pero es un riesgo que está ahí. Con este post intento que la próxima vez que intentemos abordar la obra de un fotógrafo/a, hagamos un esfuerzo por acercanos de una forma sensible a su mundo: os puede inspirar, ayudar, enriquecer. Puede ayudarnos a entender nuestros sueños y los de los demás. Y así con cualquier dimensión de nuestra vida y la de los otros.

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Reflexiones a modo de actualización (Gracias: las debo a vuestra lectura de este post y comentarios).

Si a pesar de todo lo escrito, estáis completamente seguros de que un fotógrafo ha cometido un error garrafal en una foto, podéis tomaros la libertad de comentárselo desde el respeto y con tacto. Recordad que el esfuerzo, el trabajo y la voluntad de elaborar una fotografía han nacido de ellos, no de vosotros. Y mi humilde consejo es que sea por privado. Este último gesto siempre es de agradecer. No obstante, las normas y las reglas (si se hace bien) están para saltárselas 🙂

Ya que ha salido en los comentarios por parte de varias mujeres, lo escribo por aquí: Mucho cuidado a los hombres, no ejerzan de mansplainers: las mujeres no necesitamos que nos expliquéis las cosas. No confundáis una crítica constructiva con condescendencia o paternalismo.