Que si perdonan las encinas

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Recuerdo la primera vez que escuché la palabra “Encina”. La nombraba mi padre. Nos contaba, en el coche, en uno de esos largos viajes de Sevilla a Portugal o al contrario, que es un árbol de crecimiento muy lento. “Estas que veis a la derecha deben de tener por lo menos un siglo, por eso lamento tanto los incendios en pinares o encinares, porque son árboles que requieren tanto tiempo para ser robustos, que reducirlos a la inexistencia en cuestión de minutos es desolador”.  Luego pasaba a hablarnos de los alcornoques, ya pasando por Aracena. Alcornoque es una de mis palabras favoritas.

Escribo un 30 de octubre del 2016 y miro las dos enormes encinas que escoltan, por delante y por detrás, la preciosa casa de los padres de Guille. Están enfermas. Tienen algo que las está pudriendo por dentro. Armando, mi suegro, intenta curarlas quitándoles lo podrido y rellenándolas de una espuma que luego endurece, con el fin de que la enfermedad no pueda seguir avanzando. Pero la herida es profunda y siento el frío junto a ella. A veces me pregunto si lo que realmente la ha enfermado ha sido que construyéramos la casa entre ambas, interponiéndonos en su mirada centenaria. En nuestras idas y venidas a la casa de Ávila, perdida de la mano de Dios, reflexiono mucho sobre la invasión del ser humano sobre la naturaleza. Pienso en todos sus lamentos porque los jabalís campan eventualmente por la urbanización. Estoy aquí sentada, en el cómodo sofá del porche, con el sol otoñal calentándome la nuca e inundando de luz mi nueva lectura. Pienso en las especies invasoras y en la más dañina y perjudicial para el planeta: la mía. Cualquier superpoblación es demasiada si no es la nuestra.

Leo al sol y pienso en las encinas, en los jabalís y en los conejos tiroteados en la lontananza. Qué difícil resulta aislarse del mundo cuando hasta en el propio refugio de aislamiento el mundo viene a saludarte en forma de muerte. Incluso de encinas enfermas. Incluso la mirada confusa y aterrorizada de mis perras saben a qué suena el asesinato. Dejo mi libro en la mesilla de cristal, las gafas reposando en la cubierta y voy a la encina. Coloco mi mano fina, blanca, huesuda y tatuada en su corteza. La surcan grietas, líquenes, la aspereza de los años. Pum. Ha caído una bellota. Repiquetea contra el suelo de piedra que han construido mis suegros. Las encinas hablan bellotas, flores amarillas, hojas que pinchan cuando pasas el dedo por sus bordes o cuando las pisas. Le pregunto que cuál es su incendio, le cuento el mío. Se lo cuento callada, con palabras de hojas, bellotas, flores y cortezas agrietadas como unos labios ateridos y maltratados por el frío y el viento.

Los árboles no me contestan nunca o me responden en un idioma agradable pero desconocido. Les pido perdón. Para pedir perdón a veces uno tiene que romperse, hacerse ruinas, por eso yo siempre perdono a quienes me piden algo tan caro, aunque eso suponga hacerte ruinas tú también. Hacerse ruinas es pensar que el columpio en una de sus ramas le molesta, que mis perras corriendo y escarbando a sus pies la deprime, que nuestra vida, llena de charlas, llena de actividades, le hace sangrar, que nuestra casa sólo es un pedazo de ladrillos y pintura donde antes había tierra, piedras, madrigueras, donde había un aire que surcaban los pájaros, los insectos y el viento del alba. Me hice cascotes, con mi mano pegada a su grueso tronco, admitiendo mi felicidad y privilegios a costa de su hábitat. Oh, encina, no te mueras, te quiero, eres hermosa. Pero a mí pocos me perdonan. Decidme, ¿cuántas veces os han perdonado a lo largo de vuestra vida? ¿Cuántas ruinas conforman vuestra mala conciencia y quiénes les han otorgado la paz con el perdón? A mí sólo me perdonan los perros, el otoño y mi abuelo, que ya murió.

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2 thoughts on “Que si perdonan las encinas

  1. Que maravilloso relato Leila. Me ha sacudido el alma con cada imagen y sensación. También soy de las que siempre están pidiendo perdón a los árboles, a las piedras, a todos los enojados y tristes, y hay días sin consuelo. Sin embargo me gusta creer que a los árboles sí les gusta nuestra compañía y que podemos nutrirnos mutuamente desde el amor.

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