Tras las grietas

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Me sobra la piel. Esa piel que yo misma y el tiempo hemos traicionado, yo al no reconocer que me habita, el tiempo por ajarla, como hace con todo. La cambiaría por una piel negra como el magma, por una completamente blanca cual diente de leche, por otra cetrina y tostada, así, como una crema de castañas. La mordisqueo como si fuera la cáscara dura y áspera de un fruto, de esa que arrastramos con los dientes o las uñas en la búsqueda de lo más tierno. Guille, dime, Guille, ¿soy así, como en las fotos? ¿Sé captarme bien? ¿Tengo ese rostro cansado, esa piel porosa, esa mirada apagada y triste, esos labios tan finos? ¿Realmente me quedan dos meses para los 30 años?

Esto es maldad. Muchas veces me he preguntado cómo encontrarme con esa mejor amiga del espejo, esa muchacha de la que me hablaba la psicóloga. Y lo cierto es que nos cuesta ser indulgentes o transigentes con nosotros mismos. Durante mis talleres pido a la gente que se analice a través de los que les rodean y les cuesta mucho, tanto si tienen que analizarse a través de sus amigos, como si tienen que mirarse desde la perspectiva de aquellos a los que no les caemos tan en gracia. Es un pequeño ejercicio para ver qué es lo que proyectamos, que en modo alguno tiene que ser la verdad, pero los amigos que nos quieren bien, suelen fijarse mucho tanto en lo malo como en lo bueno. Si nunca os han dicho qué visión tienen de vosotros, preguntádselo, es bonito. Lo malo es que cuando tenemos que decir cosas bonitas de nosotros mismos, pensamos que pecamos de vanidad, la tradición judeocristiana ha hecho algo de daño en eso de la autoestima. Llevo cerca de un año buscando mi faceta más amable y como amable me refiero a esa dimensión de mí misma que es digna de ser amada.

A veces cierro los ojos y recurro a mi yo más benevolente. Os caería muy bien. Es una Leila inocua, buena, llena de compasión. Tiene el cabello largo, una sonrisa amable en el rostro, las manos finas y suaves y un vestido de flores. Va siempre descalza y viene a buscarme. No habla, pero coloca mi cabeza sobre sus rodillas y me acaricia como a una niña. La quiero. No me juzga y físicamente es igual que yo. Juntas nos dejamos calentar por un sol tibio y nos dejamos mecer por una brisa muy agradable. No mantenemos ningún tipo de conversación, porque ella lo sabe todo sobre mí y yo sé que ella sólo es buena. Es un ejercicio absurdo y extraño al que recurro con frecuencia antes de irme a dormir o cuando estoy muy inquieta. Es la palanca a la traición, un intento desesperado por quererme, de liberarme de toda crueldad gratuita que pueda ejercer sobre mí misma ¿Habéis hecho alguna vez este ejercicio? ¿Os habéis vaciado de culpa y laceraciones? ¿Habéis dejado de mordisquearos la piel?

Últimamente me apetece dar un giro en mis fotos y me encuentro muy perdida. Ya no me llena la fotografía que llevo haciendo durante 5 años. Me apetece replegarme, mirar hacia dentro, estar sola conmigo misma, dibujarme los intestinos. Tengo esta foto con y sin grieta ¿cuál os gusta más?

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Que si perdonan las encinas

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Recuerdo la primera vez que escuché la palabra “Encina”. La nombraba mi padre. Nos contaba, en el coche, en uno de esos largos viajes de Sevilla a Portugal o al contrario, que es un árbol de crecimiento muy lento. “Estas que veis a la derecha deben de tener por lo menos un siglo, por eso lamento tanto los incendios en pinares o encinares, porque son árboles que requieren tanto tiempo para ser robustos, que reducirlos a la inexistencia en cuestión de minutos es desolador”.  Luego pasaba a hablarnos de los alcornoques, ya pasando por Aracena. Alcornoque es una de mis palabras favoritas.

Escribo un 30 de octubre del 2016 y miro las dos enormes encinas que escoltan, por delante y por detrás, la preciosa casa de los padres de Guille. Están enfermas. Tienen algo que las está pudriendo por dentro. Armando, mi suegro, intenta curarlas quitándoles lo podrido y rellenándolas de una espuma que luego endurece, con el fin de que la enfermedad no pueda seguir avanzando. Pero la herida es profunda y siento el frío junto a ella. A veces me pregunto si lo que realmente la ha enfermado ha sido que construyéramos la casa entre ambas, interponiéndonos en su mirada centenaria. En nuestras idas y venidas a la casa de Ávila, perdida de la mano de Dios, reflexiono mucho sobre la invasión del ser humano sobre la naturaleza. Pienso en todos sus lamentos porque los jabalís campan eventualmente por la urbanización. Estoy aquí sentada, en el cómodo sofá del porche, con el sol otoñal calentándome la nuca e inundando de luz mi nueva lectura. Pienso en las especies invasoras y en la más dañina y perjudicial para el planeta: la mía. Cualquier superpoblación es demasiada si no es la nuestra.

Leo al sol y pienso en las encinas, en los jabalís y en los conejos tiroteados en la lontananza. Qué difícil resulta aislarse del mundo cuando hasta en el propio refugio de aislamiento el mundo viene a saludarte en forma de muerte. Incluso de encinas enfermas. Incluso la mirada confusa y aterrorizada de mis perras saben a qué suena el asesinato. Dejo mi libro en la mesilla de cristal, las gafas reposando en la cubierta y voy a la encina. Coloco mi mano fina, blanca, huesuda y tatuada en su corteza. La surcan grietas, líquenes, la aspereza de los años. Pum. Ha caído una bellota. Repiquetea contra el suelo de piedra que han construido mis suegros. Las encinas hablan bellotas, flores amarillas, hojas que pinchan cuando pasas el dedo por sus bordes o cuando las pisas. Le pregunto que cuál es su incendio, le cuento el mío. Se lo cuento callada, con palabras de hojas, bellotas, flores y cortezas agrietadas como unos labios ateridos y maltratados por el frío y el viento.

Los árboles no me contestan nunca o me responden en un idioma agradable pero desconocido. Les pido perdón. Para pedir perdón a veces uno tiene que romperse, hacerse ruinas, por eso yo siempre perdono a quienes me piden algo tan caro, aunque eso suponga hacerte ruinas tú también. Hacerse ruinas es pensar que el columpio en una de sus ramas le molesta, que mis perras corriendo y escarbando a sus pies la deprime, que nuestra vida, llena de charlas, llena de actividades, le hace sangrar, que nuestra casa sólo es un pedazo de ladrillos y pintura donde antes había tierra, piedras, madrigueras, donde había un aire que surcaban los pájaros, los insectos y el viento del alba. Me hice cascotes, con mi mano pegada a su grueso tronco, admitiendo mi felicidad y privilegios a costa de su hábitat. Oh, encina, no te mueras, te quiero, eres hermosa. Pero a mí pocos me perdonan. Decidme, ¿cuántas veces os han perdonado a lo largo de vuestra vida? ¿Cuántas ruinas conforman vuestra mala conciencia y quiénes les han otorgado la paz con el perdón? A mí sólo me perdonan los perros, el otoño y mi abuelo, que ya murió.