Diálogo silencioso entre Fotografía y Poesía

Sonaba la música (pequeña)

HAIKÚS DE LOS SONIDOS TRUNCOS, por María Ángeles Pérez López

Violín del cuerpo
que se desangra mudo.
Ni arco ni espejo.

 ∞

Caja que cierra
y abre todo el sonido
entre las piernas.

 ∞

 Arca de insomnio.
En la madera viva,
colmillo y lobo.

 ∞

Corchea herida.
Como un lirio cortado
su savia esquiva.

 ∞

 El jeroglífico
de la vida que es muerte.
Brazos baldíos.

 

Clave de sol
que en la noche del cuerpo
pronuncia el no.

Recuerdo a María Ángeles. La conocí en el año 2014 en la Semana de la Poesía de Sevilla, en una ponencia. Tiene una personalidad arrolladora y cuando hablaba transmitía una energía reconfortante. De voz suave, inteligente, sensible y poeta, cruzar mi vida con ella es una de esas pequeñas lucecitas que tiene la existencia. Que haya sido ella justamente quien escribiera un poema sobre esta foto, ha sido todo un honor. También recuerdo cuando Javier Helgueta y Jota me propusieron participar en su proyecto “Facultad de silencio”. Si mal no recuerdo, era el año 2011 y yo salía dando tumbos de esa famosa depresión que marcaría un antes y un después en mi vida. Menta no existía, Milka tendría unos cuatro meses y Guille aparecería en mi vida otros cuatro meses después. Presenté dos fotos de Emma y en la exposición me di cuenta de lo bien que escribía mi amiga Mewy. Recuerdo a Milka hacer de las suyas en la Facultad de Filosofía y letras, entre las sonrisas de unos y las caras de culo de otros. Para mí era una pequeña lucecita peluda en un edificio (y una ciudad) que había dibujado muchas sombras sobre mi existencia. Tal vez, también sobre la existencia de otros. A día de hoy, plantarme en Alcalá de Henares me supone un esfuerzo. Pisar esa ciudad reactiva en mí ciertos recuerdos y sensaciones que me abruman y el sentimiento de pérdida, confusión o soledad se me instalan en el pecho como un sudor frío y pagoso. Lo mismo tengo que limpiar la memoria tal y como hice con París, ciudad que me causaba pavor y que en la actualidad amo con locura.

Este año han vuelto a contar con mi participación en “Facultad de silencio” no en la Universidad de Alcalá, sino en la Universidad Complutense, y yo me ofrezco encantada. Las universidades podrían ofrecer espacios expositivos de más dignidad u ofrecer un poco más de presupuesto para iniciativas culturales, pero me gusta pensar que son cosas que se curan con el tiempo.

La mayoría de mis compañeros de filología son a estas alturas poetas, doctores o profesores de universidad. Estar en contacto con ellos me hace desconectar del mundo de la fotografía, universo en el que estoy inmersa desde hace años, sin mucha intención de retroceder a ese pasado enfrascado en lingüística, literatura y lenguas. Y no porque no me guste todo eso ahora, son claras pasiones, pero la Fotografía se ha instaurado en mi vida como una obsesión vital. Que mis compañeros o profesores de Filología hayan encajado con tanto interés esta nueva energía que me mueve a trabajar todos los días, me hace sentir feliz y comprendida. Pero no sólo lo aceptan, es que a día de hoy, siguen contando conmigo para algunos proyectos e incluso alguno que otro se pasa por exposiciones o ferias de arte, lo cual me halaga.

Atardecer (pequeña) - copia

Este año envié “Atardecer” y “Sonaba la música” y mi amigo Javier Helgueta señaló “Sonaba la música” para desarrollar este proyecto, fotografía que realicé tras los atentados de noviembre en París, en la maravillosa casa de Aline Schulman. Estaban siendo unas vacaciones maravillosas. Cada vez disfruto más esa ciudad, cada vez la hago más mía, más de Guille, más de los dos. Reconstruyo y destruyo recuerdos con nuestras experiencias y nuevas fotos, las sonrisas van tejiendo ese vínculo que me une de forma tan especial con esa ciudad. Un día, saliendo del Museo d’Orsay (uno de nuestros favoritos en el mundo mundial), vimos ambulancias y calles cortadas. Pero tampoco nos lo tomamos muy en serio, es una ciudad grande, se puede encajar como algo habitual. Pero cuando llegamos a casa vimos lo muy cerca que habíamos estado del horror. Fue una angustia inmensa, porque no terminaba de pasar. Tuvieron a la gente encerrada en la sala de conciertos hasta la madrugada, no podías respirar a gusto, sentíamos una losa en el pecho. Cuando este tipo de dramas suceden lejos, uno termina aislándose fácilmente, se busca ese impermeable que lo mantenga en su burbuja de bienestar… en cierto modo, a veces es necesario, pues a diario suceden innumerables actos macabros más que denunciables o condenables. Emocionalmente es imposible asumirlo todo sin pegarse un tiro o pensar que nos merecemos que venga un meteorito y mande a pastar el planeta. Lo cierto es que en París nos topamos muy de cerca (y de nuevo, como quien dice) con la maldad deliberada. La cruda, la que se planea y desarrolla, la que se ejerce contra gente inocente impunemente, sin miramientos. Cuando esto te abofetea en la cara, algo te cruje por dentro. Te preguntas cómo el ser humano puede llegar a ese punto de banalización del mal y no asumes ni comprendes cuáles son los mecanismos que hacen que una persona se crea en el derecho de hacer sufrir de forma indiscriminada a otras en nombre de lo que sea. De sufrir o de matarlas. Esa noche soñé que andaba desnuda por París y que por las aceras se apilaban montones y montones de cadáveres, también desnudos. Hacía frío y veía como si tuviera cataratas en los ojos. Al día siguiente Guille y yo estábamos tan tocados, que sólo fuimos capaces de escribir cuatro palabras, dibujar o hacer una foto. También salimos a comer, porque tenemos que demostrar que no tenemos miedo, que no pueden arrebatarnos nuestra cotidianidad, que no debemos alterar nuestra vida frente a quienes quieren destrozarla. Y combato el horror con arte, una de las mayores expresiones de lucha, amor y entendimiento que se nos ha dado a los humanos para interpretar y responder ante la vida. O la muerte.

Cierro este post con el segundo poema que escribió Sonia Betancort. Para mí ha sido toda una revelación e inspiración. En cuanto pueda quisiera hacer una fotografía sobre alguno de sus poemas, devolverle la belleza que ella misma me brindó al escribir este. Además, pongo un link en el último verso, pues hay una coincidencia que me ha fascinado.

Tormenta muda

 Me borró tu soledad.
Desaparecí de los cuentos,
del mar, de las habitaciones.

Somos apenas un piano y una silla.
En el océano de la alfombra
se despereza una ballena,
su boca, dentadura de música,
paraliza tu butaca de dientes de leche,
la ansiada altura de las rodillas de mamá.

Somos dos invenciones lisas y perfectas,
dos soldados de madera, heridos,
el apacible grito de dos árboles,
el latido blanco de unas manos tatuadas,
la temperatura de dos animales muertos.

Me borró tu cabeza trenzada
contra el techo de no sé qué
felicidad rota.
Me borraron tus pies marítimos,
sus huellas serenas,
galápagos de una zancadilla contra el aire.
Me borró el violín de tu espalda,
sus cuerdas suaves, el amor de Man Ray.

Y a pesar de no estar contigo,
de ser una omisión, la raza imposible
de un recuerdo inventado,
sé que en el vacío de esta separación,
lo que enmudece, canta.
Algo que tú no quieres escuchar
y que el universo no puede evitar decirte.

¿Lo oyes?
Este borrón es una tormenta muda,
una insistente melodía en la cabeza,
el sonido de dos huesos que se buscan,
un arma cuya presencia dispara en otro mundo,
una puerta a la que golpean
pero está abierta y el golpe no se ve:
Knock-knock-knockin’ on heaven’s door.

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