Imágenes sumergidas en el tiempo

Soy algo descuidada. O mejor dicho, a veces no valoro mi propio trabajo. Así es como el otro día, buscando un papel bonito en el que escribir una carta, me encontré con esta tira.

Carrete

(Momento malabar: “Guille, sujétame este negativo contra la ventana, que yo me pongo delante de ti con la cámara y le hago esta foto”. Y Guille, como siempre: “Nena, yo a ti te lo sujeto todo”).

El carrete en cuestión estaba rallado, lleno de polvo y pelusas, picado y doblado, así que cuando fui a Lab35 a escanearlo y a la chica se le cayó al suelo, ella exclamó al recogerlo: “Bueno, tal y como está, ya qué más da”. Y me sentí algo avergonzada. No ya por cómo trato a veces mi propio trabajo, sino por el contenido de este carrete en sí mismo. Era agosto de hace seis años, en Barcelona, en casa de mis abuelos paternos. Yo acababa de volver de París, con una depresión profunda que no había hecho más que empezar (tres meses después pisaría mi primer psiquiátrico) ¿Qué hacíamos en Sitges? Pues le habían detectado a mi hermana de 10 años por aquel entonces un tumor a la altura de la sien, del tamaño de una pelota de golf, alias “El chicle”. Allí en Barcelona le operarían con tecnología de última generación y en ese aspecto, le debemos mucho a mi tío Jordi, que es médico.

Foto I (pequeña)

El panorama no podía ser peor y recuerdo esta estancia en Barcelona con muchísima tensión. Mónica y yo subimos desde Sevilla para estar con nuestra hermana pequeña, pero siempre me quedó muy dentro la sensación de que mi presencia en ese viaje fue más un estorbo que otra cosa. Pensé hasta hace días que hubiera sido más adecuado no haber estado allí.

Foto II (pequeña)

Mientras escribo estas palabras, quizá lo sigo pensando. Pero veo estas fotos. Las miro y me genera una sonrisa: son las fotos del “antes”. Quiero con esto decir que mientras estábamos jugando y fotografiando en la piscina con una cámara cutre desechable, mi padre se acercó al bordillo y me dijo: “Leila, ve sacando a Emma del agua, que acaban de llamar del hospital, que dicen que la ingresan ya”. Luego vino lo negro, el desequilibrio, un estruendo, la sed de llorar y el desvelo. Es que era un puppy, la cachorra(ta).

Foto III (pequeña)

Mi pollito salió chorreando del agua, se quitó las gafas, la señas de estas en su cara, “¡Suerte, pollito! ¡Nosotros en seguida salimos y vamos también para allá, todo saldrá bien”. Ya por aquel entonces estaba segurísima de que así sería, tenía el buen pálpito.

Foto IV (pequeña)

No sé dónde está el resto de la película, ¿la tiré con otros papeles? ¿Andará por alguna carpeta o archivador? De momento me conformo con estas cinco instantáneas, tontis, divertidas, distendidas, llenas de risa. Quizá fue el único momento tonti, divertido y lleno de risa que recuerdo en ese viaje y doy gracias a la fotografía por recordármelo, definitivamente es la herramienta que me hace más soportable lo que es difícil de soportar.

La operación fue un éxito absoluto y la recuperación no tuvo tacha. Emma tiene ahora una cicatriz que le cubre toda una mata de pelo fuerte, largo y ondulado. Sigue siendo mi musa y a sus casi 17 años ha partido ya más de un corazón. Y más que partirá, supongo.

También la aparición de estas imágenes hacen hincapié en un objetivo que me he marcado este año: Emma ya no es mi puppy, mi pollito, la cachorra(ta), la niña. Y tengo que dejar de verla como una niña para conseguir recogerla, nueva, en mi mundo, abrazarla como siempre lo he hecho a través de mis imágenes, dejarme iluminar por la nueva mujercita en la que se va convirtiendo. Bella, fuerte, inteligente, conciliadora, prudente. El tiempo la ha envuelto madurez y cada vez la veo con una mayor conciencia de sí misma y de su entorno. Yo quiero impregnarme de esa evolución, escuchar ese grito de nueva fase.

También quisiera nadar en el pasado sin ahogarme. Tal vez estas fotos son la bocanada que necesitaba tras lo que consideré siempre el viaje de un naufragio.

Foto V (pequeña)

 

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One thought on “Imágenes sumergidas en el tiempo

  1. Es genial como las fotografias son capaces de hacernos navegar y naufragar al mismo tiempo. Hacernos muy felices, pero que muy felices. Esos negativos son pura vida, porque han soportado el paso del tiempo como lo hacemos nosotros mismo (con sus golpes y sus arañazos) y porque tu hermana se recuperó y se llenó de vida! Te diría, jamás vuelvas a perder esos negativos, pero… sí, ¿porqué no? Piérdelos y vuelve a encontrarlos!

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