Manuela Malasaña

“Si fuerais capaz de hablar con vuestro sable, no me trataríais así”. L. Daoiz.

Manuela Malasaña (pequeña)

Llevaba justo tres años viviendo en Malasaña y más allá del Episodio Nacional de B. P Galdós (de cuya novela extraigo los consiguientes fragmentos en cursiva) que narra apasionadamente los acontecimientos que hicieron célebre este barrio, nunca me dio por preguntarme por el origen de la adolescente que le dio nombre. Manuela Malasaña fue en un sentido u otro partícipe de estos hechos, pero es ante todo un símbolo de un sentimiento común que envolvió a los madrileños durante aquella mañana del 2 de mayo de 1808. Lo mismo que en el motín de Aranjuez el pueblo se rebeló al considerar que tanto Carlos IV como Godoy no estaban haciendo exactamente una buena gestión en el gobierno, lo que movió al pueblo un mes y medio después a sublevarse contra los franceses fue un herido espíritu patriótico.

“Gabriel (…) ¿te gusta que te manden los franceses y que con su lengua, que no entiendes, te digan, “Haz esto o haz lo otro”, y que se entren en tu casa y que te hagan ser soldado de Napoleón, y que España no sea España, vamos a decir, que nosotros no seamos como nos da la gana de ser, sino como el Emperador quiera que seamos?”.

Así mismo, tras la esperanza que suscitó la llegada Fernando VII al poder, la llegada de los franceses suponía un vestigio del gobierno anterior y su presencia ya en ciudades como Madrid o Barcelona, un claro signo de que el Príncipe de la Paz nos había “vendido” a los franceses en una especie de conspiración pactada con Napoleón. Fue en el Palacio Real, al grito de “¡Que nos lo llevan!”, cuando el ejército francés hizo fuego sobre el pueblo, sospechando este que le quitaban a su nuevo rey. Todo el centro de Madrid, desde la Plaza Mayor hasta el Barrio de las Maravillas se convirtió en un hervidero, dando lugar a una de las mayores carnicerías del siglo. El ejército español tenía órdenes de proteger al francés, pero tres generales se sublevaron, a saber, Daoiz, Velarde y Ruiz, y con ellos los cuatro soldados que estaban a su mando, más la mitad de los vecinos del barrio. La sangría que en el Parque de Infantería de Monteleón y sus alrededores tuvo lugar en cuestión de horas, cobrándose entre 400 y 500 víctimas, convirtió en mártires con condición de héroes y heroínas no sólo a soldados, sino a panaderos, costureras, majas, prostitutas, fruteros, herreros y pordioseros a su vez. Una de las más conmovedoras heroínas fue Manuela, jugando a su favor su temprana edad: tan sólo 15 años. Si hay algo que me llama poderosamente la atención, fue cómo el pueblo asumió la presencia de los franceses como una clara invasión (pactada o no) y salieron a la calle con todo aquello que pudiera servir para herir o matar: varas de hierro, navajas, cacerolas, tejas, macetas y todo tipo de armas de fuego que podían conseguir. Pero no sólo salían a la calle. Las casas se convirtieron en auténticas fortalezas desde donde se disparaba o se lanzaban calderos de agua hirviendo, si no directamente los muebles. Fue una contienda que aturdió a los mismísimos franceses, quienes decidieron lanzar entre redobles de tambores a los infantes, jinetes y artilleros de Austerlitz sobre un pueblo armado en su mayor parte con piedras y cuchillos de cocina.

“Componíanla personas de ambos sexos y de todas las clases de la sociedad, espontáneamente reunida por uno de esos llamamientos morales, íntimos, misteriosos, informulados, que no parten de ninguna voz oficial y resuenan de improviso en los oídos de un pueblo entero, hablándole el balbuciente lenguaje de la inspiración. La campana de ese rebato glorioso no suena sino cuando son muchos los corazones dispuestos a palpitar en concordancia con su anhelante ritmo, y raras veces presenta la Historia ejemplos como aquel, porque el sentimiento patrio no hace milagros sino cuando es una condensación colosal, una unidad sin discrepancias de ningún género, y, por lo tanto, una fuerza irresistible y superior a cuantos obstáculos pueden oponerle los recursos materiales, el genio militar y la muchedumbre de enemigos. El más poderoso genio de la guerra es la conciencia nacional y la disciplina que da más cohesión, el patriotismo”.

Emma perfil

La idea de investigar un poco sobre esta niña me surgió durante una de esas largas estancias de Guille en Irán. Eran días en los que me tocaba bajar tres veces al día a las perrinas. Y a Dios gracias, porque me sacaron del riesgo de acabar vegetando en la buhardilla en el colmo de la más absoluta infraexistencia. Las noches ya empezaban a darnos una tregua y a las 7:30 de la mañana bajaba con un jersey muy fino. A veces me compraba churros en la churrería que hay al inicio de Divino Pastor entrando por Fuencarral, pero desde que se declararon 100% canofóbicos, decidí seguir acudiendo a la de Espíritu Santo, donde hacen peor los churros y mejor las porras, pero ante todo toleran a los perretes. Iba yo tan feliz a por mi desayuno bajando por la calle San Andrés, cuando me dio por fijarme en uno de esos carteles que señalan la relación concreta que tuvo un personaje histórico con un determinado bloque o vivienda: unos la habitaron, otros pintaron cuadros o escribieron novelas o directamente nacieron o fallecieron allí. Así fue cómo descubrí que la familia Malasaña habitó en el nº 18, a unos 70 metros de mi casa.

Emma II

Lo cierto es que me he quedado con más ganas de saber sobre ellos, cuya memoria se centra en lo justo que se desea saber, además de estar envuelta en la incertidumbre de la leyenda popular. Jean Malagne era panadero en el antiguamente llamado “Barrio de las maravillas”, se enamoró de Marcela Oñoro y fruto de aquella relación nació Manuela, que se decantó por la costura. Existen varias versiones de las que he extraído tan sólo dos hechos que coincidieran: que su familia luchó activamente contra los franceses y que todos fueron fusilados el 2 de mayo en el Salón del Prado o en la Montaña de Príncipe Pío. Unos dicen que dispararon desde los balcones de su casa, otros directamente alegan que estuvieron de cuerpo presente en la batalla. Pero yo me he centrado en una anécdota que me llamó mucho la atención. El mismo lunes de la contienda, Manuela fue rutinariamente hacia su escuela para bordar. No la dejaron salir hasta que las calles se calmaron, pero en el trayecto a casa, unos franceses la asaltaron bajo unas intenciones nada respetables, situación que ella intentó resolver defendiéndose con sus tijeras de costura. De esta manera, la acusaron de tenencia de armas y la fusilaron.

Tijeras

Filo de tijeras

Fue enterrada en el Hospital de la Buena Dicha, al lado de la calle Silva, aunque a día de hoy, en una remodelación urbanística, el cementerio y con él los restos de Manuela desaparecieron por completo. No se sabe más sobre su vida, ni siquiera se conoce su aspecto físico, llegando hasta nosotros un retrato idealizado realizado por un coronel de infantería.

Siempre me han llamado la atención las mujeres que han intentado transformar la realidad o el presente que les tocó vivir. No porque considere en modo alguno que no puedan, sino porque hasta hace bien poco siempre se las ha educado (a ellas y a los hombres) para que no lo hagan. De esta manera, no puedo evitar que me resulten llamativos algunos personajes históricos femeninos que lograron sobreponerse a ciertas premisas sociales y aportar mucho más que de lo que se esperaba de ellas. Incluso ir más allá de lo que les permitían. En los acontecimientos del dos de mayo, el papel de las mujeres fue decisivo: asumieron un rol que se suponía a los hombres. Así pues, nombres como Manuela Malasaña, Benita Pastrana o Clara del Rey, no se me han pasado por alto.

Emma I

“Gabriel; usted caballero, quien quiera que sea, ¿habéis visto a las mujeres? ¿Darán lección de valor esas heroicas hembras a los varones que huyen de la honrosa lucha”.

Quise interpretar la historia de Manuela con una fotografía y qué mejor personita para trabajar que mi hermana Emma, a la que realicé esta foto con la misma edad que tenía Manuela cuando fue asesinada. Y los sigue teniendo, pero el 7 de diciembre me hace 16 años y yo seguiré sin ser capaz de asimilar cómo aquel moco bueno, simpático y adorable al que cambié tantos pañales, sea ya una adolescente con la tontuna propia de la edad (por Navidad te voy a regalar tu móvil en el water), rabiosamente bella y no menos inteligente. “Te vas a poner mis zapatos”, “Nooo, que hace mucho frío, ¿vas a tardar mucho?”. Frío a 19 grados. Podréis achacarle a la edad ese muy cuestionable balance de la temperatura, pero es que mi hermana Mónica, que también estaba allí, también consideraba lo mismo. Así fue como me dio hasta seis oportunidades para hacer bien la foto: ella sostenía el cabello de Emma con sus manos y cuando yo avisaba, lo tenía que soltar. Si en seis veces no lo había conseguido, ahí que me quedaba. Tener hermanos para esto. Lo cierto es que al sexto disparo, realicé la foto que consideraba más o menos aceptable. Gracias, Emma y Mónica, por concederme estos minutitos a riesgo de contraer una seria neumonía ¬¬

Emma y Mónica I

Emma y Mónica II

No obstante, fue una tarde agradable entre papi, recogida de aceitunas, arroz con verduras e infusiones. Rara vez coincidimos todas las hermanas juntas, pero casualmente este año, volvemos a coincidir por Navidad. Y habrá más imágenes. Y hará más frío. O como quien habla de otra forma de amar, os arcabucearé a fotos.

Tres hermanitas

Papá y sus mujereh

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