Olvido

Olvido (pequeña)

Nací con una mancha amoratada en la parte baja de la espalda y al inicio del culo. Mis padres se preocuparon muchísimo, hasta que un médico les dijo que no era nada, que se trataba de la llamada “Mancha de Mongolia”, conocido científicamente como “Melanocitosis dérmica congénita” y que suele desaparecer en los primeros años de vida del niño. En mi caso, aquella mancha duró casi dos años. Se trata por lo visto una mancha con la que nacen un gran porcentaje de los asiáticos y algunos gitanos de la zona del Cáucaso. Y así fue como ciertos rasgos de mi familia materna empezaron a tener un evidente sentido, más por los rasgos gitanos que por asiáticos, más marcados en mí. Pero hasta donde la memoria ha podido conservarse, algo sé sobre mis tatarabuelos por parte de abuela: vivían en Murcia, se dedicaban al campo, adoraban a sus nietos y cosían alfombras y cestas de esparto. Ella se quedó ciega tras tanto llorar por la pérdida de un hijo (algo digno de un romance) y él, según mi abuela, era un poco torpe cosiendo el esparto, por lo que se llevaba unas broncas de la leche por parte de su mujer. Al final de sus días, él perdió la cabeza y quiso ahorcarse de un árbol varias veces, dando al traste con sus intenciones cuerdas de mala calidad, que llevaba medio rotas aposta. Por parte de mi abuelo materno, hasta donde se recuerda, todos se dedicaban a trabajar el metal y la plata, realizando desde peines hasta joyas. En mi familia paterna ya hay más orgullo de familia. O de apellidos, mejor dicho. Algunos tienen un sentimiento de pedigrí que siempre me ha resultado muy cómico, pero que ha ayudado, sin duda alguna, a conocer un poco más a cada uno de sus miembros remontándonos hasta cinco generaciones. Hay una anécdota muy interesante, la única que remonta el recuerdo de mis raíces al s.XIX. Por lo visto, el tatarabuelo de mi padre era lo que se llamaba por aquel entonces cosario, una especie de recadero: repartía paquetes, compras e incluso cartas en varias rutas de Aragón, en concreto Teruel. Una noche de fuertes lluvias, pasaba montado en su mula por la Plaza del Torico, que estaba en obras, con tal mala fortuna que el cuadrúpedo pisó mal y ambos cayeron a una zanja inundada de agua, falleciendo los dos ahogados, él bajo la mula. Más allá de esta anécdota desconozco por completo a aquellas personas que dieron pie a todas las casualidades que hicieron que yo esté aquí escribiendo sobre su olvido. Pero hasta donde yo sé, mis antecedentes de condes, duques, marqueses o reyes son prácticamente nulos, ergo mis raíces, como probablemente todas las vuestras, están condenadas al olvido. No obstante, preguntadles a vuestros abuelos o bisuabuelos sobre cuál es el familiar más antiguo que conocen, cómo eran, a qué se dedicaban, si amaron. Para mí lo de las cestitas de esparto en Murcia ha sido una simpática sorpresa. Y si no llega a ser por mi mancha en la espalda, desconoceríamos por completo un posible origen asiático.

Guille II

El olvido es alcohol en cantidades ingentes, el óxido y las ruinas. También lo fue la medicación que recibí durante mi depresión y la enorme ingesta de pastillas que me tomaba para quitarme del medio. El año 2011 lo recuerdo entre grandes lagunas. En los años posteriores he vuelto a releer libros que pasaron por mis manos ese año sin ser capaz de reconocer absolutamente nada. Tampoco recuerdo mi primer beso con Guille. Lo he olvidado completamente, lo olvidé en aquel año de 2011, aquel año borrachera a base de antidepresivos, ansiolíticos, tranquilizantes y somníferos. El problema de todo esto es que he olvidado casi un año de mi vida y desperdiciado otros tantos. Entre pitos y flautas, yo debería tener 24 años y no 27.

Mi mayor terror es el dolor en todas sus facetas. Además, si vives en un inevitable sufrimiento sin remedio alguno, no tener el derecho a la eutanasia me perturba muchísimo. El olvido no es que me dé miedo, pero hace tiempo que entendí que es la verdadera muerte y por lo inquietante del asunto, pienso en ello. Esto la gente lo sabe, incluso puede ser compatible el sentir tu vida insípida y vacía de interés y a su vez tener el anhelo de no ser olvidado, porque son conscientes de que se puede vivir a través de otras personas, que tu vida se prolonga hasta donde alcance el recuerdo de quienes viven.

Por otro lado, hay olvidos que se agradecen, porque no todo merece ser recordado ni todo es grato de recordar, ni nos conviene que ciertas cosas se recuerden. Pero la memoria es impune, así como el tiempo. Se dice a modo de consuelo que el tiempo pone a todo el mundo en su sitio, bajo la paradoja de que previamente lo ha descolocado todo. Y hay personas que viven y mueren fuera de lugar, así como son olvidadas o recordadas sin tener en cuenta si son dignos de ello. Parece ser que como especie sobrevaloramos la eternidad. El tiempo y el olvido están fuera de la equidad y, en cierta medida, esta cualidad les otorga un encanto tan perverso como melancólico.

Guille

Pensar que no deberíamos ser olvidados o anhelarlo conlleva en sí mismo cierta vanidad, ¿qué es lo que pienso yo con respecto a mí? Creo que la trayectoria de mi vida carece de interés y que mucho menos lo tengo como persona. No obstante, le tengo mucho cariño a algunas de mis fotos. Hace nada leí el libro de Los Modlin de Paco Gómez y me invade una enorme tristeza cuando una vida dedicada por completo al arte cae en el agujero del olvido. No puedo evitar cierta desazón cuando el silencio se lleva a ciertos artistas junto a su obra. Pero esta fugacidad del arte, analizando su perdurabilidad desde el punto de vista del universo, tiene cierta belleza y embrujo.

Muchas veces, cuando pregunto en mis talleres qué es para ellos la fotografía, muchos alegan que es recuerdo. Quizá la idea de perdurabilidad sea intrínseca al propio arte fotográfico, aunque no lo tengo muy claro en el caso de la fotografía creativa, ya que en todo caso sería un recuerdo de lo que en otro tiempo deseamos, rechazamos o sentimos envuelto en una realidad de personajes que, a pesar de ser nosotros los que posamos, no siempre tienen algo que ver con nosotros.

¿Cómo hicimos esta foto?

Con un perchero de la abuela paterna de Guille, uno de los múltiples objetos que sus padres se trajeron de su casa en Soria. No cabía en el coche, por lo que Guille se fue cargando con él hasta el terreno donde yo quería fotografiar y, queriendo a la vuelta encontrar un atajo, lo estuvo cargando una hora más aproximadamente. Es el precio de tener la orientación donde Menta perdió su collar de púas. Guille es mi Pastor caótico y nada me falta.

Uno de los mayores cambios que está sufriendo mi fotografía este año es la presencia cada vez mayor de Guille en mi trabajo, lo cual supone un gran avance en mis propias inseguridades. O quién sabe, quizá somos más binomio que nunca y termino por no encontrar mucha diferencia entre fotografiarle a él o a mí misma, o como lo expresaría Cortázar, Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte. Por cierto, escribo esto hoy, día del fallecimiento de su viuda, Aurora Bernárdez.

Me enorgullezco de ser cada vez más capaz de insertar a Guille en mi mundo, pero tengo que reconocer que es un modelo muy protestón, incluso ha llegado a amenazarme con posar exclusivamente una vez por cada estación. Donde digo amenaza, él diría promesa, pero eso ya lo veremos, bombón.

Guille III

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s