La infusión/ Alas en azufre/ La cría II

Dedico una entrada al blog a tres fotografías, algo inusual, pero las tres fueron realizadas en el transcurso de menos de 24 horas. Lo lamento muchísimo por la quedada teleidoscopera madrileña del 27 de septiembre, pero el fin de semana en el que caía era sagrado desde hacía tiempo: llegaba la hermana de Guille, Lorena y sólo viene una vez al año, ergo cualquier movilización que gira en torno a ella tiene prioridad. Y con mucho gusto, oiga. Lleva ya dos años en Santiago de Chile trabajando en unas condiciones laborales mucho mejores que las que puede obtener en España… aunque eso no quita que cuando llega a la capital del reino clame por todo lo alto que “De Madrid al cielo”. Sé lo que es volver a tu país después de una larga temporada viviendo fuera. Es vivirlo todo intensamente porque sabes que ese momento en el que bebes cerveza con tus amigos no se va a volver a repetir en un año. Es comer cocido, bravas, tortilla de patatas y croquetas como si no hubiera un mañana, ya que hay platos y sabores que se echan de menos: el paladar no olvida, el estómago tiene sus costumbres y su memoria. También es mirar con ternura a tu familia, importándote una mierda si no es tan perfecta como en un tiempo anhelaste, es olvidarte de la responsabilidad que supone vivir sola para permitirte volver a ser niña, para volver a ser frágil y buscar mimos por la cocina como un gato remolón. También es aguantar a la bizarra novia de tu hermano, qué le vamos a hacer.

El fin de semana de excesos en la casita de Ávila parece haberse convertido en ritual. Cuando me refiero a excesos, me refiero a todos aquellos que puedes cometer delante de tus padres y sus amigos, que vienen a ser todos de carácter gastronómico. A título personal, tengo que reconocer que las reuniones multitudinarias me perturban un poco, pero tengo mis momentáneas vías de escape, a saber, hacer fotos. Puede sonar algo egoísta y tal vez lo sea, sobre todo cuando te crees prescindible. En eso pensaba, picoteando con gula los maravillosos pimientos asados de María Jesús. Pero quizá estaba algo equivocada, en ese empeño que tengo de machacarme, de utoconvencerme del gran estorbo que puedo llegar a ser. “Guille, ¿sales media horita a ayudarme a hacer una foto? Me tengo que meter en el agua”. Y Guille empezó a avisar de que nos íbamos a hacer una foto un momentito. Cual no fue mi sorpresa al escuchar “Pues yo quiero ir a ver”, “Pues yo voy también”, “Si no os importa, yo voy a mirar y a echar un cable si hace falta”, “Yo os acompaño”. Y así hasta que éramos un nutrido grupo de 10 personas. Me invadió como una mezcla de pánico y parálisis que producen las situaciones más terroríficas. Fotografiar es para mí un acto tan íntimo e introspectivo que casi me aferro al brazo de Guille como una pequeña de 8 años: “Diles que no, que no puedo, que no saldrá nada bien”. Me estaba fotografiando encima. No obstante, superar nuestras fobias irracionales es una asignatura pendiente para todos, así que me pregunté por qué iba a ser menos válida con gente presente que sin ella, por qué iba a creer menos en mi trabajo con público delante. Si la foto ya la hice sola, bajo el nórdico, en la tranquilidad de mi casa. La foto ya estaba hecha, hacerla es sólo tener la capacidad para reproducir visualmente, con la mayor fidelidad posible, una imagen mental. No obstante, ni se me pasaba por la cabeza meter a Lorena en el charco con verdina en el que planeaba fotografiar. No me apetecía meterme ni a mí. Además, como curioso paralelismo con la foto que le hice el año pasado, amenazaba lluvia. Así pues, quizá como último intento de mi subconsciente de no realizar la foto, me aferré al brazo de Guille y le susurré: “Mejor no la hacemos, está a punto de llover”. Si no fuera por él, esta foto de Lorena no se habría realizado, “Pues nos llevamos un paraguas”, dijo cogiéndome del brazo y llevándome hacia el coche.

La infusión (pequeña)

Ya una vez en la localización, se me acercó una de las grandes amigas de Lorena, mi tocaya fonética (que no gráfica) Leyla: “Lorena dice que quiere posar, pero le da corte decírtelo”. Fue como una luz. Me moría de ganas de fotografiar de nuevo a Lorena, pero no iba a pedirle que se metiera en agua estancada, lloviendo y a 18 grados de temperatura. No obstante, existe mucho amor al arte y no sabía que Lorena formaba parte de ese elenco de resignados por una buena causa. De esta manera, con mi tocaya sosteniendo el paraguas para que no se me mojara la cámara (segunda foto, por cierto, realizada bajo la lluvia), Lorena se metió poco a poco en el agua, con menos muecas de asco que las que yo habría puesto. “Esto huele raro” o “Disculpa, estoy empezando a temblar de frío”, creo que fueron sus máximas quejas. Disparé además en picado sin mirar por la pantalla ni el visor de la cámara, porque a veces no sé qué cojones pasa con las réflex -así en general- que de vez en cuando, si intentas hacer una foto mirando por la pantallita, no enfoca bien. Para esta sesión apreté el botón un total de 19 veces. Reconozco haber estado algo nerviosa, porque a mí me pueden hacer lo que quieran, pero a mis modelos me da mucho apuro. Así mismo, descubrí mi enorme capacidad para obviar lo que me rodea cuando estoy haciendo algo que me importa o me fascina. Era mi aromática infusión de Lorena disfrutando a su vez de una infusión, una redundancia conceptual. Todo acabó con una foto que resulta ser una de las que más me han gustado este año, una ducha de agua caliente y un “Cómo has podido hacerlo…” de su padre.

Alas en azufre (pequeña)

La segunda foto la hice horas después. Salimos a dar un paseo, Guille quería enseñar a Lorena y a sus amigos una casa “abandonada” inspirada en una de Mies Van der Rohe. Está en venta y la valla que cerca la parcela, rota, por lo que de vez en cuando entramos a explorar… y por qué no, a hacer fotos. Perdí mi mandito a distancia en China cuando me caí al canal (D`:), así que fue una suerte que estuviera nuestro amigo tocayo para ayudarnos. Hacía tiempo que le tenía ganas a esa piscina, de aguas fétidas y teselas sucias, rotas y desgastadas. “Alas en azufre” era una foto rápida, muy fiel a la pequeña desorientación que sufría esos días y algo incómoda, pero si aquella foto salía bien mi cuerpo segregaría endorfinas extras ese día. Le encuadré la foto a Guille y, en el bordillo, con nuestro gran amigo tocayo sujetándome fuertemente de las piernas para no partirme el cráneo, hice la bisagra hacia atrás. Para reflejarme en el charquillo de la piscina tenía que “colgar” bastante. Fueron dos intentos, uno fallido y otro con éxito. Lorena y sus amigos nos miraban a lo lejos y no tengo ni idea de qué se les pasó por la cabeza cuando nos vieron de tal guisa, pero en el reencuentro nos dijeron, que en unos tablones cercanos, alguien había escrito “Muerte”.

La cría II (pequeña)

La tercera foto fue al día siguiente y me sentó de maravilla. Era la segunda en menos de 24 horas que realizaba a un ser querido. Pero no eran mis hermanas, no era Guille, no era yo. Era nuestro gran amigo Guille, Tocayo para nuestra pequeña familia. Le tengo un aprecio especial porque de todos los amigos de Guille, es probablemente el único con el que me he sentido cómoda, incluso he llegado a sentir el valor de la amistad, a día de hoy privilegio para unos pocos. En mi universo de personajes principalmente femeninos, una presencia masculina aporta nuevos matices, porque como fotógrafa tengo que meterme en la piel de mi protagonista. Tengo que vivir así la fotografía porque es la vía que más me hace vibrar para explicar e interpretar la realidad, creando un mundo paralelo en el que poder vivir, un auténtico refugio de la existencia. Retratar a Tocayo ha supuesto empezar a hacerle bailar en mi universo como una de las crías del bosque. Es una serie inspirada en los polluelos, todavía protegidos en los nidos, sin plumas, frágiles, tan cerca de la vida como de la muerte. Todo es inminente: el vuelo y la defunción. Le quiero dedicar una serie, la primera de ellas es esta, no sé si os acordáis. Durante la sesión salió por la puerta trasera de su casa un vecino con cinco perros y, mientras las mías y los suyos armaban la de Dios es Cristo, el susodicho se quedó mirando para mi enorme incomodidad. De nuevo tuve que recurrir a la máxima concentración para que aquello saliera bien. Queda demostrado: soy capaz de trabajar en las circunstancias más insospechadas. No descarto explotar de nuevo a Tocayo para otras sesiones, así que le prometo un poco más de paz la próxima vez.

El día anterior a su partida a Chile, Lorena nos preparó unas hamburguesas veganas de lentejas que harían resucitar a un muerto. Las aderezó además con guacamole y tomate confitado. Salieron tan ricas, que a ver si le pido la receta para mi blog gastronómico. Al irnos, me dijo, “Que sepas que todavía tengo alguna uña del pie negra del lugar dónde me metiste”. Y sonreí con la familiaridad que despierta lo entrañable. Lo entrañable por ancestral. Aquel lodo era la última letanía de la realización de una foto, retazos de un suspiro. Instantes tan pequeños por los que muchos morimos.

Qué menos que dar las gracias por ser parte de mi aliento.

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