La colada

(…)
Así que cuando meto la ropa para dentro,
empapada y feliz en su modo de ausencia,
no encuentro la manera de poder despertarla
hasta que no se desperece en el armario,
pequeña y encerrada como siempre
en el estrecho espacio del tiempo que nos guarda.

María Ángeles Pérez López.

La colada (pequeña)

Es la última foto de la magnífica semana que pasamos en verano en la casita de Ávila. La recuerdo despreocupada, sumergida en la lectura, escribiendo, cocinando, viendo pelis, durmiendo, haciendo fotos en las dehesas, para quedarme finalmente mirando cómo la tierra se come el sol. Se lo come despacito, como nosotros cuando nos gusta mucho algo. Mi cámara también se come la luz y yo me dedico a enseñaros la digestiones de sus entrañas.

No es creáis que cuido mucho el vestuario de mis fotos. Si os dais cuenta, casi siempre lo repito. Al principio me importaba, pero si no os preocupa verme en mi permanente traje de piel una foto sí y otra también, supongo no pasará nada por poner el mismo vestido foto tras foto. Sin que la moda ocupe un gran espacio en mi fotografía, el vestuario me importa en la medida que mantiene la misma tónica en todos mis trabajos fotográficos. Con el mismo desenfado abrí el armario y me lié a amontonar ropa en la cama: Esta camisa, este vestido, estos calcetines, los calzoncillos de Guille, estos pantalones valen… y extendiendo una cuerda en el suelo, la alineé con pinzas de tender. Seguidamente la hice un gurruño que haría rechinar los dientes de la Mari más entragada y pal coche. Guille estaba con sus quecos en su cuartito… “Guille, ¿te vieneh a haséh una foto? *_*”, “Sí, un segundo que termino de pintar todos los escudos, no tardo nada, un segundo”. Para ese momento las perrinas ya han visto movimiento y trotan como tontinas por la parcela. Y yo me cargo de tensión. Empiezan a sudarme las manos, se me encoje el pecho, se me seca el paladar y me cuesta respirar. Suele pasarme los momentos previos a hacer una foto, no sé por qué. La realización de una foto es un acto que disfruto tanto como lo sufro. Ya sale Guille por la puerta, “¿Llevas el trípode?” “Sí, sí, está en el coche”. Así pues, salimos con nuestras pintillas para la campiña.

Yo sonriendo en foto

Aquella tarde hacía más fresquete de lo normal, pero no importa, es la temperatura que mejor llevo, lo que se traduce en un auténtico tedio hacia la estación del verano. Un tractor araba a lo lejos. Quería realizar una foto que ensalzara lo cotidiano. No es ningún secreto que Guille lleva el mayo peso económico en nuestra humilde familia. Yo me empeño en escribir y en sacar adelante mi trabajo fotográfico. No porque lo considere excelente, sino porque lo necesito. De hecho, echando un vistazo en ocasiones a lo que se está haciendo en fotografía creativa, me asola la pesadumbre de pensar que soy una fotógrafa bastante mediocre. Pero eso no importa ahora. Lo que importa es que necesito hacer fotos para poder sobrellevar la vida. En ocasiones las vendo y todo, pero no nos engañemos, o los artistas somos unos malditos muertos de hambre o viven montados en el dólar. Es curioso, porque cuando hablo de que soy coleccionista de arte, siempre asocian el coleccionismo a los artistas que están montados en el dólar, porcentaje entre los artistas nimio. Que quede claro: vendemos la obra a precios irrisorios y podéis levantar una colección de arte en vuestra casa por precios irrisorios.

Foto making IV

Foto making II

Foto making III

Agradezco profundamente que Guille tenga un buen trabajo y seamos capaces de salir adelante con lo que tenemos. Incluso de vez en cuando nos permitimos salir a tomar unas cerves o ir al cine. Eso es felicidad. Cada uno tiene su rol en esta casa y yo asumo el del terrible ama de casa. Terrible porque no me gusta un pelo, excepto cocinar, que me encanta al cuadrado. Tiempo atrás yo habría sido feliz como panadera o cocinera de una taberna. Si Guille se levanta a las seis y media de la mañana para salir a ganarse el pan, a mí me toca fregar las sartenes, limpiar los baños, poner lavadoras y tenderlas. Ahora mismo la estantería me está mirando con una fina capa de polvo y mis chakras se desalinean. Porque todo hay que decirlo, casi todos los que nos dedicamos a las tareas del hogar coincidimos en una cosa: que no nos gusta mucho ejecutarlas, pero que cuando están hechas nos invade una agradable sensación de bienestar. Es un poco maníaco, lo reconozco, pero ayer conseguí guardar un montón de ropa limpia, bien dobladita y hoy soy una mejor persona.

Foto making I

Le dedico muchas horas al orden y a la limpieza, por lo que pensé que fusionarlo con mi trabajo fotográfico era una idea bonita. Aquí donde me veis, no sólo me obsesiona realizar una buena foto, también que no haya pelitos en el lavabo ni que Guille deje los zapatos por medio. Porque tengo una maruja en mi interior y si no saco la escoba cada vez que me ensucia o desordena algo poco me falta. El mantenimiento de una casa es un curro, nos guste más o menos. De hecho, no sé cómo se podía en un pasado relegar a la mujer a las labores del hogar, si probablemente al 70% no nos gusta. Escribo este post y os doy esta foto para decir que ole las maris, que ole el verbo “orear”, que ole el chirriar de las cuerdas de un patio interior y los platos escurriendo el agua. También es una oda a los baños limpios, a esos que miras con enorme satisfacción, pasando la mano por la frente, mientras la porcelana brilla. Escribo esta entrada para destacar lo mucho que me gusta andar descalza en verano por el suelo de mi casa. Andar descalza sin que las plantas de los pies se me llenen de arenilla o se pongan como un tizón porque he barrido y fregado. Me gusta mirar la cama recién hecha, las sábanas limpias, la alfombra sacudida y la vitro sin grasuza. Si consigo realizarlo todo, me gusta sentarme en un rincón de la casa, con un buen libro, quizá unas patatitas-premio, los chakras alineados y susurrarme a mí misma: ·”Yeah, Leila, you win”.

Moi y la Menta de fondo

La Mika y el Guille

Guille tiene algo que alegar en este post: “¿En serio hablas de los pelitos del lavabo pero no del gato de la ducha? ¡DOBLE MORAL!”

Mi larga cabellera tiene un precio, oiga.

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