Perturbado

Tenía las nalgas infestadas de agujeros debido a las inyecciones, y los brazos arañados y amoratados. Tuvieron que cortarle las uñas al rente para que no se destrozara los brazos en sus ataques repulsivos contra sí misma. Entonces empezó a arrancarse mechones de pelo y a masticarlos, para luego tragárselos. Vomitaba bolas de pelo, igual que los gatos. La mujer que llora, de Zoé Valdés.

Perturbada (pequeña)

Subí corriendo las escaleras con el entusiasmo propio de una cría. Hace nada me espetaron, bajo una foto: “Hay algunos que cuando tienen una cámara se creen que tienen un juguete en las manos”. Dicha sentencia me hace recordar las palabras de nuestro amigo Tocayo-Guille “Aquí hemos venido a jugar”. Y lo cierto es que mi Guille me había regalado un juguete nuevo: la Instax 210 de Fujifilm. Llegué a la cocina, donde estaba mi abuela, con el corazón acelerado, “¡Abuela, mira abuela! ¡Mira lo que me ha regalado Guille!” Y ella, sonriendo, me preguntó: “¿Pero cuántos cacharros de esos tienes ya?”. Me encanta, porque para mi abuela todo son cacharros. Pues unos siete. Claro, que caros caros, sólo dos y no entran dentro de la gama alta de entre todos los cacharros que hay en el mercado.

Foto making IV

Making I

Making II

Guille, al irnos a dormir, me escondió entre las sábanas la cámara nueva. No es que la necesitara, es un capricho, pero supone que puedo realizar fotografías instantáneas de una forma más económica. Desde hace tiempo siempre disparo una foto Polaroid de cada una de mis fotos, pero comprar carrete para la Polaroid One Step suponían carretes caducados muy difíciles de encontrar o comprar a Impossible Project, donde cada foto me cuesta casi 3 euros. Me gustan mucho más los resultados de la Polaroid que de la Instax, pero no sabéis lo feliz que me hace la fotografía impresa.

Family (pequeña)

En Sevilla tenía cuatro de mis cacharros y pensaba llevármelos todos a la playa, porque yo soy de las que meten todo el equipo fotográfico en la maleta, un libro y ya si eso las bragas. El trípode, la Pentax para la fotografía acuática, la Nikon para otras dos fotos, la Instax para hacer fotos poco serias y la Polaroid para hacer una foto de las fotos serias. Todo esto más la carcasa de la acuática. Creo que todos me miraron como si estuviera realmente zumbada, pero no tienen ni puta idea de la vida. O tal vez sí que la tengan un poco. Guille alegaba que no podíamos estar haciendo fotografía acuática mientras dejábamos sin vigilancia el resto del equipo. Pero no solo eso: al llegar a Cuesta Maneli la mar estaba marejada y la marea muy alta, revuelta, enojadísima contra sabe Dios qué. No obstante, les hice caso: la Pentax y la carcasa se quedaron en casa.

Making III

Making V

El 9 de agosto Guille y yo hacemos 3 años y es ritual irnos una vez al año a Cuesta Maneli, porque el año no empieza ni en enero ni en septiembre, empieza cuando hemos conseguido mirar en silencio las nubes rosas de una puesta de sol en Cuesta Maneli ¿Dónde se encuentra esta playa? En Huelva, entre Matalascañas y Mazagón. Y los que conozcan Matalascañas y Mazagón se preguntarán, ¿puede haber algo bonito entre estos dos enclaves tan turbios? Pues sí: 27 km de playa virgen que pertenecen al Parque Natural de Doñana. No hay nada que nos espante más que la masificación, sea el lugar que sea, de ahí el recuerdo horrorizado de nuestra breve estancia en el piso de la Puerta del Sol, en Carretas. Eso sí, no nos gustan las playas donde está todo el mogollón, pero en cuanto equipo playero somos de lo peor: dos mochilas con todo el equipo fotográfico, las toallas, bañadores, mudas, agüita para las peludas (les da por beberse el agua del mar), la pelota de las perras, libros y la sombrilla. Sólo nos faltaba la neverita con comida y la radio para terminar de ser unos horteras… pero porque no nos gusta estar más de 4 o 5 horas en la playa, porque si no estoy segura de que la neverita también caía. El cuadro lo completan las perritas, que son nuestros niños tontos, como dice Guille.

Menta corriendo

La Milka (pequeña)

Menta ladrando

Aunque no es lo mismo un niño tonto, que hacer el tonto 😛 Es que siempre me tiene que imitar cada vez que hago una foto.

Guille mordiendo el sombrero

Para llegar a la playa hay que recorrer 1200 metros de pasarela de madera. La conforman una sucesión de tablas, pero sufro enormemente, porque a veces llegan a tener hasta 10 cm de separación y a mí no me importa -aunque algunos hayan tenido la hostieja asegurada-, pero a la Menta y a la Milka sí, sobre todo a la Milka. A la luz del día puede ver más o menos por dónde mete las patitas, pero cuando nos volvemos, tras la puesta de sol, la luz empieza a escasear y se le meten sus mini patas de perro por todas la ranuras, por lo que Guille y yo nos alternamos para llevar en brazos a la perrina el kilómetro largo. La perrina o ese amasijo de rastas, salitre y arena en el que se convierten.

Pasamos 4 horas entusiasmados con la Instax, con las perras corriendo y tragando arena, con Milka obsesionada con su pelota morada y Menta obcecada con su boya amarilla. Soplaba mucho viento y ni siquiera me quité el vestido, ese mismo vestido que veis en la foto. Estuve apurando hasta la luz de ocaso que tanto me gusta y me metí de rodillas en la orilla. El mar chupaba con tanta fuerza hacia dentro, que me desplazaba hasta con la tierra de base que me ayudaba a descargar mi peso. También me metí mi melena en la boca, aunque no se aprecie, lo que me daban unas arcadas inmensas. Cuando Teleidoscope propuso el tema de “Perturbado” me entusiasmé, porque todos los personajes de mis fotos lo están, casi o más que yo. El texto que me ayudó a redondear este imagen fue el que aparece al inicio de la novela de Zoé Valdés, que encabeza esta entrada, porque uno no entra loco en un psiquiátrico, uno se vuelve loco allí. No quiero convertir esta entrada en una crítica a los famosos manicomios que se encuentran bajo eufemismo de “Centros de salud mental”. Sólo digo que violan varios derechos humanos y que si deseas algo medio qué, tienes que pegar uno privado, que cuesta un pastizal.

Pelos en la boca

Yo llegué a un punto en el que ya no sabían donde encerrarme. Porque a los que atentamos contra nosotros mismos también nos encierran. Los que atentan contra los demás, acaban en cárceles, pero los que atentan contra sí mismos acaban en manicomios. O eres una persona equilibrada o te ocultan y narcotizan, no se vayan a dar cuenta de que hay enfermos mentales, no os vayáis a dar cuenta de que todo el mundo a lo largo de su vida ha padecido un desequilibrio mental o emocional como quien pasa un resfriado, no se vayan a dar cuenta de que para 2020 la depresión vaya a ser la 2º causa mundial de invalidez. Silencio.

Making VI

Pero ya estoy a salvo, porque Guille me ha prometido que si vuelvo a caer enferma, si vuelvo a ser una trasnochada, una perturbada, una chiflada de la muerte y la subsistencia o una alienada por la vida, no me encerrarán nunca más, que él lo impedirá, que me llevará a una playa solitaria para que se me llenen los pulmones de aire y sal. Me ha prometido que me acompañará bien lejos para empuñar el rifle de mi cámara contra mis sienes y ensartarme a imágenes, que me ayudará a anclar mi cuerpo en la orilla de un mar tan embravecido como mi pecho.

Guille y yo (pequeña)

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One thought on “Perturbado

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