Introducción a la fotografía creativa.

Siempre se ha entendido la fotografía como un procedimiento de captación de la realidad con la mirada, es decir, el fotógrafo se nos presenta como un cazador de imágenes más o menos hábil de cuya capacidad para captar la realidad con maestría dependerá el resultado final. Todo el mundo puede tener una cámara, pero no por ello ser fotógrafo o, si se me permite el símil, todo el mundo puede tener un lápiz, pero no todos serán dibujantes o escritores. La herramienta no hace la profesión, sino la vocación. Vivimos en una era tecnológica que ensalza la imagen como vía comunicativa y que ha permitido el acceso a la fotografía a cualquier persona, lo que supone una clara evolución en la educación de la mirada o, como decía Moholy- Nagy “Los límites de la fotografía no se pueden predecir (…) El analfabeto del futuro no será el inexperto en la escritura sino el desconocedor de la fotografía”.

La globalización de la fotografía tanto en su calidad contemplativa como productiva es toda una dicha social y artística y, dentro del universo fotográfico, uno de los artes más jóvenes de la historia del arte reciente junto al cine. La fotografía clásica siempre se ha centrado en el ojo más observador y en la capacidad de fotógrafo para producir una obra artística que defina su estilo transformando e interpretando la realidad. Siempre se ha entendido que la fotografía era fiel a la realidad porque es, hasta el momento, lo que mejor capta visualmente lo que ven nuestros ojos, pero ello no implica que el resultado sea real, se trata exclusivamente de una interpretación de lo que nos rodea. No me atrevería a decir que es un universo de ficción o al menos no tal y como se entiende una obra ficcional en literatura. Toda narrativa contiene ficción, por lo que si queremos narrar una historia o una imagen nos sugiere una historia, estamos haciendo uso del lenguaje a la hora de interpretarla, por lo tanto, la fotografía no contiene en sí misma una historia, la historia es un suplemento verbal añadido a posteriori. La ficción, por lo tanto, no es antónimo de la realidad.

¿Existe, por lo tanto, la realidad? ¿Somos capaces de captarla? Muchos dicen que no existe o no se puede tener un total conocimiento de ella desde el primer momento en el que al interpretarla la contaminamos a través de factores como pueden ser la experiencia, ideología o educación. Lo incognoscible es todo aquello que la humanidad, dentro de este universo, nunca podrá entender por su capacidad cognitiva como especie. De esta manera, muchos han llegado a la conclusión de que al ser sólo capaces de aportar una interpretación de la realidad y al tratarse nuestra realidad de una percepción, lo único que existe pues, es la ficción, porque sólo en ella sabemos vivir… o porque sólo a través de la ficción conseguimos comprender el mundo.

De esta manera, ¿se puede hablar de ficción en fotografía? Se puede hablar de la presentación de un mundo imaginario al receptor. La fotografía son universos inventados y, tal y como dijo la niña del pelo blanco, la recién fallecida Ana María Matute: “Créanse esta historia, porque me la he inventado”. Hay que creer en las fotos, porque no es que valgan mil palabras, es que pueden generar más de mil palabras. Muchas fotografías son el subterfugio para contar una historia y es ahí cuando una imagen se nos presenta como motor para generar una ficción. No obstante, sería interesante indagar en qué nos puede transmitir la sucesión de una serie fotográfica por sí misma.

¿Existen otros procedimientos fotográficos que vayan más allá de la creatividad que nos suscita la mirada? En la actualidad, a pesar de que muchos fotógrafos comparten procesos clásicos, defienden otra manera de producir una fotografía: la imagen se genera en la mente del fotógrafo y éste hará lo posible por llevarla a cabo para convertirla en una realidad visual. Se tiene constancia de este procedimiento desde hace más de un siglo, pero sólo ahora está empezando a arrancar entre la gente joven en una corriente sólida, definida y aceptada. El fotógrafo adquiere más que nunca la conciencia del “yo” para proyectarlo a través de una imagen y se convierte en el director de su universo personal, en uno de las corrientes fotográficas más introspectivas que existen. La fotografía se convierte en una herramienta mediante la cual canaliza su interior para explicarlo y hablar de sí mismo. De esa realidad interna, además de la externa, sabrá seleccionar lo que le pertenece y transformarlo en algo parecido a una metarealidad, es decir, la fotografía tiene una carga de verdad absoluta dentro de nuestro universo interior y exterior de la que forma parte todo aquello que podemos percibir y comprender, como aquello que no podemos percibir ni comprender. Muchos se han atrevido a calificar de manera muy acertada y concisa este tipo de fotografía como “Fotografía constructiva”, ya que interviene y manipula la realidad, generando una imagen de la nada. Sin la existencia del fotógrafo, esa composición jamás se habría dado en el plano visual de ninguna otra persona. Este tipo de fotografía tiene como base la imaginación. Estimular el proceso imaginativo nos permite manipular información generada en nuestro interior, con el fin de crear una representación percibida por los sentidos de la mente. Es un proceso potencialmente creativo, porque en ausencia de estímulos del ambiente, somos capaces de inventar. La imaginación nos permite pensar en algo que se había percibido previamente pero que ya no se encuentra presente. El procedimiento se nutre de la memoria para manipular la información y relacionarla con experiencias que no dependen del estado actual del organismo, por lo que se entiende que toma elementos antes percibidos y experimentados, y los transforma en nuevos estímulos y realidades.

La carga semántica de este tipo de fotografía es enorme, ya que se carga de símbolos desde el plano más conceptual hasta el compositivo, incluso se podría hablar en su desarrollo y realización de un proceso performativo. Toda persona es rabiosamente única y esta corriente fotográfica explota esa unicidad que vuelca en una imagen bajo un proceso intelectual y emocional muy elaborado. Todo esto no tiene nada de novedoso, pero sí estamos asistiendo a una nueva forma de entender la fotografía de manera colectiva. Ya no son (loables) casos aislados, sino que se está convirtiendo en un movimiento que entiende el proceso fotográfico de manera íntima e introspectiva, siendo ellos mismos el motor y mecanismo para fabricar, mediante un artificio mental, una imagen visual que poco tiene de fortuita. Ese cúmulo de experiencias, sentimientos y emociones se transforman en un universo paralelo en el que vivir y soñar para canalizar y transformar nuestra realidad y la ajena.

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