El regalo

El regalo (pequeña)

El yugo

También sucede cuando viajo sola.
Me alivia ser una extranjera que camina sola.
Me alivia ser extranjera.
Por ejemplo, extranjera y sola en Shanghai.
En Shanghai siento el alivio de ser extranjera ininterrumpidamente.
Ser extranjera me ayuda a soportar el sentimiento de no pertenencia a la vida.
En general, el sentimiento de no pertenencia.
Shanghai podría seguir siendo ese lugar al que acuden los expatriados.
No importa de dónde o de qué huyen.
De sí mismos, tal vez.
Entonces puedo estar todo el día en la calle, en Shanghai.
Sintiéndome extranjera.
Cruzándome con los seres humanos más bellos jamás vistos.
Siguiéndoles hasta la puerta de sus casas.
Lo mejor es ser basura blanca en Shanghai.

Angélica Liddell.

Ya sabéis que a veces subo una foto principal… y otra semiprincipal. En la segunda me sentía algo mal y desanimada, por eso creo que no conseguí una imagen redonda. Me encanta, pero no lo suficiente como para convertirla en un mundo completo.

Creo que viajar una vez en la vida a un país cuya cultura sea radicalmente diferente a la nuestra es necesario. Me veo estúpida diciéndolo o más bien, desmintiendo certezas occidentales tales como que los chinos tienen todos la misma cara, o que la comida de los restaurantes chinos en occidente no es la que realmente comen allí. Os quiero recordar que los chinos tienen millones de oportunidades más que nosotros para sentirse diferentes. Y por lo que me ha contado Rosi, la comida que nos adaptan en los restaurantes es la cantonesa, la más suavecita.

Cocinera

A los chinos terminé viéndolos muy cercanos como personas y muy alejados de mí como cultura y sociedad. Uno de los aspectos más importantes para poder empaparse de una cultura es aprendiendo su lengua que, al fin y al cabo, es el aprendizaje de una manera de pensar. Allí lo pasamos putas para comunicarnos, y eso en la vida me había pasado: una estupenda bofetada de realidad más allá de mi burbuja occidental.

Abandono

Reconozco que hablando mejor o peor 6 idiomas, allí me agobié un poco al ser incapaz de pedir una simple cuenta o servilleta. Además, al darse cuenta de que no teníamos ni pajolera idea de chino, aprovechaban para timarnos en las cuentas de los restaurantes o comercios y darte cuenta de ello sin poder demostrar absolutamente nada con palabras es muy frustrante. Claro, que sólo subían la cuenta unos dos o tres euros y por dos o tres euros no nos íbamos a dar de hostias, así que pagábamos y nos íbamos. Es esa especie de isla en la que te convierte ser extranjero, lo que muchos de los extranjeros en China buscan. No que les estafen, claro. Yo he visto pelear admirablemente a Rosalía los yuanes de un paraguas.

El rincón

Es que es inevitable ser “el otro” en una cultura tan diferente. Quizá, para conocer el mundo, en las escuelas deberían ofrecernos estudiar no el idioma del país vecino, sino árabe, ruso, chino, inglés y una lengua románica. Podría poner más lenguas, pero creo que con esto podemos llegar comunicativamente hablando lejísimos. El chino es una de las lenguas más habladas del mundo y, aunque somos pocos los que defendemos la belleza de las lenguas en sí mismas, sin necesidad de recurrir al número de personas que la hablan, hay que reconocer que el factor comunicativo es importante. Los chinos no tienen ni idea de inglés, lo llevan tan mal como nosotros el chino. Llegamos a la conclusión de que la lengua internacional de Asia es el mandarín, como en occidente lo es el inglés. Muchos no saben lo que se desarrolla el cerebro cuando se aprende más de un idioma, pero yo voy a más: casi nadie sabe lo que cambiaría nuestro concepto del mundo y de nuestra realidad si en el cole diera tiempo a aprender unas cuantas construcciones básicas de una lengua que no tenga nada que ver con la nuestra: desde alfabetos diferentes hasta lenguas con ideogramas. Tal vez dejaríamos de mirarnos tanto el ombligo o, mejor dicho, de sentirnos el ombligo.

Paisaje

Paisaje III

Paisaje II

Viajad, malditos. Viajad dentro de vuestro viaje. No puedo parar de comentar que es de las actividades que más me gustaron de mi viaje a Shanghai. Si no, ¿cómo os podría contar que me he ido prácticamente a la otra punta del mundo para caerme a un canal de agua? Pues sí, señores. Fui a Xitang y, encuadrando una foto, me caí al agua, tal y como suena. Se lo conté a la vuelta a Rosalía y puede que se estuviera partiendo el culo al otro lado del teléfono durante un minuto. Y yo ahí, escuchándola, sin sujetador, sin bragas y con los zapatos todavía mojados. Te parecerá bonito. Fue justo en este lugar tan poético:

Paisaje IV

Yo estaba encuadrando con mi cámara analógica, la Olympus om10, concentradísima. Un pasito a la izquierda, otro a la derecha, vuelvo a abrir el ángulo a la izquierda… y de pronto escucho -demasiado tarde-:

– LEILA, ¡¡CUIDADO CON EL AGU…!!

Creo que cuanto escuché la última A ya estaba probando las tibias aguas de los canales de Xitang. De repente el tiempo se paralizó. Estaba completamente metida en el agua y lo primero que pensé fue: “No puede ser, no puede ser, ¿de verdad me acabo de caer al agua?” Seguidamente, “Mierda, mierda, mierda, estoy perdiendo la tapa de la cámara” y agitaba la mano, desesperada, en un intento de recuperarla… lo suficiente para que me saltaran todas las alarmas y… “¡MIERDA, LA CÁMARA!”. Fue en ese momento cuando conseguí bracear para salir a la superficie y, rápidamente, sentí como los brazos de Guille me asían con fuerza para sacarme del agua. Fue efectivo, pero terminé con todas las piernas y rodillas raspadas.

Pupas

Me caí al agua y me cayó una bronca monumental de Guille: “¡¡¡¡Pensé que tu concepción del espacio estaba más evolucionada!!” Y mientras él se lamentaba de lo muy torpe que soy y de lo muy evitable que podía haber sido mi chapuzón, yo iba sacando objetos de mi mochila:

– El móvil: fucked. Bueno, en el hotel le daría con el secador. Nota informativa: en la actualidad funciona.

– 16 cartas que había escrito: estaban tan bien envueltas en una bolsa de plástico que sólo se mojó un piquito del papel artesanal que compramos en Wuzhen.

– Mi libretita con forma de cámara: un poco húmeda, pero salvable.

– Mi cartera: desteñida, pero es la misma que sigo usando a día de hoy.

– Lo que no saqué: mi cámara reflex nueva, que llegó a España con tres semanas de retraso. Divina Providencia…

La cámara que estaba usando era analógica y está salvada, Guille le quitó rápidamente las pilas para que no hubiera cortocircuito, ¿daños colaterales? Perdí 10 fotos del carrete. Ña.

Asomada

Chorreando yo toda enterita, nos dirigimos a una tienda de ropa china artesanal y me compré esta falta tan bonita que veis en la foto principal. Roja, grande y tupida. Iba encantada. Guille me prestó su jersey -todavía clamando al cielo por lo muy torpe que soy y haciendo estadísticas sobre las probabilidades que existían de que me hubiera caído en otra ciudad o en otra parte del mundo-, me quité las braguitas y el sujetador y salí a la calle decidida a pasar un día de turismo con los pies empapados. Creo que eso fue lo que más me jodió de la caída, pasar el día entero con los pies mojados en unos zapatatitos marrones de polipiel. A las tres horas Guille seguía insistiendo en que no habría hecho falta que me tirara al canal para conseguir esa falda roja, que con una sencilla y sexy caidita de ojos hubiera sido suficiente. Sólo al final del día, en el hotel, me perdonó la vida por haberme caído al agua, “Es que me enfado como me hubiera enfadado conmigo mismo si me hubiera caído yo”. Desde aquí insisto a mi Guille que no sea tan duro consigo mismo, que personalmente, si le hubiera pasado a él, habría hecho lo que hice conmigo misma: reírme sin parar.

El espejo

La vuelta la realizamos sin ningún incidente, incluso llevé un poco mejor el viaje en avión. No es que me den miedo, para nada, es que me agobio en un lugar tan cerrado, tan apretado y con tantísima gente. Le compré en el aeropuerto a mi familia variadas bebidas de té. Pagué unos yuanes de más en el aeropuerto, pensando que pasada la aduana ya no me arrebatarían los líquidos… pero luego en el aeropuerto de París nos hicieron pasar por otro control y sí, reconozco que soy de las campeonas que se niegan a tirar las botellas al contenedor. Era té, pero llega a ser vino y me hubiera montando con un pedo de la hostia al avión. Pero sólo era té. Y me lo bebí entero como cuenta la leyenda de Tor cuando bebió del cuerno, para enterarse posteriormente que su largo trago había generado las mareas.

Peces

Y hasta aquí el palabrerío de mi viaje a China. Estoy untada de recuerdos y de inmensidad, derramada de nostalgia, herida de lo monumental que es el mundo, con los brazos doloridos por la extensión y el esfuerzo de abrazarlo todo tan fuertemente. Hasta la memoria.

Foto making

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2 thoughts on “El regalo

    • Bueno, la que estas sobre la batea me encanta también, allí escondidita 🙂
      Y la caída fue genial releerla después de aquel privado que me enviaste… La verdad es que el sitio donde te has dado el chapuzón era precioso, valía la pena mojarse allí 😉

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