Me duele aquí

El árbol de la libertad debe ser regado con la sangre de los patriotas y los tiranos. Thomas Jefferson

Me duele la ponzoña (pequeña)

Hace unas semanas, en un diminuto y oscuro piso de la calle San Dimas, Batania me comentaba que posiblemente él fuera de los pocos poetas políticos de España. Él es todo talento, pero un poco exagerao, así que si os dedicáis a la poesía política me (le) escribís, que como a todo poeta, estaré encantada de leeros.

La política no es uno de mis grandes intereses, siendo plenamente consciente de que es una ciencia que me afecta muy directamente. No obstante, Ana Pastor, en una sencilla reflexión que escribió no hace mucho en una revista, señalaba como dato curioso el que los niños nunca quisieran ser políticos de mayores. Ser político, al menos hoy en día, no es una profesión con la que se pueda soñar. Y no porque sea una meta difícil de alcanzar, sino porque es un mundo tan sumamente degradado, que el propio hecho de gobernar a un pueblo, un acto que puede ser realmente bello y gratificante si se hace bien, no es el anhelo ni en las mentes más imaginativas y libres que existen, a saber, las de nuestros pequeños.

Tras aquella breve pero intensa tarde con Batania, me pregunté si existían en fotografía fotógrafos políticos. Pero fotógrafos políticos creativos, fuera de la evidencia que nuestros propios ojos puedan ver y que de manera tan bonita muchos de los de documental, urbana, reportaje o periodismo saben registrar. Me refiero a que no conozco fotógrafos en España que compongan una imagen para realizar una crítica política. Sería intenresante seguir el trabajo de alguien que se dedique a crear con imaginación fotografías políticas de manera rutinaria.

Mi foto inicialmente iba a ser esta, pero debido a que el cabello me tapó parte del rostro, escogí la otra, que en un principio era de making. Me encantaba el rollo animalesco de esta, es casi un gollum.

Ponzoña animalesca pequeña

Con esta sesión no pienso abrir una puerta a la fotografía política dentro del terreno creativo. No porque soy una persona muy sensible y hay ciertos asuntos que me superan demasiado como para mantener constantemente la cabeza metida en ellos. Y uno de esos asuntos es la política. Sólo he querido expresarme con respecto a una situación que me afecta de manera directa o indirecta, una situación con la que las más de las veces no estoy de acuerdo y que me parece incomprensible e injusta.

No os voy a tomar por idiotas: todos sabéis a lo que me refiero y creo ya haberlo comentado en algún que otro post. Mi país se está hundiendo en la más absoluta miseria política e ideológica, tiranos everywhere que un día normal y corriente disparan balas de goma a cuatro desesperados que cruzan a nado el estrecho, para luego, a pesar de haber pisado territorio español, devolverlos (a los que quedaban vivos, claro) a la frontera. Hijos de puta que en las manifas bromean con los de Samur, pidiéndoles que les unten las porras de Betadine “para ahorrarles el trabajo”, degenerados con mansiones y ganancias de más de 150.000 euros al año que alegan que en España se vive mejor con poco dinero. No voy a extenderme mucho más, no voy a escribir más párrafos sobre esto: todos sabéis a lo que me refiero.

Making I

Me animé a hacer esta foto para aportar mi granito de arena crítico con la situación que vive mi país, pero quisiera dejar clara una cosa: no odio a España. Amo mi país de la manera más tierna posible, como todo el conjunto de personas, costumbres y culturas que han rodeado mi vida desde que nací. Empecé a valorarlo el día que llegué de París, tras medio año viviendo sola allí. Me senté en el porche de mi casa de Sevilla, con un cuenco de aceitunas a la izquierda y una cervecita a la derecha. El sol me calentaba el rostro, mi abuela me recomendaba por quincuagésima vez en el día recogerme el pelo, “para que yo te vea la carita” y mi madre cocinaba algo en la cocina que desprendía un olor exquisito. Por primera vez en medio año mi piel se estremecía con un agradable calor mediterráneo y podía entender lo que se decía a mi alrededor. Puede parecer una tontería, pero cuando todavía no dominaba el francés, el andalú sonaba en mis oídos como los ángeles. Oh, Dios, qué pereza tener que volver allí, qué bien estaba yo en España.

Mi Guille es madrileño, Madrid me ha acogido cálidamente y me declaro fan nº1 del tomate frito y la tortilla de patatas. Los paisajes de la mayoría de mis fotos son españoles y mis lugares de descanso, retiro e inspiración son españoles. Dioses, no. Yo no odio España. Sí odio lo que cuatro desgraciados están haciendo con los que queremos vivir en paz y alegría en ella.

Making IV

Guille sufre terríblemente cuando, tras el concepto de una de mis fotos, hay un elemento degradante. Entre otras cosas porque durante la realización tiendo a humillarme a mí también. Necesito posar yo en mis propias fotos, porque sólo así soy capaz de sentir la fotografía de manera plena. Y durante esta foto pasé mucho frío, de hecho, al día siguiente nevaba. Posar desnuda en invierno es durísimo, pero como se me cruce por la cabeza una foto, estoy pedida, me obsesiono y tengo que hacerla. Últimamente mis desnudos, alejados del erotismo que siempre sugiere y se busca con el cuerpo femenino, únicamente simbolizan desprotección y desamparo. Me embadurné de barro como si fuera crema para el sol y me puse la bandera mojada y destrozada encima.

Making V

Making VII

Making VI

La bandera. Los españoles tenemos un poso funesto con la bandera: nos recuerda al franquismo y, por ende, al fascismo y todas las atrocidades que éste conllevó (y conlleva). Es un símbolo que no terminamos de encajar muy bien. Y lo confieso: cuando entré a la tienda a comprar “la bandera más grande que tengáis”, sentí vergüenza. Cuando la tuve en mis manos la deslicé en mi bolso casi con la misma culpabilidad que si estuviera escondiendo una revista porno. No fui consciente de todo esto hasta que llegué a casa: he comprado la bandera de mi país y, sintiendo vergüenza, la escondido para que nadie viera lo que he hecho. Toda bandera tiene una historia y nuestra bandera esconde detrás la historia de una herida.

Cuando le dije a mi familia que había quemado, embarrado y hecho jirones la bandera para una foto, se lío. Al final todos estuvieron de acuerdo en que, en el hipotético caso de que acabara en la cárcel, se turnarían para llevarme bocadillos, además de a la Milka y la Menta. Porque sí, señores. Parece que no, que pertenece a otros años más desdichados, pero todavía está vigente en el Código Penal, en el artículo 543,  que las ofensas o ultrajes de palabra, por escrito o de hecho a España, a sus Comunidades Autónomas o a sus símbolos o emblemas, efectuados con publicidad, se castigarán con la pena de multa de siete a doce meses. Dos requisitos han de concurrir: La publicidad y el inequívoco desprecio al símbolo en cuestión.

Making III

Como he defendido antes, yo no desprecio ni ultrajo en modo alguno el símbolo, pero si me hubiera dado la gana el hacerlo, debería tener la libertad de poder hacerlo, pese a quien le pese. “La libertad se aprende ejerciéndola”, como bien dijo Clara Campoamor. Pero he tenido que justificarme. Públicamente y ante mi familia, aunque esto suponga una clara confrontación con los límites de derecho de libertad y expresión. Este precepto va en contra de la Constitución como garante ya no sólo de la libertad de expresión, sino también de la libertad ideológica, pues para algunos, trabajar con el trapo rojigualda puede constituir una forma de expresión ideológica o política.

Making II

No defiendo, como las filosofías comunistas/marxistas, el arte como una herramienta de transformación o denuncia social o el arte al servicio de la política. Si sirve para ello, estupendo, pero el artista sólo está obligado a hacer lo que le dé la real gana. El arte puede estar genial como respuesta política, pero el arte en sí no es necesariamente político, entre otras cosas porque el espacio y la producción del arte no debe de verse interferido por cuestiones ideológicas. El arte puede ser ajeno a la política, por mucho que a demasiados les pique esta cuestión. Que se rasquen. El arte tiene que servirle al artista, a nadie más.

Cuando la subí a Facebook o Flickr la mayoría disteis unas interpretaciones muy buenas. He logrado transmitir con una sola foto lo que quería, sin palabras. Con esta foto he querido ejercer la libertad de expresión que me corresponde como persona, sin hacer daño ni involucrar a nadie. Es una especie de activismo doméstico, una manifestación a gritos hecha imagen.

Making IX

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