Clavándome los ojos en la vida

“La irregularidad, es decir, lo inesperado, la sorpresa o el estupor son elementos esenciales y característicos de la belleza” C. Baudelaire,

Mónica retrato I

Sonaba “Carmensita” de Devendra Banhart. Y al rato Mónica exclamaba, “Pero Leila, ¿qué estoy escuchando?”. Ver la cara de Mónica escuchando esa canción era una gracieta que me quería permitir, reminiscencias de una época en la que la hermana mayor pinchaba a la pequeña para hacerla saltar. Devendra es quizá demasiado raruno para ella, quizá igual de raro que me resulta a mí adentrarme en el campo del retrato. Es una rama de la fotografía que me atrae mucho y que poco a poco voy desarrollando. Sed condescendientes conmigo, he retratado de esta manera poco. No obstante, a pesar de mi inexperiencia, lo disfruto muchísimo. Y me muero de ganas de dedicarme a este interesantísimo campo de la fotografía.

Se portó de manera muy paciente durante la hora y media que Guille se tomó para escribirle, con letra minúscula, un poema del Canto General de Neruda:

Antes anduve por la vida, en medio
de un amor doloroso: antes retuve
una pequeña página de cuarzo
clavándome los ojos en la vida.
>Compré bondad, estuve en el mercado
de la codicia, respiré las aguas
más sordas de la envidia, la inhumana
hostilidad de máscaras y seres.
Viví un mundo de ciénaga marina
en que la flor de pronto, la azucena
me devoraba en su temblor de espuma,
y donde puse el pie resbaló mi alma
hacia las dentaduras del abismo.
Así nació mi poesía, apenas
rescatada de ortigas, empuñada
sobre la soledad como un castigo,
o apartó en el jardín de la impudicia
su más secreta flor hasta enterrarla.
Aislado así como el agua sombría
que vive en sus profundos corredores,
corrí de mano en mano, al aislamiento
de cada ser, al odio cotidiano.
Supe que así vivían, escondiendo
la mitad de los seres, como peces
del más extraño mar, y en las fangosas
inmensidades encontré la muerte.
La muerte abriendo puertas y caminos.
La muerte deslizándose en los muros.

Making II

Making I

Mónica

Un día mi padre dijo: “Niñas, mirad qué luna tan bonita la de esta noche”. Yo miré, maravillada. Estaba increíble. Sin embargo Mónica dijo algo que se nos quedará marcado para siempre: “¡Pero papá! ¡Si yo nunca he visto la luna!”. El hecho de que mi hermana nunca hubiera visto la luna más que en fotos me hizo adorar en más profundidad la fotografía.

Desde que comencé este proyecto sobre belleza anómala pensé en mi hermana, en Mónica, en aquella niña que resulta ser mi hermana y que no solía tener las cosas fáciles. Recuerdo que se sentía desprotegida ante el mundo por aquel defecto visual. En realidad, no es que se sintiera, es que lo estaba. Puedo dar cuatro ejemplos, pero no serán ni la punta del iceberg. Hace nada, en un paso de cebra, un coche le dio un golpe -leve-. Esto le puede suceder a cualquiera, pero ella se lamentaba de no haberlo visto venir. Y no porque estuviera despistada, es que realmente no podía verlo venir. Por cierto, el buen conductor o conductora se dio a la fuga. Pero podemos remontarnos al pasado. Todavía recuerdo cómo la monitora del autobús de la ruta que nos llevaba al cole le sentaba casi todos los días al lado de un tal Rafa. Ese buen muchacho se dedicaba a decirle durante el resto del viaje, de manera bastante sistemática: “Bizca, bizca, bizca, bizca, bizca, bizca, BIZCA”.

Todavía no me explico cómo aquella monitora, a la que adorábamos, le hacía aquello. Son cosas de las que te das cuenta más adelante, cuando eres mayor. Por qué nos sentaba con los chicos de la última parada, aquellos que te amargaban la mañana durante los 20 minutos que quedaban para llegar al cole, aquellos que cuando se bajaban, dabas un suspiro de alivio. Después había que esperar hasta la parada de El Corte Inglés hasta que se bajaran “los gemelos” y todo habría pasado… hasta al día siguiente. El hoy conocido como bulling ha estado muy presente en la vida de mi hermana. Yo lo he recibido paralelamente, pero nada extremo hasta 2º de Bachillerato, donde supe qué era que todo un colectivo de chavales te humillen y laceren psicológicamente todos y cada uno de los días. Y todo por una pequeña rareza, por algo que te haga diferente a los demás. En el caso de mi hermana era la vista y aquel ojo visiblemente más pequeño que el otro. Con eso bastaba, con eso es suficiente para desarrollar una personalidad que oscilaba entre la vigilia y la autodefensa, entre el complejo y el miedo a ir al cole. Hace tiempo que me ronda por la cabeza escribir sobre la crueldad que pueden destilar los niños. Siempre se les ha bañado con un aire de inocencia, esa especie de mito que oscila entre el ensueño y la cursilería, entre una etapa dorada de nuestra vida que lamentablemente se pierde y de la que deberíamos tomar ejemplo ya una vez adultos. Y puede que tengan razón. No todo es blanco ni todo es negro, pero los niños pueden albergar maldad, tienen la capacidad para hacerse daño entre sí y conozco muchas personas que no volverían a revivir su infancia. Y todo por culpa de estos angelitos, que no sabemos si han salido así porque sus estimados padres les han dado la misma educación que a una piedra, porque han nacido con los niveles de humanidad y empatía más bajos que una cloaca o las dos cosas a la vez.

Más adelante, he tenido alguna noticia que otra de estos chavales y algunos hasta son tímidos y tienen problemas para comunicarse. Es digno de estudio ver cómo, a cualquier edad, el ataque a las debilidades de otros sólo es un reflejo de nuestra propia mierda.

Mónica de frente II

Mónica primer plano

Dije compañeros de colegio. Pero no se me olvidan los profesores, frases como “lo que le pasa a tu hermana es que es una histérica, le vendrían bien dos bofetadas bien dás”. Tampoco se me olvida Mónica peleándose con los pequeños botones de la fotocopiadora para imprimir en A3 porque las fotocopias que reparten en clase en clase en A4 no las ve ¿Qué le dijo aquella profesora? “¿Que no las ves bien? Pues háztelas tú, que yo no tengo tiempo”.

Pero no voy a extenderme más en esto, entre otras cosas porque la vida de Mónica también ha estado marcada por muchas personas buenas que le han dado muy buen trato, un derecho que, en un inicio, nos merecemos todos. Mónica hoy en día es una mujer de 24 años que se toma con bastante humor lo de su vista. Con humor y valentía, porque no ha dudado en ningún momento en participar para esta sesión. Quizá porque ya está harta de esconder una evidencia, una evidencia por la que se la ha humillado, por la que no ha tenido las cosas nada fáciles. Nunca fue una estudiante brillante, pero durante su carrera, Fisioterapia, lo fue. La estudió en la Autónoma con la ONCE y con más chicos con todo tipo de discapacidades. Allí conoció a Alberto, su chico desde hace 6 años. No sólo ha estudiado la carrera, sino que todavía sigue formándose en numerosos cursos y conferencias. Con esto quiero destacar no sólo la importancia de ayudar a las personas a estudiar lo que de verdad les gusta, sea cual sea la nota de corte, sino lo imprescindible que es el crear un ambiente de trabajo agradable, porque claramente afecta al rendimiento.

Milka y Mone

Una Mónica alegre y pizpireta se presentó en mi provisional buhardilla de Carretas a fotografiarse. Lo preparé todo lo mejor que pude, con mi foco y mi super fondo, que no deja de ser una tela con un poquito de textura. La estuvimos maquillando durante dos horas.

Making III

Y el resto vino solo, un poco entre indicaciones del buen Alberto, un poco de la Milka y otro tanto de las mías. Por cierto, la Milka está ahora en Sevilla, estaré 18 días sin ella, nunca había estado tan lejos de la Reina del Mal y el Crimen en 3 años. La añoro.

Mónica ladeada

Con esta sesión -y otras más que vendrán- he querido romper con el canon de belleza que nos venden constantemente, con esa forma tan trivial que la sociedad tiene de esculpir y señalar lo que es bello… o lo que debería resultarnos bello. Quiero clamar al cielo por no haber sido educados en la diversidad de físicos que existen, todos diferentes y todos llenos de belleza. Pero es que, lejos de lo que intentan hacernos creer, lo hermoso ni siquiera es un elemento ajeno a la enfermedad, a lo desequilibrado, al defecto o a lo bizarro. Sólo pido que se amplíe el concepto de belleza, entre otras cosas porque nos perdemos muchas emociones y sentimientos hermosos. Herman Hesse decía que la belleza no hace feliz al que la posee, sino a quien puede amarla y adorarla. Básicamente, el privilegio apreciativo es nuestro y últimamente no se nos ocurre nada mejor que tirarlo a la basura.

Me alegra que a día de hoy Mónica haya conseguido ver su problema visual como una seña de identidad, como un elemento que la ha forjado a lo largo de su vida y que la hace ser tal y como es ahora, tal y como la queremos ahora nosotros. De hecho, es lo que deberíamos hacer con cualquier tipo de defecto que no tenga solución. Yo siempre en mis talleres pido que se explote creativamente aquello que nos hace diferentes frente a los demás, porque esa diferencia nos da unicidad. Todos tenemos muchas rarezas y anomalías que, lejos de avergonzarnos, deberíamos convertirlas en nuestra bandera o escudo, en una noble seña de identidad, porque los primeros que tenemos que respetarnos y querernos tal y como somos, somos nosotros mismos.

Mónica retrato II

Mónica con Milka

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3 thoughts on “Clavándome los ojos en la vida

  1. ¡Que verdad mas grande!, que poco pensamos en aquellos que nos son el “prototipo” de persona que nos venden. ¡ Como nos supera el físico frente a la persona en si!, que es lo que realmente importa y que poco pensamos en como se pueden sentir esas personas, en lo inteligentes, agradables, cariñosas,…… que pueden ser frente a sus pequeñas particularidades. Espero que tu fotografía nos sirva para ver más allá, ver esa belleza que no está reñida con el aspecto físico.
    Una valiente es Monica y las muchas Monicas que hay en la vida, que cobarde me hacen sentirme con mi normalidad. Un beso

  2. Quiero aclarar que mis manos también tienen ese defecto que las publicidades o mierdas parecidas hacen que mis manos sean raras, siempre sufrí de bulling y se lo que siente tu hermana, y la verdad me avergüenza mostrarlas por que siempre de chico me vendieron que los dedos tienen que ser como los dedos del resto, perfectos, yo los tengo imperfectos, pero aprendí que los dedos de mi mano derecha no son errores, solo características de mi propio yo! Muy buen post, me identifique mucho con tu hermana, y por cierto, hermosa es, con sus únicas características que nadie las tendrá 🙂

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