Muerte en la aristocracia

“Morir es lo más hermoso que podías hacer, lo más fuerte, lo más”

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Esta mujer era bella. Tenía dinero, fama, amantes, pero decidió acabar con su vida, ¿un suicidio por una depresión endógena? ¿Tal vez exógena? ¿Quizá saboreó una enorme desdicha? Este personaje no consiguió ver más allá y se lanzó a un canal. El suicidio ofrece la ventaja obvia de huir de las agotadoras responsabilidades cotidianas. Quizá ella no encontraba ningún sentido a su relación con los seres humanos, quizá juró que no olería jamás a vieja. También podría haber sido una Peter Pan en femenino, una Peter Pan ya algo madura, ¿Planificó su muerte o fue un arrebato?

Esta aristócrata suicida es para mí un misterio, de hecho, el drama del suicidio siempre lo ha sido. Tengo que reconocer que mi historial con respecto a esto deja un lugar a la duda o a la sospecha, pero prometo por lo más sagrado que esta vez no tiene nada que ver. Aunque sea yo la que posa, me siento muy distanciada de mi personaje. Mis estados de ánimo se pueden calibrar muchas veces através de mis fotos, pero esta vez no es el caso. Para esta sesión quise centrarme en un personaje femenino que aparentemente lo tiene todo, pero no es capaz de encontrar ni en bienes materiales o inmateriales la felicidad. Tampoco en sus virtudes.

Hace nada el escritor Antonio Muñoz Molina escribía lo siguiente sobre el suicidio: “Me gusta pensar en el suicidio no como un acto real en el que pudiera incurrir algún día, (a pesar de todo, por encima de todo, amo la vida) sino como un acto humano de elección trascendental; sublime. Es como tener una puerta disponible para salir de una fiesta inaguantable. Ya lo dijo una vez Albert Camus: que el problema filosófico más importante era si la vida merece la pena o no vivirla, y escribió el Mito de Sísifo para explicarse”.

Yo no sólo he pensando en suicidarme, lo he intentando varias veces. En la actualidad he salido de mi larga depresión y creo que vivo uno de los momentos más felices y satisfactorios de mi vida. No obstante, por haber vivido este tema tan turbio tan de cerca, los suicidas me interesan. También un hecho muy sencillo: creo que casi todos hemos pensando alguna vez en dejar de existir, en acostarnos una noche y desear no abrir los ojos al día siguiente. Nadie quiere suicidarse, sin ayuda es algo doloroso y angustioso. Las personas no quieren suicidarse, las personas quieren dejar de existir. Pero si nuestra existencia dependiera de un botón, tan pequeño y sutil como la tecla de un ordenador o de un móvil, muchos se lo pensarían muy seriamente. Y aquí es donde quiero llegar, ¿no es verdaderamente interesante que nosotros, programados para vivir, con miedo natural al dolor y a la muerte, de vez en cuando le marquemos un pequeño pulso a la vida? Aunque sólo sea pensándolo. Creo que a veces el suicidio es un acto de transcender a la vida, de no conformarnos con las leyes de la existencia. Y el ser humano, en cuanto a transgredir leyes naturales, es el Rey… tanto para construir y destruir, tanto para crear o eliminar.

Por mi experiencia personal, no juzgo a los suicidas. Los hay quizá quienes hayan acertado: posiblemente su vida hubiera sido un tormento hasta el final, mejor estar muertos. Y posiblemente los hay quienes se hayan matado no pudiendo vivir una vida maravillosa que le esperaba en un futuro.

La fotografía me ayuda a darle vueltas a este tema tan escabroso, tan tabú. La fotografía me ayuda a reflexionar y a comprender la primera causa de muerte no natural en el mundo, la fotografía me ayuda a explicarme por qué en algunas culturas es una salida honorable y en otras punible. Y a preguntarme por qué en algunas etapas de la historia ha sido un privilegio o algo bien visto, incluso un acto prohibido a los plebeyos o un derecho exclusivo de las capas más altas de la sociedad.

Fuera de todas estas reflexiones, a las cuales ninguna o pocas respuestas tengo, empezaré por presentaron tres fotos, que seguro que algunos ya conocéis, que creo que están hermanadas con mi aristócrata. Las primera foto es de Robert Wiles y las otras dos, de Lee Miller.

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Evelyn McHale, de 23 años, pensó que jamás sería una buena esposa para su marido. Y se lanzó desde lo alto de un edificio. Es considerada una de las suicidas más bellas de la historia de la fotografía. Poco se sabe sobre el soldado de las SS flotando en el agua, pero sí sobre su compañera de ideología, la hija del tesoreso nazi, que se quitó la vida en Leipzig junto a su familia cuando el régimen nazi hizo aguas.

Edgar Allan Poe, ¡nuestro loquísimo Poe! Alegaba que “no hay tema más apto para la poesía que la muerte de una mujer joven”. Suscita sentimientos encontrados descubrir que, entre tanta desgracia, también puede hacer acto de presencia la belleza.

Por último, esto me lleva a un cuadro mil veces interpretado, mil veces admirado: Ophelia muerta del pintor prerrafaelita John Everett Millais, ¡que por belleza necrofílica no falte!

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Puestos ya en calentamiento, creo que ya se puede hablar de lo que rondaba por mi cabeza cuando pensaba en esta última foto… que por cierto, estuvo apunto de ser principal esta otra:

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A algunos les gustará más la primera, a otros la segunda: no entro. Tengo la total seguridad de que la primera foto es la que más se ajusta la idea que tenía en la cabeza. Creo que no he hecho una foto que suscite tantos comentarios del tipo:

“Tenía una idea en mente parecida”.

“No estoy de acuerdo con el encuadre”.

“La luz no es la adecuada”.

“La pose del cadáver debería ser más forzada”.

“Veo algo rígido el cuerpo”.

“Yo lo que habría hecho es…”.

Pues hay cadáveres y cadáveres, pero el mío está tieso, lamento presentaros un cadáver de lo más común. Y para los que no lo quieran tieso, les dejo la segunda foto. Aprovecho este pequeño párrafo para advertir una cosa: si por algún momento pensáis que me equivoco con mis fotos, tenéis una opinión muy errónea. Nada en mis imágenes es fortuito, nada es casual, todo está increíblemente pensado, desde los encuadres, las poses, la luz, el paraje, el modelo, la idea, TODO. Señores, el arte no es democrático, ¿que no os gusta? Os invito a rehacer la foto, haré como que no me he dado cuenta de cuál es el motor que os lleva a hacerla. Pero hacedla. No me vengáis con “críticas constructivas”, porque vuelvo a repetir que nada en mi fotografía es ingenuo, no me estoy equivocando. Si después de días o meses pensando en la foto, disparo 100 instantáneas y me quedo con una, es porque en mi proceso selectivo/ creativo estoy muy segura de lo que hago. Ey, y tampoco penséis que no pido opinión, porque a veces se la pido a mis amigos más íntimos, que son increíblemente sinceros y a los que suelo hacer caso en la mayoría de las veces.

Aclarado este punto, empecemos con el making-of 🙂

“Guille, Ruth no va a venir, está mala, ¿qué hacemos? ¿Vamos o no vamos a La Pedriza?”, le pregunto apoyada en el coche, con una bajona de la leche. “Pues vamos, algo se nos ocurrirá”. Esta sesión en un principio iba a ser acuática, sumergida. Llevaba un mes con la foto en la cabeza, con Ruth (la modelo de la sesión nocturna) flotando en el agua con un hilo de sangre entre sus labios. Era el impacto, la caída, el instante en el que la muerte nos da la mano y perdemos 21 gramos. Pero Ruth no podía venir y todos mis planes, tan cuadriculados, tan milimétricos, se fueron al traste.

Para colmo, cuando llegamos a La Pedriza a las diez menos algo de la mañana, había una cola de coches para entrar que daba vértigo. Otra bajona, “Guille, ¿qué hacemos? ¿Vamos andando?”. Así fue como nos aventuramos a andar unos seis kilómetros de ida y seis de vuelta, yo con unas bambas Camper monísimas y él con unas botas de ciudad, cargando con el equipo y sin agua. A medio camino, por delante, esto:

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Y si mirabas hacia atrás, esto otro:

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Iba cansada, pero inspirada. Las perras estaban felices, radiantes, corriendo como cabras, subiendo y bajando dos veces las cuestas que nosotros ascendíamos jadeando… y de vez en cuando, encontraban un tesoro-piña. “Mientras os esperamos, flojos, yo me quedo mordisqueando esto”. O algo así nos querían decir.

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Tras hora y media andando para llegar a Canto Cochino, Guille dijo: “Leila, ¿lo que escucho no es el sonido del agua?”, ¡Y lo era! ¡Hurra! Y nos desviamos alegremente. Ya teníamos escenario de la foto, ya podíamos beber algo, ¡Agüita rica y fresquita!

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Pero vaya, quizá demasiado fresquita. “Guille, dispara desde este puente, el encuadre aquí, yo acá, que la foto respire por allá, que se vea tal…” Y empecé a vestirme con la camisa blanca, la falda de tubo, los pendientes y pulseras de perlas, los collares de brillantes y mis tacones. Los excursionistas lo flipaban… pero claro, no llegaron a fliparlo del todo hasta que no me vieron que me metía, con tacones incluidos, en el arroyo. Poquito a poco me iba metiendo en el agua, tomándome mi tiempo, pensando que necesito encarecidamente mi fotografía, que sólo serán unos minutos, que no tardaríamos nada.

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Pero la primera en alucinarlo por los cuatro costados, fui yo: QUÉ FRÍO. Todo lo que yo os pueda contar sobre la temperatura del agua está demás.

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De vez en cuando, hasta teníamos alguna intrusa en la foto y aprovechaba para sacar todo lo que podía mi cuerpo del agua. Al recostar la cabeza, casi me estallaba. Fue ahí cuando me ratifiqué en una teoría: que para mí muchas veces una foto está por encima de mi salud.  Y así me vino una hora de hipotermia, que no se me iba ni al sol, pegada a las rocas como un lagarto. Y eso que llevábamos toallas y mudas. Por cierto, el puente que hay detrás de mí es desde el que hicimos la sesión.

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Al final acabé en un chiringuito, tiritando y sorbiendo una menta-poleo. Mira que yo he hecho auténticas locuras, pero creo que no he pasado más frío en una sesión que en “Sirena varada”, “Minerales de sangre” y esta. Y peor: jamás me ha costado recuperarme tanto.

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¿Y lo peor de todo? Que todos los perretes que pasaban por ahí, iban tan felices por esas aguas gélidas: Milka, Menta… y esa amiguita lobuna que se llamaba kala y que se camufla en las piedras del arroyo. Estos seres están hechos de otra pasta.

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Pero también hicimos amiguetes, además de perrunos, humanos:

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Volvimos terríblemente cansados, pero muy satisfechos con la sesión. Menos mal que no vino la modelo. Sé que los maltrato un poco, pero cuando una sesión es tan dura prefiero hacerla yo. Ahora espero que se comprenda que la sesión no haya sido acuática. Si nos hubiéramos sumergido nos habría dado algo. No obstante, no he renunciado a la foto acuática, la tengo en mente. Una vez que hago una foto en mi cabeza, no paro hasta conseguirla, aunque tenga que esperar de nuevo un año.

Para finalizar, pido disculpas a mis padres. Les pido perdón porque sufren cada vez que trato este tema, cuando lo hablo o cuando lo trato en fotografía. Sólo quiero que se comprenda que no puedo ponerle límites a mi fotografía, ni a mi imaginación, me muero si reprimo alguna foto, me da mucha ansiedad. Cada vez que hago una fotografía medianamente oscura, siempre pienso en mis padres y me siento algo culpable. Entiendo que se sientan mal, pero no pienso poner fronteras a mis fotos. Junto a mis seres queridos (perras incluidas) es lo único que me importa en este mundo, se me dé peor o mejor.

En mis imágenes a veces interpreto las reglas de la vida. Dentro de nuestra existencia, están implícitos hechos como la pérdida y la renuncia, todos hemos vivido momentos en las que las cosas nos han ido realmente mal y unos lo han sabido superar con más fortaleza que otros. Respiramos sabiendo que personas cercanas y posiblemente muy amadas se van a ir, personas con las que sin su compañía no concebiríamos igual el mundo. A lo largo de nuestra vida pueden producirse desgracias irreparables y aún así, la mayoría firmamos por vivir hasta el final. Sin embargo hay un porcentaje, nada reducido, que coge el toro por los cuernos y comete un acto que marca un punto y final en su vida y un punto y aparte en las nuestras, en las vidas de los que les han querido.

No se trata de juzgar las decisiones ni los actos de nadie, sino de sumergirse en ese remolino de sentimientos que es el ser humano, en ese terremoto que nos sacude y que desafía las leyes de la propia vida, tanto para declinarla, como para trascenderla en vida… o en muerte.

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