Lo que aún no existe

“En tus ojos puedo ver
ciervos azules copulando”.
Neorrabioso

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Guille duerme muy poco, así que cuando empecé a construir el nido, no le desperté. Era por la tarde y aquel montón de ramas de encina me estaba llamado. No está bien descubrir cuáles son nuestras fuentes, pero creo que tenía en el subconsciente el nido para niños que hizo Eugenio Recuenco en el Video clip de Rammstein, Mein Herz Brennt.

La idea de un nido humano va muy enlazada a varios aspectos. Para empezar, ¿a qué solemos asociar el vuelo de los pájaros? Creo que muchos pensamos en la libertad. Siempre con la idea de libertad en la cabeza, que va asociada a cualquier fotografía en cuya inspiración están presentes los pájaros, quise representar la idea de lo que aún no existe, en lo que se está gestando, en lo que espera latente, mientras toma forma, para erigirse futuramente en vida. Cuando no tenía pareja o estaba sufriendo con una (que era la norma), siempre me preguntaba qué estaría haciendo aquella persona de la que me enamoraría años después y que me traería la paz definitiva, el equilibrio emocional perfecto. Esto no debe de ser así, pero siempre tendemos a pensar que, frente a nuestros males, debe de haber un karma que nos hará justicia. Y yo estaba esperando esa justicia amorosa que supuestamente tanto nos merecemos todos. Yo tuve suerte, pero no nos engañemos, la vida sigue su curso, impune, indiferente a lo que nos merezcamos o nos dejemos de merecer.

Con esta foto quiero representar ese limbo, ese estado latente de semiexistencia en la que estamos esperando en una placenta, dentro del vientre de una madre que nos protege, que nos reserva para lanzarnos a la acción en el momento más oportuno… o inoportuno.

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Supongo que el día que decidí salir a la calle a vender mis fotos a Fuencarral empezaron las contracciones y que cuando un chico en bici plegable, rapado, de intensos ojos azules y de constitución atlética, se paró a comprarme dos fotos y me pagó el doble por la gasolina que se ahorraba, el grito del niño estalló en todo su esplendor, los pulmones se llenaron de aire y ambos empezamos a respirar como dos niños perdidos y furiosos… porque no sé si os lo he dicho antes, pero Guille y yo somos siameses de mente, ¿qué si no, me ligaba a esa bestia dormida?

Esta foto representa un sueño del pasado, lo que todavía no existía mientras escribo estas palabras. De hecho, mientras me destrozaba las manos entrelazando ramas, tampoco Guille existía, también Guille estaba soñando.

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Guillermo es un chico con barba, de constitución atlética aunque no la trabaje mucho y prefiera leer un libro, jugar en el ordenador a Eve o pintar miniaturas de plomo, sus ejércitos del Caos o hacer dibujos igual de pequeños que sus figuritas. A veces tengo la impresión de que es un niño. Así pues, a pesar de que la foto estaba planeada desde hacía un día, a pesar de que sabía que le tocaba posar, pataleó, se quejó de que las hojas de encina pinchaban, de que no quería posar desnudo, de que dentro del plástico hacía calor. Me instó a que hiciera la foto rápido, pero a la vez que tuviera cuidado y que no me cayera de las escaleras.

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Luché con todas mis fuerzas para no perder el equilibrio a causa del vértigo, ¿alguna vez habéis trabajado desde lo alto de unas escaleras? Desde el último peldaño, el más amplio. Desde ahí, sin mirar por el visor, luché encarecidamente por encuadrar mientras alzaba la cámara cual Rafiki al pequeño Simba.

-“¿Quieres Coca-cola?”.

– “No, pásame mi ropa”.

– “Vale, ¿pero quieres beber algo? Estás completamente sudado”.

– “No, pásame mi ropa”.

Y así fue como el niño Guille se vistió y jugó a encerrar dentro del nido a las perritas y a hacerse fotos con ellas.

A veces pienso lo que nos duele unirnos a la naturaleza. Desde que poso o hago posar a los demás para mis fotos, nos hemos cortado, pinchado y arañado con ramas, hemos pisado caminos de piedras grandes y pequeñas, nos hemos tirado a aguas fecales, a aguas estancadas, nos hemos tumbado entre espinos, nos hemos rebozado en barro, hemos estampado nuestro rostro en la arena y las olas del mar… Quizá es un recuerdo doloroso del mundo al que pertencemos y vivimos, del mundo que necesitamos y del cual a la vez necesitamos protegernos.

Mis pequeños universos se desarrollan fuera del escudo humano que tantos siglos nos ha costado forjar, es un retorno a lo más primitivo. Quién sabe, tal vez a una placenta en el vientre azul de nuestra redonda y enorme madre. Como diría mi buen amigo y admirado poeta Batania, esa pelota…

“(…)
que sigue rodando
azul
hacia el despeñadero
mientras el director de la escuela
se asoma a la ventana y piensa,
melancólico,
que los niños ya no tienen
ganas de jugar”.

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