Mi abuela de nieve, entre los pájaros

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Supongo que, ya más entera, puedo contarlo. Yo a veces cuento las cosas en función de lo que puedan afectar a mi trabajo fotográfico. O para que luego por la calle o por cualquier lado, no me pregunten por mis silencios. Mi abuela materna se ha muerto. Es el primer ser querido que se me muere. Del disgusto, pensé que había matado a la niña de mi vientre. Pero no. Al rato empezó a dar patadas y no paró de agitarse durante las más de 24 horas que estuve sin dormir. Es una responsabilidad esto de sentir tan fuertemente cuando estás embarazada, porque lo mismo que le doy de comer espinacas o risas, le doy de comer llanto.

“La abuela ha muerto”, eso me dijeron. Y yo sólo tenía esas palabras albergadas en el pecho con una sensación de incredulidad inmensas. Me lo dijeron por la noche, todos me colgaban el teléfono y Guille dormía. Empecé a sentir ansiedad y palpitaciones. A la mañana siguiente, temprano, emprendimos el viaje en coche a Sevilla y nos fuimos al tanatorio que, casualmente, contemplé durante lo que me pareció una eternidad desde el psiquiátrico de San Lázaro. Burlas de la vida, supongo, que a veces tiende a pasárselo pipa con nosotros.

Casi nadie quería ver el cuerpo de mi abuela. Pero yo lo necesitaba fuertemente, porque de su muerte, de su desaparición, sólo tenía palabras. Así que levanté la cortina y tras el cristal pude verla amortajada, sus párpados arrugados bien cerraditos, sus labios oscuros sellados, su piel blanca y su Pilarica al lado. No. No sentí rechazo, no me asusté, no me causó impresión y cada gesto, cada expresión suya en vida, la recordaba perfectamente. Quizá demasiado perfectamente. Verla me transmitió una tranquilidad y una calma que no había encontrado en horas y horas. La vi ahí y parecía que se iba a levantar de un respingo de un momento a otro: “Hija mía, que estoy medio sorda, qué susto me has dado”. Mi abuela no estaba medio sorda, estaba sorda como una tapia. No te oía y se creía que por ende, nadie la oía. Así le daba de comer de todo a las perritas en la cocina y luego lo negaba rotundamente, rondaba la despensa en busca de patatas fritas o galletas con azúcar (era diabética) y no sé cuántas travesuras clandestinas más. Mi abuela estaba tan sorda que ya no podías entablar una conversación con ella si no era a grito pelao. Ni siquiera escuchaba las guasas que mi madre, mi hermana y yo, entablamos los veranos de cuarto a cuarto cuando dormimos con las puertas abiertas. Nos gastamos bromas, con los pechos reventados por la risa, cada una desde nuestras respectivas camas. Yo me di cuenta de que mi abuela estaba empezando a decaer muy seriamente cuando ya no irrumpía diciendo “¡¿Pero se puede ser más majaderas?!”, “Hay que ver lo tontas que sois”, “Desde luego… cualquiera que os escuche…”, “¡Venga a dormir ya!”, “Yo ya no os hago ni caso”. Pero hace ya como dos veranos que mi abuela ya no nos llamaba majaderas ni reaccionaba cuando las bromas iban dirigidas hacia ella. No contestaba porque ya no nos oía. Tampoco veía bien. Me di cuenta cuando le anoté nuestros teléfonos, dedicando medio folio a cada uno, y no conseguía descifrar los números. Y si no leía bien un 4 de 6 centímetros, cómo iba a teclear nada en el teléfono. Y a pesar de todo, los achaques, los dolores, los lamentos e incluso algún que otro ingreso en el hospital, ni se nos pasó por la cabeza que mi abuela se fuera a morir. Mi abuela era una presencia permanente e incuestionable en el espacio – tiempo y punto. Con sus achaques, su sordera y medio ciega. Mi abuela no se iba a morir de ninguna de las maneras, mi abuela iba a hacerle espirales de cáscara de naranja a mi hija y a cantarle el “Señorita, señorita, ¿dónde va ustéh?”, mientras le metía en el despiste una cucharada de papillas en la boca. Mi abuela iba a seguir acariciando con mucha fuerza la cabeza de la gata y de mis perras (tras un derrame hace 14 años, no controlaba muy bien sus fuerzas). Mi abuela iba a seguir quejándose de las verduras, porque hace unos años que le dio por no querer ni olerlas y las llamaba “Porquerías”. También seguiría pasándome el poquillo dinero que conseguía ahorrar como si se tratara de droga: esos billetes de cinco euros arrugadísimos que ella apretaba fuertemente entre sus manos, para luego pasármelos en el más absoluto secretismo “Que no se entere tu madre”, me susurraba. Así mismo, como toda abuela que se precie, siempre iba a tenerla ahí para decirme con un tono pasional, que era “más bonita que un sol” y a llenarme la mano o la mejilla de besos sonoros.

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Y ahora estaba ahí, en un ataúd horroroso, con un Cristo casi más grande que ella. Con cuánto gusto le habría peinado el cabello y le habría hecho sus rulos. Se fue muy disgustada porque le acababan de cortar esas uñas largas y fuertes que ella siempre se pintaba de color coral o rosa nacarado. Es que le salió un eccema en las piernas y de tanto rascarse, se hacía sangre. Y como no nos hacía caso, le cortamos sus preciosas uñas, los tacones de su “Señorita, señorita”, esas uñas sobre las que deslizaba sus dedos, simulando pasitos, como dos piernas bonitas y esbeltas. Por cierto, mi abuela tenía unos gemelos a sus 87 años que ya quisierais muchos.

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Pedí poder despedirme de ella. Fue en definitiva, pedir poder creerme que se había muerto. Y porque siempre me echaba en cara que me estaba olvidando de ella cada vez que subíamos a Madrid. A la pobre, en la ronda de besos y despedidas, la dejaba la última y eso la indignaba muchísimo, “Te ibas sin despedirte de mí, lo sé, se te estaba olvidando”. Siempre me lo decía y yo siempre la dejaba la última. Así que sentí que si no me despedía de ella mi abuela era capaz de venir desde el más allá a echarme en cara que no le había dicho adiós. Acaricié su rostro y la besé. Su rostro de nieve, frío, su carne más pegada al cráneo que nunca. Quise recoger su cuerpo y sacarlo de allí, de ese ataúd horrible, y tenderla en el campo, en el césped, para que le diera un poco el sol, la brisa le ayudara a ascender y le cantaran los pájaros A ella los pájaros le gustaban mucho. Pero ese 21 de febrero ni hacía sol, ni hacía brisa y bajo ningún concepto podía sacarla de aquella caja estrecha en la que la encerrarían minutos después. Tampoco soporté el nicho en el que la enterraban, en medio de una fila de nichos, sellada con ladrillos y bien de cemento. Como si se fuera a escapar. Menos mal que era la tumba más alta, la que daba al cielo, a los pájaros. La metieron ahí dentro. Dentro de su ataúd y dentro del pequeño nicho y quise abrirme paso entre todos, sacar su cuerpo y llevarlo a un jardín, cerca de casa. Le quise dar mantas, para que no pasara frío. Incluso pensé en meterle un móvil, por si se aburría y quería llamarme. O un walkie talkie, por si se despetadaba y teníamos que ir con picos a abrirle el nicho. De todas las absurdas estrategias que se pueden pensar cuando abandonas el cuerpo de un ser muy querido en un cementerio, pensé de todas una.

Al final salí de allí agotada, totalmente abatida, con Luz pataleándome todavía en el útero. Salí y vi que los coches circulaban, los niños salían del cole y la tierra seguía girando en torno al sol. Cuando sufro una gran pérdida, tengo la sensación de que la realidad debería constreñirse, gemir un poco en medio de la más absoluta quietud. Que todo debería quedarse tan quieto y contenido como en una fotografía, un hipo, un suspiro corto.

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Mi abuela se ha muerto. Y todavía froto su mano en la memoria, tal y como lo hacía ella, en un esfuerzo enorme de hacerla existir porque yo la estoy imaginando, de escribirla y describirla para créermela viva tras 30 años de caprichos, taconeos, muletas, sopas de chirlas con gambas, vestidos de lazos sucios, canciones y todo tipo de consentimientos. Pero estaba muy cansada. Muy muy cansada y dolorida. Tengo que dejar que ascienda, que descanse en paz. Así que intento vivir mi día a día sin abatimiento ni consternación e imaginármela cuando me voy a dormir. Así dormimos y descansamos juntas, consintiéndonos en los recovecos del recuerdo, reencontrándome con la niña que se sentía libre y sin barreras a su lado, aquella que no necesitaba educación, ni reglas: mi abuela era la piscina donde nadaba el más puro salvajismo de mi infancia.

Mi año 2016, este año de luces…

Como todos los años por estas fechas, me paro un ratito para analizar cómo me ha ido profesionalmente. Escribo con una niebla densa tras la ventana, tan densa, que en un momento de ir a coger el coche se nos metía dentro de las puertas cual humo helado. Debe de estar relacionado de alguna manera con la teoría del Eterno Retorno, pues justamente empezaba el año 2016 con unas nieblas maravillosas. Me siento arropada por su pureza, me envuelven cual manta blanca en lo más frío del invierno, se me antojan un fino telón de un bonito teatro mientras yo espero detrás, entre bambalinas, sin que nadie me vea.

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Empecé este post redactando todos mis logros profesionales de este año. Son muchos. O no. Pero para mí son muchos, más de los que había conseguido nunca. Pero vosotros no estáis aquí para leer los logros de nadie, en cierto modo, leí el post que había escrito y no dejaba de ser mi currículum anual expresado medio bien. Lo borré todo, quizá por temer parecer demasiado vanidosa, por no repetir más eventos con los que os he estado dando la brasa todo el año, por no parecer aburrida, por que esto no parezcan unos anales de eventos pasados a los que ya nadie tiene acceso, pues son eso, pasados. Lo cierto es que si alguien quiere tener acceso a mi currículum actualizado, más o menos lo tengo bien presentadito en mi web, ¡Oh, mi web! Era un asunto pendiente para 2016 y lo he cumplido, estoy muy contenta con ella. O más bien han cumplido mis Guilles (el de mi alma y mi buen amigo Guille Muñoz), que la hicieron posible.

Sí quería hacer una reflexión sobre por qué estoy tan contenta con cómo me ha tratado este año 2016. Debo de ser de las pocas que está contenta con cómo me ha ido a nivel personal y profesional este año. En cierto modo, este año me debo a personas que han confiado en mi trabajo y me han dado la oportunidad de difundirlo y compartirlo en espacios maravillosos a los que tengo en gran consideración. Aquí entran Mila Abadía, José Luis Calleja, Irene Cruz, Nati Grund, Eduardo Jerez, Antonio José Morales Villegas, Jorge Pozuelo, Pollobarba, Rafael Doctor, Carmen Berasategui… todos ellos comisarios, artistas o gestores de arte que han puesto todo su ánimo, aliento y vigor en un pedacito de mí ¿Sabéis lo que es eso? Es un privilegio. Exponer, vivir de tu arte es algo anómalo. Yo hace tiempo aposté por este tortuoso camino y cada vez que surge una oportunidad de salir adelante con mis fotos lloro y doy las gracias a los dioses, a los chamanes y al universo entero. Doy las gracias con la boca bien grande, porque sé lo que cuesta cada paso. Cada experiencia me enriquece, me llena de vida, nace una conexión con quienes alientan mi trabajo muy fuerte. Tengo un público increíble en el que se encuentran personas muy especiales, incluso gente a la que puedo considerar amigos o buenas personas (ser buena persona, ese gen recesivo…). Durante este año son tantos los que han tenido un gesto bonito conmigo, desde comprando obra o acudiendo a mí para sus ferias, galerías o festivales, que no puedo hacer menos que llevarme la mano al corazón y ser agradecida, de una forma humilde y sincera.

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¿La cara B de todo esto? No creáis que no me pesa. El mundo del arte es una maldita montaña rusa: tan pronto estás arriba como de repente estás abajo. A veces hasta creo que esta sociedad ha convertido al artista en un producto, en una moda. Me pregunto qué no termina tocando el Sistema para convertirlo en un producto. Ningún éxito es garantía de nada, lo que hace que este mundillo resulte algo cruel y cansino: es un lucha perpetua, sin garantías estables, por un hueco, una lucha en la que además me he propuesto ser limpia, a saber, el salir adelante sin pisar a mis compañeros. No digo esto como quien no quiere la cosa, lo digo bien alto y consciente: en el mundo del arte (iba a decir de la Fotografía, pero no, es extensible al mundo entero del arte), muchos creen que para trepar o escalar, hay que adoptar la misma postura que para reptar. Así mismo, si eres mujer, el mundo del arte es extremadamente sexista. La industria fotográfica, además de sexista, peca de elitista (o lo que viene a ser el amiguismo) o encorsetado, por lo que el esfuerzo para conseguir algo es triple o doble. Todo esto me hace plantearme cuestiones éticas ¿Qué hago yo en este mundillo? ¿Qué pretendo? ¿Compensa todo lo que me aporta frente a todo en lo que me convierte estar inmersa en él?

Fuera de todos estos pros y contras, vamos a ir al grano, voy a hablar de mi trabajo y, nunca mejor dicho, voy a hablar de mi libro. De mis libros. Son dos trabajos que han hecho del 2016 un año espectacular, porque realizarlos me ha supuesto ganar amistades, además de conocer nuevas formas de trabajar. Por un lado está Corneilles, nuestro precioso Corneilles, ese hijo que realicé junto a Irene Cruz en los bosques berlineses, una experiencia y recuerdo que atesoro con un cariño inmenso, con confort, con ternura. Los lanzamos en febrero y ya no nos queda ningún ejemplar de los 120 que lanzamos. Tal vez en La fábrica queden uno o dos. Miles de gracias a todos aquellos que pusieron su confianza en este hijo de bruma negra y alas brillantes. Ha sido una aventura corta en cuanto exposición al público, fuego eterno en mi corazón, ¡incluso en mi mano! Que me he tatuado un cuervo. Luego vino “Gran Hado”, fotopoemario de 100 ejemplares que hemos hecho entre Guille y yo, y de los cuales ya han volado a sus respectivas lucecitas 30 ejemplares. Sé que le tengo que dar más publicidad, pero no tengo prisa. “Corneilles” se nos ha ido tan rápido del regazo que no me importa que este fotopoemario de amore y polillas se venda un poco más lento. He tardado un año y ocho meses en sacarlo a la luz y una lo ve ahí, tan frágil, tan blanco, con esos 28 poemas tan pequeños como sus dibujos… El día que salga de esa relativa timidez que me infunde hablaros de él, le dedico un post como dios manda.

Luego están mis fotos, esas hijas de las grietas que tanto me siguen obsesionando, que tanto me salvan, que tantas alegrías me aportan. Empecé el año sin un cambio sustancial y, aunque a veces los artistas vivimos bajo la presión de renovarnos y no de hacer simplemente lo que nos dé la gana, sea repetitivo o no, quiero cambiar. Lo deseo con mucha fuerza, lo necesito. Quizá porque no sólo quiero cambiar de estética y de localizaciones, sino que creo que concibo la Fotografía de forma diferente. Soy un mero canal de esta. La Fotografía me atraviesa como un puñal, estoy herida de Fotografía. La luz y las sombras me susurran imágenes en las entrañas. Creo que ahora entiendo mejor que nunca aquellos versos de Juan Ramón Jiménez, en los que habla de la Poesía en tercera persona: Vino, primero, pura,/ vestida de inocencia. / Y la amé como un niño/ Luego se fue vistiendo/ de no sé qué ropajes. / Y la fui odiando, sin saberlo (…)”. De alguna forma es una herramienta, un lenguaje que se nos presenta, hermosísimo, y nosotros sólo podemos hacerla nuestra o pasarla por ese “filtro” que llamo yo, por ese canal que conforma todo nuestro ser.

¿Cuál creo que es mi foto favorita de este año y que creo que marca una línea que quisiera explorar un poquito más? Pues esta, de mi serie “Pinchar”.

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No sólo por los colores, también me seduce la idea de prestar la misma atención al mensaje o al concepto que a la estética o la edición. También es un gusto trabajar con un conflicto que tengo claro. Este año se ha caracterizado por sentir dolor y no saber de dónde procede, sentir una angustia muy inmensa y no saber a qué o a quién culpar. Eso es muy desalentador. Por eso, cada vez que soy capaz de señalar “Esto en concreto es lo que me preocupa”, siento un inmenso alivio, porque sé por dónde empezar para atajar un problema, sé a qué debo hacer frente. Quisiera señalar también que el Reiki o las Flores de Bach me han salvado la puta existencia durante los últimos meses: impresionante. En occidente todavía no tenemos ninguna disciplina que se encargue de las energías, nos centramos en las consecuencias de las cosas y no en su causalidad. Y así nos va.

Seguidamente, quería proponeros las fotos de este año con las que estoy más contenta ¿echáis alguna de menos?

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Por último, señalar el Proyecto que hice con la Leica M6 retratando todos los días a Guille. Muchas fotos no las he escaneado y otras tendrán que esperar 10 años, dado que le he entregado un carrete con 36 fotos a Julián Ochoa para su proyecto La imagen durmiente.

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11 de octubre del 2015 (pequeña)

17 de noviembre del 2015 (pequeña)

8 de enero del 2016 (pequeña)

1 de febrero del 2016 (pequeña)

Revisar de nuevo todas las fotos que le hice me ha hecho sonreír. Guille me confesó el otro día que echaba de menos ser fotografiado. Y lo mismo, ya sin la presión que supone un Proyecto 366, donde no todas las fotos tienen calidad ni son pensadas ni meditadas, cargo de nuevo la Leica y lo acribillo a fotos como quien acribilla a besos. Como ya habré comentado en alguna entrevista, la fotografía analógica tiene para mí una dimensión íntima que no le he dado a la digital: no publico ni la mitad de las que hago. Hago tan público mi trabajo, mis inquietudes y sentimientos, que necesito tener material para mí y mi entorno más cercano.

De todos mis propósitos de este año ¿en cuál he fallado? Pues en eso de meterme en el vídeo. Me cuesta mucho, me muero de ganas de hacer un corto o vídeoarte, pero no termino de lanzarme. Me tengo que ver más veces o en bucle infinito este vídeo motivacional de Shia LaBeouf.

Cierro con esto este torpe balance del 2016. Torpe porque lo he escrito con mocos, fiebre, dolor de oídos, de encías, garganta y alma. Lo del alma es broma, es que me pongo enferma una vez al año y me tenía que quejar. Salvo por algunos pequeños detalles, 2016 ha sido un gran año para mí, tan bueno que una se pregunta si el siguiente puede ser mejor (profesionalmente hablando). Como he comentado anteriormente, en este mundillo nada es garantía de nada. No obstante, yo seguiré realizando mi trabajo lo mejor posible, con el mismo entusiasmo de siempre. En el fondo, como profesionales, es lo único que debería importarnos, el intentar hacer las cosas bien y superarnos si es posible, si estamos cómodos o tenemos las ideas más o menos claras y tener siempre muy presente que de esto hay que disfrutar. Cuando hablo de disfrutar, es que no tenemos que estar constantemente sometidos a la presión de tener que autosuperarnos, de tener que hacer algo diferente, de no parecernos a los otros (aquí el tema de la competencia tiene mucho que ver), que podemos relajarnos de vez en cuando. A veces sólo tenemos que escucharnos muy atentamente: la vida nos habla, nuestras circunstancias y experiencias nos cincelan, nuestro ADN nos hace únicos. Lo tenemos todo para desarrollar un trabajo extraordinario, partiendo de lo que somos y de la propia mutación de la existencia, que es constante. Yo no creo que si luchamos vayamos a conseguir todo lo que nos propongamos, pero sí se logran bastantes cosas, sobre todo a nivel personal. No sabéis la fuerza que llevamos dentro y lo mucho que podemos sorprendernos a nosotros mismos. En el fondo, nos debemos a muy pocos más.

¿Las fotografías se entienden? Destilando la fotografía

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Esto no es un manual para interpretar mi fotografía, sino más bien una reflexión que hago tras años y años de interpretaciones que van más allá de mis motivaciones a la hora de realizar un trabajo fotográfico. Siempre he defendido que una vez que realizamos una imagen, su lectura ya no nos pertenece. No obstante, siempre podemos hacer un esfuerzo e intentar entender qué ha llevado a una persona a construir o registrar una imagen. Quizá es un poco confuso utilizar términos como “hablar”, “lenguaje” o “lectura” a la hora de hablar de Fotografía, dado que muchas veces puede confundirse con los parámetros que se usan para referirse al lenguaje verbal. De esta forma, a pesar de que las palabras “Lenguaje” o “Leer” son polisémicas y podemos decir perfectamente “lenguaje fotográfico”, como conjunto de señales que dan a entender algo, o “Leer una foto”, tal y como se leen planos, la hora o una partitura, intentaré buscar unas palabras que las sustituyan para entendernos mejor: una foto no habla ni nos dice, o al menos no tal y como lo hace el sistema comunicativo verbal. Y como encuentro muchas confusiones dentro del gremio de los que teorizan sobre Fotografía (y más si trabajan con fotolibros), quisiera matizar o facilitar palabras que nos ayuden a entender cómo se analiza una foto. Una foto transmite, genera emociones, son el motor para desencadenar una historia, tiene sus códigos culturales, unos parámetros técnicos y formales más o menos apreciables, etc.

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Si es fotografía publicitaria, el mensaje tiene que estar claro, tiene que entenderse de forma rápida, si no, estará abocado al fracaso, ¿pero qué sucede cuando se trata de una fotografía más personal? Es decir, en la fotografía de autor, existe cierta información que sólo habita dentro de la persona que realiza la fotografía en cuestión, información que va más allá de los confines de la imagen que estamos interpretando. En estos casos, ¿qué podemos hacer si deseamos acercanos a las motivaciones del autor?

  • Informarnos. Muchas veces los fotógrafos son tan parlanchines como yo y dan pistas sobre su universo fotográfico, sus símbolos o causas que le han llevado a generar una imagen, con todos sus elementos. Incluso puede que tengan alguna entrevista o articulillo por ahí.
  • Si el fotógrafo es verbalmente críptico o no le han dedicado reseñas, podemos observar varias fotos de la misma persona y ver cómo trata diferentes temáticas.
  • Si resulta que, tras visualizar detenidamente su trabajo, nos encontramos ante un autor con una obra conceptualmente compleja, de simbolismos que están fuera de nuestro alcance u emocionalmente opacos, podemos hacer dos cosas. Por un lado, sugiero preguntar directamente al autor. Con suerte (y si lo sabe), será amable y nos comentará su obra. Normalmente a los artistas les encanta hablar de su obra, son así ellos, pero si tenéis mala suerte y no quieren abrirse (no tienen por qué hacerlo), se puede realizar un pequeño ejercicio de empatía e intentar meterse en la piel del fotógrafo cuya obra queremos desentrañar. Podemos expresar nuestra interpretación con tacto o guardárnosla para nosotros.

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¿Nos impide esto hacer de cada fotografía nuestro mundo? ¿Podemos adaptarlas a nuestro universo, según nuestras circunstancias? Pues claro que sí, eso es bello y es a lo que me refiero cuando cada foto termina tomando su propio camino, más allá de la intencionalidad del autor. Estas dos formas de abordar una fotografía no se contradicen, dado que podemos saber qué simbolizan para el autor y a su vez hacer de esos símbolos algo que nos ayude a interpretar nuestro mundo. El arte tiene una doble faceta, pues es una herramienta que nos ayuda a quienes lo producimos y a su vez sana y se adapta a la realidad que conforma al espectador. Una fotografía puede ayudarnos a entender el mundo exterior e incluso el interior.

Llegados a este punto, quisiera entrar en un terreno más personal. Cuando se han interpretado mis fotos, me han sucedido tres cosas:

a) Han acertado de lleno. Gracias. Suelen ser personas cercanas o seguidores que llevan años leyéndome o visualizando mi trabajo.

b) Han aportado una interpretación de la que ni yo misma me había dado cuenta. Muchas veces hago fotos y no me entero de lo que quise volcar en ellas hasta un par de años después. No es algo que suela pasar, pero por ejemplo mi buen amigo Alí Heroabadi es experto en descifrar mi obra hasta cuando ni yo la entiendo.

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c) Dan una interpretación que no es la mía, pero que me parece plausible para otros. Las veo con buenos ojos y me alegra de que una foto mía les sirva para su realidad. Un ejemplo puede ser el uso que se da a mis fotos en el espacio feminista Locas del coño. No es mi realidad, ni lo que busqué haciendo la foto, pero me parece que se adapta perfectamente a lo que quieren transmitir.

d) Aportan una interpretación descabellada, totalmente alejada de mis intenciones. Al principio me subía por las paredes, pero ya he asumido que es algo fuera de mi alcance, no lo puedo evitar. Es su realidad, ellos lo ven así y no son capaces de ver ni interpretar más. Me suele pasar con frecuencia con mis desnudos (que son pocos, pero llegan a definir mi obra para muchos), que son asociados a la sexualidad o al erotismo, cuando la sexualidad la llevo tratando en mi trabajo dos meses. También me pasa por el hecho de ser fotógrafa, que piensan que mi género es una obsesión en mi trabajo (¿?)

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e) Por último, están quienes alegan que la foto es mala porque no se entiende e incluso me informan sobre cómo la habrían hecho ellos para que “se entienda mejor”. Es decir, que pueden llegar a hablar de lo que les sobra en la foto, sobre lo que quitarían o pondrían, sobre cómo la habrían encuadrado ellos y un largo etcétera. En mi opinión, creo que cada autor, sobre todo de larga trayectoria, tiene sus motivaciones para que, cualquier elemento en la foto, no sea gratuito: encuadres extraños, iluminación oscura, prendas de vestir que desentonan, gestos anómalos, etc.

La fotografía, sobretodo en el caso de la fotografía de autor, no tiene por qué ser transparente, ni evidente, ni darlo todo mascado, es decir, que no siempre el mensaje tiene que ser directo. Esto puede tener inconvenientes o desventajas que hay que asumir, pues puede dar a pie a interpretaciones que no se ajusten a nuestras motivaciones o más que eso, a interpretaciones que nos desagraden. Pero es un riesgo que está ahí. Con este post intento que la próxima vez que intentemos abordar la obra de un fotógrafo/a, hagamos un esfuerzo por acercanos de una forma sensible a su mundo: os puede inspirar, ayudar, enriquecer. Puede ayudarnos a entender nuestros sueños y los de los demás. Y así con cualquier dimensión de nuestra vida y la de los otros.

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Reflexiones a modo de actualización (Gracias: las debo a vuestra lectura de este post y comentarios).

Si a pesar de todo lo escrito, estáis completamente seguros de que un fotógrafo ha cometido un error garrafal en una foto, podéis tomaros la libertad de comentárselo desde el respeto y con tacto. Recordad que el esfuerzo, el trabajo y la voluntad de elaborar una fotografía han nacido de ellos, no de vosotros. Y mi humilde consejo es que sea por privado. Este último gesto siempre es de agradecer. No obstante, las normas y las reglas (si se hace bien) están para saltárselas 🙂

Ya que ha salido en los comentarios por parte de varias mujeres, lo escribo por aquí: Mucho cuidado a los hombres, no ejerzan de mansplainers: las mujeres no necesitamos que nos expliquéis las cosas. No confundáis una crítica constructiva con condescendencia o paternalismo.

Tras las grietas

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Me sobra la piel. Esa piel que yo misma y el tiempo hemos traicionado, yo al no reconocer que me habita, el tiempo por ajarla, como hace con todo. La cambiaría por una piel negra como el magma, por una completamente blanca cual diente de leche, por otra cetrina y tostada, así, como una crema de castañas. La mordisqueo como si fuera la cáscara dura y áspera de un fruto, de esa que arrastramos con los dientes o las uñas en la búsqueda de lo más tierno. Guille, dime, Guille, ¿soy así, como en las fotos? ¿Sé captarme bien? ¿Tengo ese rostro cansado, esa piel porosa, esa mirada apagada y triste, esos labios tan finos? ¿Realmente me quedan dos meses para los 30 años?

Esto es maldad. Muchas veces me he preguntado cómo encontrarme con esa mejor amiga del espejo, esa muchacha de la que me hablaba la psicóloga. Y lo cierto es que nos cuesta ser indulgentes o transigentes con nosotros mismos. Durante mis talleres pido a la gente que se analice a través de los que les rodean y les cuesta mucho, tanto si tienen que analizarse a través de sus amigos, como si tienen que mirarse desde la perspectiva de aquellos a los que no les caemos tan en gracia. Es un pequeño ejercicio para ver qué es lo que proyectamos, que en modo alguno tiene que ser la verdad, pero los amigos que nos quieren bien, suelen fijarse mucho tanto en lo malo como en lo bueno. Si nunca os han dicho qué visión tienen de vosotros, preguntádselo, es bonito. Lo malo es que cuando tenemos que decir cosas bonitas de nosotros mismos, pensamos que pecamos de vanidad, la tradición judeocristiana ha hecho algo de daño en eso de la autoestima. Llevo cerca de un año buscando mi faceta más amable y como amable me refiero a esa dimensión de mí misma que es digna de ser amada.

A veces cierro los ojos y recurro a mi yo más benevolente. Os caería muy bien. Es una Leila inocua, buena, llena de compasión. Tiene el cabello largo, una sonrisa amable en el rostro, las manos finas y suaves y un vestido de flores. Va siempre descalza y viene a buscarme. No habla, pero coloca mi cabeza sobre sus rodillas y me acaricia como a una niña. La quiero. No me juzga y físicamente es igual que yo. Juntas nos dejamos calentar por un sol tibio y nos dejamos mecer por una brisa muy agradable. No mantenemos ningún tipo de conversación, porque ella lo sabe todo sobre mí y yo sé que ella sólo es buena. Es un ejercicio absurdo y extraño al que recurro con frecuencia antes de irme a dormir o cuando estoy muy inquieta. Es la palanca a la traición, un intento desesperado por quererme, de liberarme de toda crueldad gratuita que pueda ejercer sobre mí misma ¿Habéis hecho alguna vez este ejercicio? ¿Os habéis vaciado de culpa y laceraciones? ¿Habéis dejado de mordisquearos la piel?

Últimamente me apetece dar un giro en mis fotos y me encuentro muy perdida. Ya no me llena la fotografía que llevo haciendo durante 5 años. Me apetece replegarme, mirar hacia dentro, estar sola conmigo misma, dibujarme los intestinos. Tengo esta foto con y sin grieta ¿cuál os gusta más?

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Que si perdonan las encinas

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Recuerdo la primera vez que escuché la palabra “Encina”. La nombraba mi padre. Nos contaba, en el coche, en uno de esos largos viajes de Sevilla a Portugal o al contrario, que es un árbol de crecimiento muy lento. “Estas que veis a la derecha deben de tener por lo menos un siglo, por eso lamento tanto los incendios en pinares o encinares, porque son árboles que requieren tanto tiempo para ser robustos, que reducirlos a la inexistencia en cuestión de minutos es desolador”.  Luego pasaba a hablarnos de los alcornoques, ya pasando por Aracena. Alcornoque es una de mis palabras favoritas.

Escribo un 30 de octubre del 2016 y miro las dos enormes encinas que escoltan, por delante y por detrás, la preciosa casa de los padres de Guille. Están enfermas. Tienen algo que las está pudriendo por dentro. Armando, mi suegro, intenta curarlas quitándoles lo podrido y rellenándolas de una espuma que luego endurece, con el fin de que la enfermedad no pueda seguir avanzando. Pero la herida es profunda y siento el frío junto a ella. A veces me pregunto si lo que realmente la ha enfermado ha sido que construyéramos la casa entre ambas, interponiéndonos en su mirada centenaria. En nuestras idas y venidas a la casa de Ávila, perdida de la mano de Dios, reflexiono mucho sobre la invasión del ser humano sobre la naturaleza. Pienso en todos sus lamentos porque los jabalís campan eventualmente por la urbanización. Estoy aquí sentada, en el cómodo sofá del porche, con el sol otoñal calentándome la nuca e inundando de luz mi nueva lectura. Pienso en las especies invasoras y en la más dañina y perjudicial para el planeta: la mía. Cualquier superpoblación es demasiada si no es la nuestra.

Leo al sol y pienso en las encinas, en los jabalís y en los conejos tiroteados en la lontananza. Qué difícil resulta aislarse del mundo cuando hasta en el propio refugio de aislamiento el mundo viene a saludarte en forma de muerte. Incluso de encinas enfermas. Incluso la mirada confusa y aterrorizada de mis perras saben a qué suena el asesinato. Dejo mi libro en la mesilla de cristal, las gafas reposando en la cubierta y voy a la encina. Coloco mi mano fina, blanca, huesuda y tatuada en su corteza. La surcan grietas, líquenes, la aspereza de los años. Pum. Ha caído una bellota. Repiquetea contra el suelo de piedra que han construido mis suegros. Las encinas hablan bellotas, flores amarillas, hojas que pinchan cuando pasas el dedo por sus bordes o cuando las pisas. Le pregunto que cuál es su incendio, le cuento el mío. Se lo cuento callada, con palabras de hojas, bellotas, flores y cortezas agrietadas como unos labios ateridos y maltratados por el frío y el viento.

Los árboles no me contestan nunca o me responden en un idioma agradable pero desconocido. Les pido perdón. Para pedir perdón a veces uno tiene que romperse, hacerse ruinas, por eso yo siempre perdono a quienes me piden algo tan caro, aunque eso suponga hacerte ruinas tú también. Hacerse ruinas es pensar que el columpio en una de sus ramas le molesta, que mis perras corriendo y escarbando a sus pies la deprime, que nuestra vida, llena de charlas, llena de actividades, le hace sangrar, que nuestra casa sólo es un pedazo de ladrillos y pintura donde antes había tierra, piedras, madrigueras, donde había un aire que surcaban los pájaros, los insectos y el viento del alba. Me hice cascotes, con mi mano pegada a su grueso tronco, admitiendo mi felicidad y privilegios a costa de su hábitat. Oh, encina, no te mueras, te quiero, eres hermosa. Pero a mí pocos me perdonan. Decidme, ¿cuántas veces os han perdonado a lo largo de vuestra vida? ¿Cuántas ruinas conforman vuestra mala conciencia y quiénes les han otorgado la paz con el perdón? A mí sólo me perdonan los perros, el otoño y mi abuelo, que ya murió.

Sin maquillaje ni Photoshop

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Y lo cierto es que debería añadir “Y con pelitos”, pero se me hacía el título muy largo. Como vi que esta propuesta era acogida con cariño y valentía por much@s, os escribo una entrada en el blog dando detalles.

La idea no es nada nueva, pero es una iniciativa que se está generalizando y que a mí me parece muy positiva para nosotras. Comenzaron algunas cantantes, directoras de revistas de moda, blogguers, periodistas o actrices de renombre, tales como Eva Herzigova, Monica Bellucci, Sophie Marceau, Lady Gaga, Beyonce, Adele, Emmanuelle Alt, Gwyneth Paltrow, Anne Igartiburu, Cameron Díaz, Scarlett Johansson, Kate Winslet o Alicia Keys. Bravo a esta última, que no sólo se limitó a una foto, sino que acudió a unos premios sin maquillaje. Y como ellas, muchas se han subido al carro. Porque estamos hartas, así de sencillo. Si ya nos juzgan a nosotras, ciudadanas de a pie, señoras y señoritas a las que no conoce ni Peter, imaginad si habéis alcanzado cierto grado de fama. De hecho, por su fama nació esta pequeña iniciativa, que en el fondo se puede resumir en un “¿Y por qué no nos sumamos también nosotras?” Estaba bicheando por Facebook y me topo con un artículo en el que llamaba “Farsantes” a las famosas por “Mentir” con su maquillaje: las habían pescado sin llevarlo. Las ponían finicas. De feas, viejas y esperpentos, para arriba. De fondo, la televisión me presentaba la llegada de Hugh Grant al festival de cine de San Sebastian, ya con sus 56 años, pero respetado, venerado, indudablemente atractivo y presentado como tal. Ah, y sin maquillaje y sus arruguitas, luciéndolas con una sonrisa espléndida. Me pregunté por qué nosotras no tenemos derecho a eso. Me lo pregunté como ya se lo están preguntando miles de mujeres.

Lo que propuse no es nada innovador ni pretencioso, pero creo que puede ser un granito de arena para seguir con la lucha. En un principio iba enfocado a mi gremio, el mundo de la fotografía. Pensé en las fotógrafas que se autorretratan y en las modelos. Lo cierto es que pocas hay que no se retoquen, que no se quiten de aquí y de allá, que no se den un buen desenfoque gaussiano en la piel, que no se maquillen digital o no digitalemente ¡Y ojo! Esto no es un post que vaya en contra de la fotografía muy retocada, es un post sobre lo que somos realmente las mujeres. Tenemos derecho a ser nosotras mismas donde sea, hasta en una maldita foto. Tenemos derecho a serlo sin que nos juzguen.

Pocas cosas podemos elegir en esta vida en cuanto a nuestro físico se refiere (o género, o sexualidad…). La fotografía está también para interpretar personajes con los que soñamos y soy la primera que recurro a ello ¿pero por qué se insiste tanto en que hay que recurrir menos al photoshop, maquillaje, depilación, etc? Porque ese físico que no hemos elegido está ahí. No se esfuma, es nuestra base y lo que veremos todas las mañanas en el espejo, nos guste o no. Así que aprender a querernos tal y como somos debe de ser un ejercicio obligatorio para todas. Aceptarnos y querernos es tan importante como no acosar, juzgar o insultar a otras compañeras cuando intentan hacer lo mismo. Y si me permitís ir más allá, también es amonestar a otra persona si vemos que lo está haciendo.

No voy a entrar a comentaros que el maquillaje es un símbolo patriarcal. Lo es desde el primer momento en el que sólo nos maquillamos nosotras para ajustarnos a un canon de belleza socialmente exigido y establecido. Y escribe alguien que no sale a comprar el pan sin los labios rojos. Me fascinan y pienso seguir haciéndolo. Lo que no quiero que siga pasándome es el sentirme poco atractiva o insegura si un día no me los pinto. Si un día me da por no depilarme las axilas, las piernas, el bigotillo o el entrecejo. Soy así y punto. Y el esfuerzo que tiene que hacer una mujer para salir con las axilas sin depilar sin que se le caiga el mundo encima es importante. O ir a la playa con las ingles sin depilar. O que te salga un grano y salir a la calle sin darle con el corrector. Y así una serie de numerosos ejemplos. No es que quiera proclamar que todas vayamos al natural ad eternum, quiero proclamar, como otras tantas, que por ir al natural de vez en cuando no va a pasar nada ni deberían decirnos nada.

Otra cosa que no quiero decir con esto es que no nos cuidemos: comer bien, estar hidratados, hacer ejercicio, darnos nuestras cremitas hidratantes de vez en cuando (lo que me gustan a mí, Señor…), dormir sus 8 horas al día, todo eso me parece importante para todos y es una forma de estar bello. Y no os digo que dejéis de lado las preocupaciones porque a veces no se puede, pero también sería un buen plan.

De esta forma, pregunté a mis amigas y compañeras, modelos y fotógrafas, si se animaban a enviarme un autorretrato sin Photoshop, sin maquillaje y con pelitos. De cara, de cuerpo, de ambas cosas o como quieran. Parece fácil, pero no lo es.

Me preguntan si pueden participar otras mujeres que no sean fotógrafas o modelos, ¡sí, claro que sí! También si pueden participar hombres como fotógrafos, ¡Sí, por supuesto! Temo que alguno me envíe una foto de una mujer-objeto-hipersexualizada. Vamos, que quieran participar follógrafos, pero bueno, estaré preparada para decir que no. También que se confunda esta propuesta para mendigar a las mujeres que les posen desnudas. No, esto no va de eso, por favor, no os confundáis. Sólo quisiera mujeres siendo ellas mismas, nosotras en esencia, autorretratos sinceros y naturales. Permitirnos Ser al natural, vivir libres aunque sea en una foto.

Aquí están las primeras valientes:

Dara Scully. Fotógrafa y escritora.

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Elena Cerezo. Maquilladora.

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Judith Gutiérrez. Fotógrafa

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Marina Stendhal. Fotógrafa.

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 Sonia Señoráns. Fotógrafa.

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Aophy. Modelo.

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Bea Kurs. Fotógrafa.

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Sandra Lara. Fotógrafa.

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Inés Valencia. Fotógrafa.

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Marta Ojeda. Fotógrafa.

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Artesana de la belleza y la poesía

9 de febrero del 2016 (pequeña)

Tras casi dos años de ferias de arte le he dado muchas vueltas al concepto de artista. Las ferias dan para pensar y reflexionar mucho sobre quien vende y no menos sobre quien compra. Quisiera contaros en qué lugar me veo yo dentro de este mundillo y qué problemáticas me encuentro a la hora de definir mi profesión. Soy fotógrafa, pero dentro de las posibilidades que me da la fotografía, trabajo la fotografía artística. Vaya, que soy artista. Lo digo abiertamente porque me ha costado años dejar de sublimar mi trabajo y el de los artistas en general. Se ha sublimado tanto, que corre por ahí una teoría de que artista no se puede llamar uno mismo, lo tienen que decir los demás de ti. Parece ser que ser artista no es una profesión como otra cualquiera sino una condecoración, un status alcanzable por unos pocos, lo cual es absurdo, dado que si yo me propusiera ser carpintera o matemática, el mundo se iba a la mierda. Con esto quiero dar a entender que cada uno nace con una cualidad o una capacidad y que cada persona se muestra cómodo trabajando dentro de sus propias capacidades y pasiones.

Considero una suerte poder haber entrado en numerosas ferias de arte nacionales, dado que es una vía interesante para poder salir adelante económicamente con tu propio trabajo. Las ferias son normalmente flojas, pero si suena la campana, vendes, te llevas un dinerillo y te vas más contento que unas castañuelas. Te vas tan contento porque todo artista en las ferias es consciente del enorme esfuerzo que conlleva ganarse unos euros con su pasión. Llego a casa, abro mi cajita y suelo meter el dinero en un sobre dorado. Lo cierro y suspiro. Luego, cuando tengo que recurrir a ese sobre, me lleno de consternación: me ha costado días ganármelo y se va en segundos. Qué os voy a contar.

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¿Por qué es tan difícil vivir del arte? Porque por un lado lo sublima el pueblo y por otro, lo sublimamos los artistas. Consideramos que es un trabajo eminente y elevado, cuando en realidad, la facilidad para realizar cualquier trabajo radica en la habilidad con la que nace cada uno para desempeñar cualquier actividad que le llene. Aunque sea un tema que no se comente mucho, nos inflamos, nos inflan, en fotografía limitamos las tiradas a muy pocas copias buscando una exclusividad paralela a un original de pintura o ilustración y para seguir en la línea, las más de las veces solemos poner unos precios desorbitados.

No obstante, en algo daré la razón a los artistas: el arte es una profesión aparte. Lo es porque estamos hablando de la generación de universos nuevos, hablamos de personas que suelen ser extremadamente sensibles, rozando la hiperestesia y la mayor parte de ellos, si el arte es sincero, desnudan su alma en cada proyecto o pieza artística. Los artistas suelen ser personas muy emocionales que tratan de explicar el mundo y su mundo bajo una estética y no menos dosis de poesía. Hacen el mundo más soportable, lo interpretan, le preguntan, lo embellecen y es aquí cuando me planteo ¿Y no es esto un derecho básico? ¿No es la poesía un bien básico? ¿No lo es el tener acceso a la belleza? Hablo de poesía como idealidad, como lirismo, como cualidad que suscita un sentimiento hondo de belleza. Hablo de belleza como un golpe, una conmoción profunda, como algo que te hace vibrar y conmoverte profundamente ¿Entendéis cuando pregunto si un ciudadano de a pie debe de tener derecho a acceder a esto? ¿No lo veis necesario? ¿No pensáis que puede cambiar muchas cosas?

Os lanzo estas preguntas porque son las mismas que me he lanzado a mí misma durante meses, sobre cuál es mi misión como artista en la sociedad, en qué puedo ayudar, en qué puedo sentirme útil, cómo puede encajar un trabajo que nace desde el más absoluto individualismo (el ego). Al final llegué a la conclusión de que un artista es un mero artesano de la poesía y la belleza. Nada más y todo eso. Mi trabajo no está por encima de ninguna otra profesión, porque entiendo que el arte es un bien básico. Eso es algo de lo que me he dado cuenta yo y pienso que deberíamos educar a la sociedad para que lo vea. Educarlos para conmoverse, para llorar, para sonreír, para emocinarse, para soportar y entender diversas facetas no sólo de nuestro interior, sino también del contexto histórico que nos ha tocado vivir. Porque la vida es dura, la realidad no siempre es soportable, rara vez la vida es fácil. Estoy hablando de un esfuerzo que se ha de realizar por parte del artista y por parte de los que no lo son, un intento de igualarse a los demás y hacernos más cercanos, entender el arte como integración, como una necesidad global.

Esta es la conclusión a la que he llegado tras un stand o un cuarto de hotel intentando vender y explicar mi trabajo. Es algo violento para mí tener que vender mis fotos, que yo no soy empresaria, sólo fotógrafa, una artesana de la poesía. De esta forma, intento que mi obra esté al alcance de cualquiera, poner un precio que esté en consonancia al tiempo que me ha llevado realizar la foto, a la carga emocional o sencillamente los materiales de producción. No busco exclusividad porque considero que mientras más nos aislemos, mientras más nos alejemos de la gente, más difícil será la venta de arte, más inalcanzable para ellos, más difícil para vivir nosotros. Siempre se ha abierto una brecha entre arte y artesanía, pero creo que cualquier profesión se puede hacer con arte, pasión, entrega y destreza. Sólo necesito verme y que me vean como una más, ni por encima, ni por debajo.

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Sí, soy artista. Amo mi trabajo, creo que a veces lo hago bien, lo realizo con profesionalidad y pasión, me hace inmensamente feliz hacer mis fotos ¿Tiene eso cabida en la sociedad? Llamo a vuestras puertas para mezclarme entre vosotros, no quiero vivir sublimada ni por encima de nadie. Quiero ayudaros a interpretar el mundo, a embellecerlo, a cuestionarlo, a sentirlo y vivirlo. Y por qué no: A veces quiero ayudaros a olvidarlo invitando a perderos en pequeños universos paralelos.